Copa Mundial

Mundial deslucido

  • El tercer título alemán en un torneo de baja calidad: Italia 90
  • Prometía ser el Mundial ideal y no lo fue. Italia 1990 no dejó demasiados recuerdos deportivos en la memoria, salvo, por supuesto, la gran actuación que, para los ticos, representó la presencia tricolor. El futbol que se vio fue, en general, de escasa calidad. Predominó el miedo al resultado, el temor a perder.

    Por primera vez en mucho tiempo, estuvieron presentes todos los monarcas y subcampeones de la historia, con excepción de Hungría. Además, Holanda, Brasil, Alemania Occidental e Italia, y grandes jugadores como Gullit, Van Basten, Vialli, Baggio, Maradona, Careca, Matthäus, Sosa, Francescoli y Butragueño, llegaron precedidos de una fama y cotización enormes.

    MerecidoAlemania Occidental, favorito de 1990, se impuso con justicia. Arriba: Berthold, Illgner, Köhler, Buchwald, Völler y Augenthaler. Abajo: Littbarski, Brehme, Hässler, Klinsmann y Matthäus.

    Sin embargo, entre el vaticinio y la realidad, quedó una franja sin cubrir: no hubo equipos brillantes ni monstruos que recordar a través del tiempo. Se impuso el juego conservador y especulativo de la mayoría, y solo algunos países, como Camerún y Colombia, ofrecieron una imagen más valiente.

    Los animadores

    La copa del 90 resultó promocional para el siciliano Salvatore Totó Schillaci, suplente en Italia un mes antes y posterior goleador del trofeo. El símbolo de la dignidad fue Róger Millá, un "viejo" de 38 años, que hizo goles soberbios y puso a soñar a más de uno, con el ilusorio triunfo de Africa en la copa.

    Millá y sus Leones Indomables consolidaron aún más el despegue definitivo de la Africa negra: la victoria en su grupo, con un futbol artístico, como lo hizo Marruecos en México 86. El bonito episodio terminó en la prórroga contra Inglaterra (2 a 3), en cuartos de final, quizá en el mejor partido de la copa. Un perdedor feliz, despedido con sonoros aplausos del estadio San Paolo, en Nápoles.

    Costa Rica también causó una grata impresión, al mando de Velibor Bora Milutinovic. Gabelo Conejo, que se arrodillaba en la cancha y rezaba antes de comenzar cada juego, tuvo paradas decisivas para el equipo y, por ello, la revista parisiense France Football lo eligió el mejor del torneo en su puesto.

    Los nacionales obligaron al pueblo a salir a las calles a celebrar su proeza. Una alegría contagiante que se transformó luego en locura colectiva cuando se consagraron al clasificar a la segunda ronda. Fue algo impensado. Nunca antes visto. Ganaron a Suecia, 2 a 1, aquel 20 de junio, cuando el país apareció con letras doradas en los titulares de todos los diarios del planeta.

    Tres días más tarde, en octavos, la poderosa Checoslovaquia aprovechó la ausencia de los estelares Conejo y el contención Róger Gómez -el primero lesionado y el segundo sancionado- y nos liquidó 1 a 4, con tres conquistas de cabeza del "gigante" Thomas Skuhravy. Un buen partido, en el cual los ticos, pese al abultado resultado, se despidieron con la frente muy en alto.

    El arte al olvido

    Hubo otros grandes espectáculos. Aparte del ya mencionado Inglaterra-Camerún, apenas se salvan los duelos Alemania Occidental-Holanda (2 a 1), en octavos; Bélgica-Uruguay (3 a 1), las dramáticas semifinales definidas por penales, Argentina-Italia y Alemania-Inglaterra, y muy pocos juegos más...

    La final, por su lado, pasó a la historia por ser, de lejos, la peor de todos los tiempos, en el completamente abarrotado estadio Olímpico de Roma. Los germanos fueron el mejor conjunto del campeonato, merecedor de la copa, por tercera vez en su historia, por su positiva faceta de ir siempre al frente, en busca del resultado, con sus panzers Rudi Völler y Jürgen Klinsmann.

    El título para toda Alemania premió, además, la regularidad y disciplina de su gran líder, Lothar Matthäus. El obrero infatigable condujo a la victoria con gran capacidad para crear futbol ofensivo y siempre atento a cumplir las misiones especiales que le destinara el estratega, Franz Beckenbauer.

    Flojo en el ataque, Argentina nunca puso en peligro al portero Illgner. Su digna resistencia llegó hasta el epílogo, cuando el juez azteca Edgardo Codesal sancionó un discutido penal. Andreas Brehme venció a Sergio Goycochea, el experto parador de penales, quien con "manos de oro" había salvado a su país de ser eliminado por Yugoslavia e Italia. 1 a 0 definitivo.

    Fue, en síntesis, un campeonato sin mucho vuelo, con el promedio de gol más bajo en la historia (2,21), que dejó una evidente sensación para los registros eternos: un futbol inferior al que todos esperaban. Un final triste, apenas digno de un Mundial tan decepcionante como resultó ser Italia 90.



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