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Los pobres, grandes ausentesAFP. Calcuta (India) La madre Teresa consagró toda su vida al servicio de los "pobres entre los pobres", pero, en sus solemnes funerales nacionales del sábado en Calcuta, fueron estos los grandes excluidos. "No permitieron participar a la gente a la que ella amaba", se indignaba Anugrah Tiwari, mendigo ciego de 42 años, que había recorrido 200 km hasta Calcuta y ni siquiera pudo entrar en el estadio cubierto donde se desarollaba la ceremonia final en presencia de altas personalidades indias y extranjeras. "Yo no sé quién es esa Hillary Clinton. Lo que sé es que muchos de nosotros vinimos desde muy lejos para alabar a una santa que era nuestra y no de la gente encopetada", agregó Tiwari. "Madre Teresa era de todos", concedía Jitendra Trivedi, maestra de escuela de 26 años. "Pero por eso mismo no tenían que haber rechazado a nadie y menos aún a los más pobres." Se había anunciado que leprosos, lisiados, mendigos y habitantes de las villas misérrimas serían asociados al adiós a Teresa, pero incluso aquellos que pudieron participar denunciaban que los habían mantenido a distancia. La orden de las Misioneras de la Caridad, fundada por la religiosa premio Nobel de la Paz en 1950, había solicitado que la mitad del estado Netaji estuviera reservada a pobres y enfermos. Pero todos los asistentes coincidían en que eran mucho menos. "Hemos visto pocos pobres, tendrían que haber sido muchos más", comentaban dos alumnos de secundaria, Deepa Gupta y Neha Jain, que colaboraron voluntariamente en la organización del funeral. Según ciertas informaciones, el arzobispo de Calcuta, monseñor Henry D'Souza, había expresado su inquietud ante el carácter nacional y militar que India había dado a las ceremonias, aunque en público dijo que lo consideraba un honor. Fuera del estadio, Madhusudhan Mandal, también ciego y vestido con un simple lienzo rojo, trataba de convencer a un policía: "Vine en autobús desde Bishnupur, a 250 km. Quiero ver a la Madre y sacar algún dinero. Me dijeron que la ceremonia era para gente como yo y que me darían algo." Mohammed Dawood, musulmán de 35 años y uno de los muchos habitantes de Calcuta que viven de lo que encuentran en los basurales, también quería ver de cerca a "la madre", pero la policía no dejó acercarse a su grupo. "Cada vez que nos acercamos, nos echan con cajas destempladas." Sólo el anciano vendedor callejero Salim Jhan parecía conformarse: "Al fin y al cabo, somos unos pobres diablos. ¿Por qué iban a dejarnos entrar?" © 1997. LA NACION S.A. El contenido de La Nación Digital no puede ser reproducido, transmitido ni distribuido total o parcialmente sin la autorización previa y por escrito de La Nación S.A. Si usted necesita mayor información o brindar recomendaciones, escriba a webmaster@nacion.co.cr |