Copa Mundial

La sentencia de Rossi

  • De la mano de su goleador, los azzurri demolieron a los favoritos en 1982
  • Italia fue, con méritos, el campeón legítimo y reconocido de la Copa Mundial España 1982. "Pasó del infierno al cielo", afirmó la prensa de la época. De una primera fase desastrosa, arañando puntos en el camino, pasó al éxtasis en las instancias finales. Todo coincidió con el despertar a su mejor nivel de un talento de nombre Paolo Rossi, el máximo astro goleador del torneo.

    Su gloria pudo haberse constituido en la más grande sorpresa del campeonato. Incluso no contaba con la predicción de ninguno de los periodistas especializados que lo cubrieron, incluidos los italianos. Nadie había apostado ni una lira por un milagro de su equipo. Pero un Rossi solitario, con sus dianas oportunas, elevó a su país a lo más alto del podio.

    Tricampeones. Italia obtuvo, con este equipo que dominó en España 82, su tercer título de la historia, para unirse a los de 1934 y 1938. De izquierda a derecha: Zoff, Graziani, Conti, Collovatti, Scirea, Gentile, Bergomi, Rossi, Oriali, Cabrini y Tardelli.

    Las tres primeras actuaciones contra Polonia (0 a 0), Perú (1 a 1) y Camerún (1 a 1) fueron decepcionantes. Italia levantó en la segunda ronda, venciendo 2 a 1 a los argentinos, dueños de la copa de 1978, y, a partir de ese triunfo revitalizador, creció para arrasar con otros dos campeones mundiales (Brasil, 3 a 2, y Alemania Occidental, 3 a 1) y el tercer lugar de 1974 (Polonia, 2 a 0).

    Esta formidable recuperación dejó patente que el calcio italiano, bien jugado, no desmerece de ningún otro sistema. La coordinación entre líneas fue perfecta. El técnico, Enzo Bearzot, logró complementar la defensa compacta, con que siempre contaron sus clubes, con un centro del campo hábil y dinámico, y un contraataque inspirado y demoledor.

    Pequeños en rebelión

    El futbol de contragolpe fue, asimismo, utilizado acertadamente por los equipos más modestos. La fluidez con que conjuntos como Argelia, Honduras, Camerún y Kuwait organizaron sus acciones ofensivas, la seguridad con que descongestionaron su defensa, buscando siempre los pasillos laterales para canalizarlos, fueron muestras de que el futbol posee un lenguaje universal.

    Para los kuwaitíes, todo se complicó cuando recibieron un cuarto gol del francés Alain Giresse, en el duelo en Valladolid. Restaban diez minutos, y los asiáticos alegaron que dejaron pasar la bola, al confundir un silbido del público con el pitazo del árbitro que decreta algún fuera de juego.

    Sin importarle las consecuencias, el jeque Fahd Al-Ahmad Al-Jaber Al-Sabah, jerarca de su federación de futbol y miembro de la multimillonaria familia reinante en Kuwait, saltó del palco presidencial al campo a protestar, y el público lo abucheó. Pidió a los suyos que se retiraran. Lo insólito fue que el gol terminó siendo anulado por el juez soviético, Miroslav Stupar, lo que irritó al técnico francés, Michel Hidalgo.

    Por este incidente, Kuwait fué multado con $12.000, a Fahd lo censuraron por su "comportamiento antideportivo", y al árbitro lo expulsaron de por vida de la FIFA. Fahd falleció en agosto de 1990, en "circunstancias misteriosas", presumiblemente asesinado por las fuerzas invasoras iraquíes de Sadam Husein.

    La inexperiencia de los "pequeños" provocó, entonces, que no avanzaran en el torneo. Camerún se fue sin perder una sola vez, al sumar tres empates. Polonia, Italia, Alemania, Austria, Bélgica, Argentina, Inglaterra, Francia, Irlanda del Norte, España, Brasil y Unión Soviética superaron la primera fase. Pero, para que eso ocurriera, surgió la mayor vergüenza de la copa...

    Alemanes y austriacos jugaron en forma muy rara, en Gijón. Después del gol teutón de Horst Hrubesch, a los diez minutos, los dos especularon hasta el límite de lo escandaloso, contagiando en los espectadores la sensación de que existía un arreglo. El resultado clasificaba a ambos, y el pacto dejaba fuera de carrera a Argelia, que había sorprendido a Alemania (2 a 1) y a Chile (3 a 2).

    Este desbarajuste en el manejo de los resultados, como el mismo 6 a 0 de Argentina a Perú, que descalificó a Brasil de la final de Argentina 78, obligó a la FIFA a unificar los horarios de los partidos decisivos, en las siguientes ediciones de los Mundiales. Una medida saludable, que hoy se aplaude.

    Mundo de sorpresas

    Pero el recuerdo que dejó el futbol desplegado por Brasil fue imborrable. El equipo auriverde, con su música fácilmente hermanable, se ganó al público de Sevilla, en la primera fase, y luego el de Barcelona, en la segunda. La magia de Falcão, Junior, Zico, Sócrates, Eder, Toninho Cerezo... contribuyó para que se convitiera en la sensación y en el máximo candidato de todos los críticos.

    Y en la hora de las definiciones, el seleccionado brasileño defraudó y cayó 2 a 3 contra Italia. No contó con el explosivo regreso de Paolo Rossi, en la tarde del 5 de julio del 82. Esa vez fue el héroe de los suyos, con tres tantos que llevaban su sello audaz. Italia avanzó a semifinales y otra vez Pablito realizó goles, por partida doble, para acabar con la Polonia de Lato y Boniek.

    En la otra semifinal en Sevilla, Alemania y Francia buscaron también un sitial de honor y protagonizaron un partido que nadie olvidará. Fueron dos horas vibrantes, con gran futbol, suspenso y el talento a flote de Platini, Giresse, Tresor, Bossis, Tigana, Rummenigge, Fischer, Littbarski, Stielike...

    El tiempo reglamentario finalizó 1 a 1. A los 9 minutos del tiempo suplementario, Francia ganaba 3 a 1. Faltando 13 Alemania igualó a tres. De infarto. Y vino la ruleta de los penales. La primera serie no arrojó al ganador (4 a 4). La tensión crecía. Patea Bossis, ataja Schumacher... Tira Hrubesch, gol... 5 a 4 definitivo. Así, con exceso de dramatismo, Alemania alcanzó la finalísima.

    El 11 de julio, todo el interés se fue a Madrid, a la final. Esa tarde definitiva, en el estadio Santiago Bernabeu, el futbol fue fiesta, aunque el encuentro resultó discreto, con los italianos manejando el contraataque y los alemanes disponiendo más tiempo el balón, pero sin claridad ni precisión.

    En la segunda parte prevaleció la mejor reserva física de los italianos, quienes por momentos dominaron con claridad. Otra vez Rossi llevó la bola a la red, en un cabezazo. Después fue Marco Tardelli. Y, de último, Alessandro Altobelli. Los tres fueron los autores de los goles campeones, mientras que Breitner descontó para los germanos. Un 3 a 1 inobjetable.

    Triunfo italiano para que el festejo fuese más ruidoso, incluso con la presencia pintoresca del entonces presidente Sandro Pertini, quien con alma de tifoso, trajo buena suerte a los azzurri. El capitán, Dino Zoff, retiró la copa e ingresó en el terreno de las leyendas. Rossi, mientras, fue el líder de un equipo que comenzó con buena defensa y concluyó como genuino dueño del título.



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