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Bomberos españoles creen que podrían controlar llamas en el noreste del país

Actualizado el 24 de julio de 2012 a las 12:00 am

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Bomberos españoles creen que podrían controlar llamas en el noreste del país

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Figueres, España. AFP. Tras dos días de intensa lucha contra las llamas, los bomberos catalanes tenían esperanzas de empezar a controlar hoy el gigantesco incendio que arrasó el noreste de España y que causó cuatro muertos.

La ciudad catalana de Figueres, a unos 20 km al sur de la frontera francesa, se despertó con una densa nube de humo encima.

El campanario de la iglesia de Sant Pere y la cúpula del museo Dalí se confundían con un halo grisáceo. En las calles de esta ciudad, que se encuentra a poca distancia de los primeros focos del siniestro, se sentía un fuerte olor a quemado.

Sin embargo, por primera vez desde el domingo, las autoridades catalanas reconocían cierta calma en el incendio.

"La impresión es que a lo largo del día de hoy se podrá entrar en fase de control", declaró el titular catalán del Interior, Felip Puig.

"Estamos razonablemente optimistas", añadió y dijo que "parece que estas condiones climáticas se van a mantener algunas horas", refiriéndose a una disminución de la temperatura, un aumento de la humedad y la carencia de viento.

Unas 1.500 personas, entre bomberos, policías, militares, agentes rurales y voluntarios, seguían luchando este martes contra el fuego, apoyados por 25 aviones y helicópteros españoles y franceses.

Los bombarderos de agua debieron interrumpir su tarea el lunes por la tarde debido al viento, que "amainó durante la noche", permitiendo la reanudación de las operaciones esta mañana, explicó una portavoz de los bomberos.

En Figueras, sus habitantes viven días inéditos.

"No recuerdo haber visto semejante nube de humo en Figueres, es la primera vez", señala María Angels Rodríguez, una agente immobiliaria de 50 años.

Mientras se dirige a su trabajo próximo al museo Dalí, cambia algunas palabras con el vendedor de frutas y verduras. "El domingo, también hubo humo pero era de noche, hoy es más sorprendente".

Mientras leen los diarios abiertos en las páginas dedicadas a los incendios, Cebriá Barris, 79 años e Isidre Asparo, 55, recuerdan los incendios de 1986, que ya habían cubierto a Figueres con una densa capa de humo.

"Era muy joven en 1986 para acordarme, por lo que para mí es la primera vez que veo semejante nube de humo, que dura desde el domingo", afirma por su parte Isaac Hernández.

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El hombre de 33 años, que limpia la barra del café Xiroi, confiesa: "no tengo miedo por los que estamos en la ciudad, pero estoy muy triste por lo que pasa en la montaña".

El incendio, que dejó detrás de su virulencia inmensas extensiones de vegetación calcinadas, no progresa desde el lunes, después de haber arrasado unas 14.000 hectáreas.

El fuego prendió el domingo en la localidad franco-española de Le Perthus, antes de propagarse, en el lado español en La Junquera y en la comarca catalana del Alt Empordá, al sur.

Avivado por una fuerte tramontana, que sopla del noroeste, el fuego creció rapidamente hacia el sur, hasta que el lunes amainó y detuvo su avance destructor.

Tres personas murieron el domingo: un español de 75 años, que sucumbió a una crisis cardíaca al ver que las llamas rodeaban su vivienda, en Llers, cerca de La Junquera, y dos franceses, un hombre y su hija de 15 años, que se arrojaron al mar escapando aterrorizados de las llamas, en la localidad costera de Port Bou, sobre el Mediterráneo.

En 17 municipios, las autoridades obligaron a confinarse en sus casas a sus habitantes, recomendando que cierren puertas y ventanas, mientras la región se iba transformando en una gigantesca hoguera.

Centenares de personas fueron evacuadas, entre las cuales se encontraban los ocupantes de un camping, que fueron albergados en centros de urgencia, como salas deportivas de Figueres.

La autopista que une Francia y España, entre Perpiñán y Figueres, pudo reabrirse en sus dos sentidos el lunes, tras haber sido cerrada en dos ocasiones la víspera.

Los incendios forestales y de vegetación han sido particularmente numerosos este año en España, que vivió su invierno más seco en 70 años. El más devastador hasta ahora destruyó a inicios de julio unas 50.000 hectáreas de vegetación en la región de Valencia.

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