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Madre, para siempre en Calcuta Católicos, budistas, musulmanes e hindúes la despidieronAFP y Reuter. Calcuta (India) Cerca de 1 millón de personas dieron el último adiós a la Madre Teresa ayer en Calcuta durante unos funerales solemnes de los que, sin embargo, se sintieron excluidos los más "pobres entre los pobres", a los que la religiosa había consagrado su vida. La Madre Teresa, que murió el pasado 5 de setiembre a los 87 años, fue enterrada en una ciudad superpoblada, de sórdidos barrios de chabolas, que durante medio siglo intentó convertir en la "ciudad de la alegría", una obra por la que la India, y el mundo entero, le rindieron un emotivo homenaje. A las 13:50 locales (9:20 GMT), un pelotón de gurkas, soldados de elite del Ejército indio, dispararon tres salvas de fusil para indicar que en ese momento la religiosa había sido enterrada, solo acompañada por sus religiosas, en la sede de la congregación de las Misioneras de la Caridad, orden fundada por ella en 1950. Llovía. Cuatro clarines entonaron el toque de silencio... Tras yacer en público durante una semana, el cuerpo de la Madre Teresa fue entregado a su familia y a las religiosas de su orden, quienes la sepultaron en lo que había sido la cafetería del edificio.
Raro ecumenismo
En una muestra de raro ecumenismo en un país que, como la India, ha vivido desangrado por los conflictos religiosos, la muerte de la Madre Teresa sirvió para que sacerdotes y fieles católicos, musulmanes, budistas, sijs, parsis e hindúes rezaran y elevaran sus plegarias por el alma de la monja. Entre tanto, decenas de miles de habitantes de esta ciudad que alberga a millones de pobres asistieron el paso del cortejo que la llevó al estadio cubierto donde se celebró la misa de cuerpo presente. "La madre Teresa de Calcuta prendió una llama de amor (...) El mundo necesita la luz de esa llama", dijo el papa Juan Pablo II en un mensaje leído por su secretario de Estado, monseñor Angelo Sodano, en el funeral de la monja, marcado por el homenaje de representantes de todas las religiones. En el estadio Netaji de Calcuta, el féretro de la Madre Teresa, vestida con el tradicional sari blanco con orlas azules de su orden, descansaba en un estrado blanco cubierto por la bandera tricolor india. A primera hora de la mañana, todavía con buen tiempo, el féretro de la premio Nobel de la Paz había iniciado una lenta procesión, desde la iglesia de Santo Tomás hasta el estadio cubierto. Ocho militares lo colocaron sobre una cureña, la misma que se utilizó en los funerales de dos héroes de la India moderna, el Mahatma Gandhi, en 1948, y Jawaharlal Nehru, en 1964. En todo el país las banderas ondeaban a media asta. Un séquito funerario formado por vehículos militares, adornados con flores blancas y conducidos por oficiales tocados con turbantes rojos, avanzó lentamente por las calles de Calcuta. Los cientos de miles de personas, de todas las edades y todas las religiones, que allí se habían concentrado lanzaron flores y fotos de su "santa". Tras un trayecto de cinco kilómetros, los militares tomaron el féretro en hombros para llevarlo solemnemente hasta el estadio, con capacidad para 15.000 personas, repleto de religiosos y personalidades del mundo entero; entre ellas las reinas de Jordania, Bélgica y España, la esposa del Presidente estadounidense, Hillary Clinton, y la esposa del Mandatario francés, Bernadette Chirac. Sin embargo, los pobres y los mendigos se lamentaban de que no los hubieran dejado entrar. (Nota aparte). En el interior del estadio cubierto donde se celebró la ceremonia, el arzobispo de Calcuta, monseñor Henry D'Souza, en un elogio fúnebre que resumió una vida de sacrificio al servicio de los más pobres, declaró que la Madre Teresa había dado al mundo un mensaje "del valor y la dignidad humana". "Tuve hambre y me diste de comer; estuve desnudo y me vestiste", el arzobispo de Bombay, monseñor Simón Pimento, leyó en inglés un fragmento del evangelio según San Mateo, cuyas palabras simbolizan la vida de la "santa" de Calcuta. Tras la ceremonia, que duró cerca de tres horas, la Madre Teresa fue conducida, de nuevo en procesión y esta vez bajo la lluvia, hasta su última morada. En el momento en que su ataúd descendió a la fosa, un soldado interpretó el toque de silencio y otros 12 dispararon tres salvas. © 1997. LA NACION S.A. El contenido de La Nación Digital no puede ser reproducido, transmitido ni distribuido total o parcialmente sin la autorización previa y por escrito de La Nación S.A. Si usted necesita mayor información o brindar recomendaciones, escriba a webmaster@nacion.co.cr |