Bajo el lema del dirigente chileno Carlos Dittborn, el hombre que trabajó como nadie para hacer realidad la Copa Mundial de Chile, en 1962, pero no pudo ver su obra porque falleció antes de iniciarse el torneo, se puso en marcha otra victoriosa campaña brasileña.
"Porque nada tenemos; lo haremos todo", decía el visible cartel indicador del primer juego del campeonato en Viña del Mar, entre Brasil y México (2 a 0), en una frase que también se colocó en los otros escenarios. Las célebres palabras de Dittborn las había pronunciado en Lisboa, en el Congreso de la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA), el 10 de junio de 1956.
Los congresales, conmovidos por ese segmento de su discurso, concedieron la votación necesaria para que el organizador del sétimo torneo universal del balompié fuera Chile, un país con algunos problemas económicos y sacudido con frecuencia por temblores... Nadie contaba con el devastador terremoto del 21 de mayo de 1960.

Cuando el presidente de esa época, Jorge Alessandri Rodríguez (1958-64), declaró inaugurado el torneo, el 30 de mayo de 1962, los chilenos sabían que podían sentirse satisfechos. Habían hecho todo, como prometió su gestor seis años atrás: se ampliaron los estadios y el de Arica, fronterizo con Perú, que se denominaría "Carlos Dittborn", se construyó especialmente para el Mundial.
Solo una ausencia se lamentaba, precisamente la de Dittborn, fallecido 33 días antes -a los 41 años-, y fue por ello que el periodismo chileno también denominó a ese mundial "Carlos Dittborn". Acto de mínimo reconocimiento para quien luchó con tanta determinación por esa realidad que se vivía.
El público, una vez finalizada la competencia, comentó: "Dittborn, que está en el cielo, consiguió que no llueva hasta que no termine el Mundial." Dos días después de concluido, llovía a cántaros.
Pero en futbol Brasil también tenía de todo: jugadores con talento, un juego impecable, personalidad y alma de campeón. Y porque lo tuvo todo -aunque un desgarro inesperado lo privó de Pelé-, consiguió todo, reteniendo para sí la copa que había ganado brillantemente en Suecia, cuatro años antes.
Arrasó con sus adversarios gracias a un elenco sabio, veterano, sagaz y aplomado. Con individualidades que tuvieron la virtud de desnivelar en los momentos en que parecía oscurecerse el funcionamiento colectivo. Aunque prevaleció la ecuación "cuatro años más sabios, cuatro años más viejos", Brasil fue el brillante e indiscutido monarca.
Mostró jugadores que arrancaron el cariño y la admiración del público: Garrincha, en primer lugar; Didí, el genio del mediocampo; Vavá, el goleador infalible, y Amarildo, un joven delantero que soportó la responsabilidad de reemplazar con creces a quien ya era rey, ausente, Pelé.
Vicente Feola armó el grupo de 1962 sobre la base de 1958, pues solo se registraron tres cambios: Mauro por Bellini, Zózimo por Orlando y el ya mencionado de Amarildo por Pelé. Y cinco miembros habían rebasado los 30 años: el guardameta Gilmar, los defensas Djalma y Nilton Santos, el capitán Didí y el alero izquierdo Zagalo.
Pero dos meses antes del Mundial Feola se enfermó y fue reemplazado por Aymoré Moreira, exarquero del Palmeiras, profesor de educación física y un buen psicólogo en el trato con sus dirigidos.
"Cuando me designaron -recordó-, acepté enseguida. Tenía a Pelé, Garrincha, Didí... ¿Cómo me iba a negar? Cuando me los presentaron, les dije: `Ustedes ya saben lo que tienen que hacer. Creo que nos vamos a divertir mucho...' Ahí mismo ordené un partidito a un toque... Fue sensacional."
Garrincha, con sus piernas deformes y gambetas endiabladas, aunado a un juego veloz y escurridizo, como un pájaro, le dio alegría a un torneo soso y violento en ocasiones. En Chile 62, él solo se robó el show... fue un "monstruo" y, ante la ausencia de Pelé, asumió el cetro del rey.
"El día de la final contra Checoslovaquia -confesó Moreira-, les insistí: `ustedes saben todo, jueguen...' Garrincha me miró y me dijo: `¿Maestro, hoy es la final?' No lo podía creer: no sabía en qué día estaba. Sólo le contesté: `Sí, Mané, hoy es la final...' `Con razón hay tanta gente', me contestó y se fue riendo. Salió al campo de juego y fue un espectáculo aparte."
Edson Arantes do Nascimento, mientras, sólo pudo jugar dos veces por la temprana lesión que sufrió en Viña del Mar, ante Checoslovaquia (desgarro del aductor de la pierna derecha). Pero ello no impidió que la prensa local le dedicara párrafos de elogio y asegurara que, casi sin jugar, estuvo vigente.
"Aunque solo actuó en dos partidos, Pelé fue el alma e inspirador del rendimiento de su equipo, la máquina que pudo propulsar el ímpetu y contagiar la acción. Desde su asiento de espectador, con su embrujo, dirigió las jugadas y pareció transferible su sabiduría a Amarildo. El, que fuera uno de los pilares en que se apoyó la gran victoria de 1958, también lo fue en esta de 1962..."
Para los anfitriones, todo fue fiesta y el tercer puesto logrado fue un hito inolvidable en la historia futbolística de esa nación. Dirigido y armado cuatro años antes por Fernando Riera, el equipo tuvo un esquema definido, moldeada preparación, fuerte personalidad y excelentes jugadores.
Jorge Toro fue la principal estrella; Leonel Sánchez, el goleador con cuatro tantos, y Alberto Tito Fouilloux, otro de sus grandes estrategas. Chile no llegó más lejos porque en la semifinal se midió ante Brasil (2 a 4), aunque luego le quedó tiempo para el desquite: 1 a 0 venció a Yugoslavia y terminó tercero.
Y arribamos a la final del campeonato. Para muchos testigos de muchos lances decisivos, este encuentro jugado ante casi 70.000 personas fue uno de los mejores de la historia.
Por la jerarquía de los dos contrincantes. Por la corrección. Y por el futbol que aportaron, que no desapareció nunca.
Checoslovaquia estuvo al conjuro del talento y despliegue de Josef Masopust, quien contó con la compañía de Novak, Pospichal, Sherer, el mismo Schroif... Con ese futbol por momentos rudo, fuerte, sobrio y poco vistoso; y otras veces, suave y habilidoso, los checos abrieron al inicio la cuenta, a través de un derechazo de Masopust.
Pero Brasil, la tarde del 17 de junio de 1962, tenía con todas sus luces prendidas a sus brujos del balón: Amarildo hizo el primero, en ángulo muy cerrado, casi imposible, que tuvo una enorme carga sicológica, porque todos esperaban su centro y la pelota terminó en la red.
Zito convirtió el segundo, con efectivo frentazo, ante maniobra de Amarildo; y Vavá el tercero y definitivo, al capitalizar, como un fantasma, una gran pifia de Schroif, quien soltó un inocente balón.
Ellos, además del hábil Garrincha, fueron los dueños de los aplausos, de los goles y de la final. En la tribuna, un joven moreno festejaba.
Se llamaba Pelé y le decían el rey, pero él todavía no se había dado cuenta...
Chile inmortalizó la frase "porque nada tenemos, lo haremos todo", y cumplió. Brasil, porque lo tuvo todo, consiguió todo también... y fue bicampeón.
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