Infantil de Ecuador 95 libró intensa lucha por vencer los temores


Fausto Gonzalez Sibaja
Especial para La Nación

La emoción por debutar hace dos años en el Mundial Infantil de Ecuador 95 nos hizo sentirnos temerosos, hasta el punto de que en el debut muchos compañeros olvidaron sus tacos en el hotel y nos acordamos hasta que llegamos al autobús.

Esa es la verdad: todos estábamos supernerviosos por jugar la primera fase ante Guinea, Argentina y Portugal (grupo B). Teníamos dudas de lo que podría suceder ya que si no jugábamos bien y éramos goleados, regresaríamos pronto a casa.

Las ansias de jugar hicieron que desplegáramos una fuerza innecesaria. Esto nos provocó cansancio y recibimos los goles contrarios después del minuto 60. Son cosas que se presentan por inexperiencia internacional. ¡Idiay, qué queda! Nos pasó en una ocasión, pero no nos sucederá en otra. Así es el futbol.

Complicada eliminatoria

Este largo proceso Sub-17 se prolongó durante ocho meses, a partir de 1993. Hice las primeras prácticas en San José, al mando de Henry Duarte y Armando Rodríguez. Todo eso fue difícil. Era joven y debía trasladarme desde San Carlos, a las 4 de la mañana, y apenas terminaba retornaba al hogar.

Cuando concluyeron las vacaciones y debía seguir los estudios, me trasladé a San José e ingresé al colegio La Salle. Fue un gran sacrificio el estar lejos de mis familiares y amigos, pero entendí que estar en una selección no es fácil.

La eliminatoria en El Salvador fue algo nuevo para nosotros. Tuvimos un problema en el debut contra Trinidad y Tobago, cuando fue suspendido el juego al minuto 76 (Costa Rica ganaba 4 a 0), por un torrencial aguacero que dañó mucho la cancha.

Entonces Jack Warner, presidente de la CONCACAF de origen trinitario, utilizó sus influencias para que se repitiera todo el partido. Y lo logró. Pero el segundo choque, realizado solo un día después, lo ganamos 7 a 1 y más bien algunos decíamos que ojalá lo volvieran a repetir, para hacerles unos diez goles.

Después apaleamos a Antillas Holandesas (5 a 0) y a Estados Unidos (4 a 1), para clasificar sobrados. En la segunda fase, por la caída con los estadounidenses (1 a 2), le di un duro golpe al asiento del autobús e hice un hueco; por fortuna, nadie se enteró y no tuve que pagar el arreglo.

Así, para el juego decisivo ante México, aprendimos a manejar la presión. Nos hicimos la promesa de que no nos anotarían y, en mi caso, le dije al entrenador Armando Rodríguez que le iba a ir a todas las bolas.

Esa vez le perdimos el miedo al rival. Todos estábamos con la ansiedad de ganarles, por la necesidad de obtener puntos y dada la rivalidad histórica entre ambos países. En el primer tiempo, México se nos vino encima, pero no anotó.

Ya en el complemento cayeron las bonitas anotaciones de Alvin Villavicencio --goleador del torneo, con ocho tantos-- y de Alonso Solís --autor de siete--. Así le ganamos a México, 2 a 0, y lo dejamos fuera del Mundial.

Cuando vencimos a Canadá (3 a 1) en el último juego, estábamos felices de haber logrado la meta: ser los campeones de la CONCACAF. Al recibir la premiación, recordábamos la vez que, en plena lluvia, entrenamos en una cancha embarrialada, a la par del Estadio Nacional, y a mis compañeros se les pegó un hongo en los pies y a mi en las manos. ¡Qué cosas!

Sueño mundialista

Tras la eliminatoria vino la dura preparación para el Mundial y, como siempre, hubo escasez de implementos. Por suerte las giras internacionales a Ecuador, Perú y las ciudades mexicanas de Cancún y Monterrey, donde acumulamos 20 partidos de fogueo, nos ayudaron a madurar y a aprender cómo manejarse en la cancha.

Hicimos una dura pretemporada en San Juan de Chicuá, en las faldas del volcán Irazú, para adaptarnos a la altura de Ecuador. Cuando nos montamos al avión, rumbo a Ecuador, todo era como un sueño. Gozamos mucho porque nos llevaban bien mudados, con el bendito saco y corbata; parecía que íbamos para una boda.

Cuando llegamos a Cuenca, nos encontramos una ciudad colonial, muy bella y acogedora, con gente sencilla de trato amable. Muchos aficionados se aglomeraban en las afueras del hotel para observar, con curiosidad, las actividades de las cuatro selecciones visitantes y solicitar autógrafos a sus integrantes.

Una vez instalados allá, con el bullicio y la música que interpretábamos en los ratos libres, al son de la guitarra de Alonso Solís, seguida por las otras selecciones, reflexionamos sobre el largo camino andado y el inminente debut mundialista.

Y llegó el juego de partida. Al principio, hubo mucha duda cuando Guinea nos pegó un tiro en el poste, pero después la historia cambió por completo...

Una vez que cayó el primer gol de Nelson Fonseca --escogido por la FIFA como el jugador más valioso del partido--, todos nos tranquilizamos y fuimos más acertados en el futbol. Alvin Villavicencio logró el 2 a 0 y supimos valorar lo que era ganar nuestro primer juego a un equipo africano en un mundial.

Luego vino el cotejo más esperado, contra Argentina, pues sabíamos que tenía estrellas que llegarían a ser grandes futbolistas en el profesionalismo.

En el primer tiempo, tuvimos la oportunidad de cambiar la historia, por medio de Villavicencio, pero su remate pasó cerca del tubo y la anotación no llegó. Luego ellos concretaron en dos ocasiones, y no pudimos enderezar el rumbo del partido (2-0 al final).

Recuerdo que en la inicial le hice una gran parada al argentino César La Paglia. Pensé que la bola venía abajo, pero me sorprendió y tomó altura. A pesar de ello la saqué. Gracias a los vídeos que tengo como tesoro, la recordaré por siempre.

El último juego de la primera rueda frente a Portugal fue algo desafortunado. Sabíamos que era un cuadro fuerte, nada menos que el campeón de Europa, pero nadie podía creer que faltando solo tres minutos nos desconcentramos y se nos vino todo abajo.

¡Qué pasó en ese lapso? No lo sé todavía. Algo inexplicable e impactante. Nos agarraron desprevenidos porque creímos que con el primer gol íbamos a quedar fuera, aunque no era así. Casi simultáneamente, cayeron los otros dos y nos sepultaron 3 a 0.

Fue impresionante cuando terminó el partido. Me quedé parado y me preguntaba si era verdad lo que había pasado. "¡Qué desgracia, cómo puede ser posible que cayéramos así!", me dije con rabia y estupor. Una barbaridad porque en la noche anterior los portugueses estuvieron despiertos hasta las 3 de la mañana, corriendo y jugando por todo el hotel.

Al llegar al camerino, observé a todos mis compañeros llorando y no pude contener las lágrimas. Lloré porque esperábamos clasificar y enfrentarnos a Ghana en cuartos de final. Algo muy doloroso. Esa noche nadie durmió.

Me queda como recuerdo una reliquia que guardo en mi casa. Un recorte de un periódico ecuatoriano, que divulgó el equipo ideal de la primera fase --según la FIFA-- y en el que aparecí entre los tres mejores guardametas del mundo, a la par del argentino Daniel Islas y el ghanés Michael Abu.

Un gran premio tras año y ocho meses de fuerte entrenamiento. La experiencia de Ecuador 95 me enseñó que cada día hay que perfeccionarse. De ahí que trabajo mucho para colocarme entre los mejores arqueros del Mundial Sub-20 de Malasia.

Espero que en esa cita Costa Rica haga un buen papel.

[Pie de foto: Costa Rica logra el pase al Mundial de Ecuador 95 y obtiene el cetro de la CONCACAF. Nelson Fonseca, Douglas Barquero, Alonso Solís y Aníbal Giammatei (masajista) dan rienda suelta a su alegría.]


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