Copa Mundial

¡Sorpresa en Múnich!

  • La fuerza imparable de Alemania acabó en 1974 con el fuego naranja de Holanda
  • El juego final del Campeonato Mundial de 1974, entre el cuadro anfitrión, Alemania Occidental, y el favorito al título, Holanda, fue el duelo entre sus dos principales estrellas, Franz Beckenbauer y Johan Cruyff, por el que todo el planeta palpitaba casi una semana atrás, cuando se delinearon los finalistas.

    Cruyff, el astro holandés, era el constructor, el artífice, el comandante en jefe y el gran soldado raso de la brillante campaña cumplida por los naranjas en la copa. Un batallador infatigable que deslumbró en canchas teutonas y llenaba todo el campo, con un despliegue de talento singular para el ataque.

    El final. Franz Beckenbauer (al centro) recibe la Copa de la FIFA. Junto a él, Höttges, Maier, Müller, Grabowski, Breitner (arriba), Flohe -de espaldas, con el trofeo-, Bohnof, Hölzenbein, Vogts y Overath (abajo). La merecida ovación es para toda Alemania, por su título mundial de 1974.

    La mecánica colectiva de los tulipanes fue admirable en esa competencia. La fibra combativa de sus compañeros, que se transformaba en fuego naranja, conformaron el pedestal que necesitaba el virtuoso Cruyff, para imponer su clase como obrero y conductor magistral.

    Y, en el bando contrario, el "káiser" germano, muy contenido dentro de una función de líbero, sólo había mostrado su calidad, su exquisita finura, cuando los suyos eliminaron, 1 a 0, a los polacos de la final, con un gol típico del temido Gerd Müller.

    Lo anterior porque, en condiciones adversas de mal tiempo, manejó la pelota con la seguridad y la facilidad de los grandes.

    Pero en la tarde del 7 de julio del 74, en la majestuosa arquitectura del Olímpico de Múnich, no llegó a producirse el enfrentamiento directo entre los dos "monstruos" del Mundial. Porque Franz prefirió plantear la lucha contra el genio holandés a través de un intermediario: el sacrificado Berti Vögts lo marcó por todo el campo, mientras el capitán alemán lo esperaba atrás con la escoba.

    El saldo de un match casi personal resultó aquella vez favorable al holandés, aunque Beckenbauer se haya llevado el premio de la nueva "Copa de la FIFA" -diseñada por el escultor italiano Silvio Gazzaniga-, y Cruyff se haya envuelto solo en quejas y discusiones con el árbitro inglés Jack Taylor, que ameritó una tempranera amonestación en su contra.

    Alemania como monarca

    Helmut Schön fue elegido en el puesto de técnico alemán por su maestro, Sepp Herberger, campeón del 54 y con quien trabajó 20 años. Su mayor virtud fue saber utilizar adecuadamente la autoridad dentro del equipo de Franz Beckenbauer. Y a partir de él, armó su plantel.

    "Teniendo a Franz -señaló Schön esa vez-, contaba ya con el 50 por ciento del equipo armado. Beckenbauer fue el eje, por su juego y personalidad. Y fuera de la cancha, siempre brindó el consejo acertado para quien venía caído. Por eso, logramos imponernos a esa máquina perfecta que era Holanda, al que todos daban como virtual campeón. Claro, se olvidaron de Beckenbauer".

    A su intelecto se unieron otros elementos: la agilidad de Maier, el marcaje de Vögts, el talento de Bonhof, la potencia física de Hoeness, los remates largos de Breitner (con golazos a Chile y Yugoslavia), la zurda prodigiosa de Overath, las diagonales de Hölzenbein y la astucia de un experto goleador: Gerd Müller.

    Veinte años después de un primer título conseguido a base de fuerza, en Suiza 54, Alemania Occidental mostró un futbol total, expresivo, alegre, de técnica más que de fuerza. En 20 años, viró su estilo para convertirse en la primera potencia en el orbe.

    Mientras tanto, hubo una escuadra que exhibió una estructura nueva, espectacular, eficaz, arrolladora, en la que no habían posiciones fijas. "Cualquier hombre debía ocupar cualquier sector del campo, para cumplir cualquier misión". La expresión más cabal de esto que se llama "futbol total" la tuvo Holanda, con sus sorprendentes rotaciones y cambios de juego.

    Un periodista del diario L'Equipe, de Francia, bautizó a los holandeses de un modo tan sugestivo como descriptivo: "El fuego naranja". Y fue justo, porque a Holanda, con sus figuras Cruyff, Rep, Van Hanegem, Haan, Krol y Neeskens, le tocó rescatar el sabor y la vibración del futbol como espectáculo.

    "Lo importante es crear por lo menos diez situaciones de gol por partido, para poder marcar, por lo menos, dos goles... No debimos perder la final. Nos equivocamos y les dejamos ganar. No ganaron ellos, perdimos nosotros. Fue un problema de inexperiencia y de psicosis colectiva: nuestro equipo era bisoño en estas lides", escribió luego Cruyff, en su libro Mundiales 74.

    No fue campeón, porque Holanda fue inmadura e inexperta, y Johan desdibujó el accionar de su equipo, además de que Beckenbauer mostró más serenidad que Cruyff. El astro, con mano firme, tomó el timón de su equipo, paró la avalancha del rival y lo condujo a la ensenada de un cetro.

    La final tuvo un arranque dramático. A los 50 segundos, sin que el balón hubiese sido tocado por algún alemán, hubo penal a Cruyff, por barrida de Hoeness; Neeskens lo convierte en gol. Holanda deseaba defender la ventaja. Craso error. Alemania saca partido, empata Breitner de penal, por falta a Hölzenbein, y se pone arriba con tiro de media vuelta de Müller.

    Y así se escribió la historia. El fondo alemán es inexpugnable y el 2 a 1 no se altera. En el plano colectivo, Alemania no fue el mejor del campeonato, pero fue el campeón, por condición física, firmeza y apoyo de una fervorosa multitud. Holanda sí fue la sensación del torneo, pero perdió. Y en el ámbito individual, Cruyff fue más que Beckenbauer, aunque Franz se llevó la copa de 1974.



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