Copa Mundial

Simplemente... Diego

  • Argentina caminó al título de 1986, comandado por un artista de apellido Maradona
  • Argentina capitalizó para sus afamadas vitrinas la corona mundial de México 1986, debido a su futbol creativo y a su extraordinaria fuerza colectiva. Pero, ante todo, porque contó con un inspirado Diego Armando Maradona, artista del balón que llegó en su hora cumbre... en el momento sublime de su carrera.

    Sin subestimar a sus compañeros, el "rey Maradona" dominó esa vez dos maneras clásicas de actuar, aunado a un rico repertorio de genialidades: la de preparador de jugadas -cinco asistencias- y la del goleador -registró cinco-, incluido el mejor tanto en la historia de los Mundiales (el segundo a Inglaterra). Esto, evidentemente, dificultó la tarea de los encargados de neutralizarlo.

    BicampeonesArgentina se alineó así para la final del Mundial 86, donde consiguió su segundo campeonato de la historia. De izquierda a derecha: Burruchaga, Valdano, Giusti, Olarticoechea, Enrique, Batista, Brown, Ruggeri, Cuciuffo, Pumpido y Maradona.

    De pequeña estatura, pero de gran robustez, Diego dispuso hace 12 años de una enorme capacidad de maniobra. Su manera de jugar estuvo llena de improvisaciones y ofreció momentos de total sorpresa. Su fuerza se basó, sobre todo, en el regate, ejecutado casi exclusivamente con el pie izquierdo, con lo cual superó a sus adversarios con una facilidad que causó admiración.

    Era un Mundial especial para él. Tras ser descartado por su inexperiencia en Argentina 78 y sufrir la humillación en España 82, incluida una expulsión en el juego ante Brasil, llegó a México en plenitud de fuerza física. El Pelusa era, entonces, figura del calcio por sus éxitos en el Nápoles.

    "Nunca, en la historia del futbol, un jugador ha sido tan vital, tan influyente, tan determinante como Maradona, dentro de la selección argentina. En ese aspecto, Diego fue más para Argentina en México 86, que lo que fue Pelé para Brasil en México 70", fue la afirmación temeraria del veterano periodista argentino Julio César Pasquato, Juvenal, de la revista bonaerense El Gráfico.

    Pero su aseveración fue bien razonada: ninguno de sus acompañantes alcanzó a equiparar aquella constelación de "monstruos" que secundó a Pelé en el 70. "Es claro que Pelé fue una maravilla dentro de un conjunto muy fuerte y con él todo fue mejor, más seguro, más rotundo y más completo. Pero la influencia de Maradona -puntualizó el reportero- fue absoluta, total, decisiva."

    Poderosa influencia

    Para apoderarse de esta anhelada meta, Carlos Salvador Bilardo salió de la sombra de su predecesor, César Luis Menotti, de quien heredó una difícil tarea en 1983, y en la fase final de su proceso mundialista eligió su plantel entre 16 clubes diferentes, un récord entre los equipos participantes.

    Sin embargo, estuvo preparado y trazó su propia línea, sin preocuparse de las oposiciones que esto podía acarrearle. Con ello, logró animar a sus pupilos en siete complicados juegos ante Corea del Sur (3 a 1), Italia (1 a 1), Bulgaria (2 a 0), Uruguay (1 a 0), Inglaterra (2 a 1), Bélgica (2 a 0) y Alemania Occidental (3 a 2), llevándolo así a su segundo cetro histórico después de 1978.

    Bilardo asombró al comienzo con una decisión muy atrevida: retiró el título de capitán a Daniel Passarella y se lo otorgó a Maradona. El primero, de fuerte personalidad, era aceptado sin reticencias por sus compañeros y Diego, a pesar de su reconocida valía, no siempre respondía con la misma regularidad.

    El estratega no ignoraba esto y se jugó, sutilmente, el todo por el todo. Debía persuadir al "solista" Maradona para poner a disposición de un equipo equilibrado todo su talento y clase. Solo así sus socios de lujo para atacar y llegar al gol (Jorge Burruchaga y Jorge Valdano) le secundaron sin restricción alguna, y Diego se comprometió a seguir el deseo de Bilardo. Y lo cumplió.

    México 86 fue, en conclusión, un gran Mundial, con muchos goles y un festival de futbol de calidad. La final fue memorable y no exenta de emoción y dramatismo. Argentina fue un digno campeón y Alemania un digno perdedor.

    Consagración suprema para el entonces mejor futbolista del orbe, que inventó todo e hizo fácil lo más difícil. En sus goles fue un implacable realizador y un artista de la pelota. Hoy, con 37 años, cuesta abajo en su carrera, opacado por su propios errores y cerca del retiro, Diego sueña con 1986, el año en que mostró un juego noble, correcto, pero al mismo tiempo artístico y apasionante.



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