Tenía 17 años cuando me convocaron para integrar el equipo brasileño que jugó el Mundial de Suecia 58. Todo lo que conseguí en el futbol tuvo como base esa campaña. Pero, antes de la partida, jugamos un amistoso ante el Corinthians, en el estadio Pacaembú de San Pablo, y creo que fue un error...
El caso es que lo que me pasó a mí pudo ser muy serio. Cuando iba a entrar al área del Corinthians, un defensor me dio un terrible golpe en la rodilla. No podía aguantar el dolor. Mario Américo, el masajista, vino corriendo, desesperado, y me hizo sufrir bastante porque donde me tocaba, me dolía...
Yo no quería salir del campo para que nadie dudara de que estaba bien. Cobraron el tiro libre, me preparé para picar hacia el área, pero apenas pude dar dos pasos y volví a caer. Recién entonces acepté salir. Cuando quedé solo en el vestuario con Américo, le pregunté si creía que podía viajar a Suecia.
"¿No escuchaste lo que dijo el doctor, Hilton Gosling? -me dijo-. No es nada, criollo. Yo te voy a dejar esta rodilla como si fuera nueva..."
Me revisaron muchas veces, casi me excluyeron, porque iba lastimado, pero solamente cuando me senté en el avión, tuve la seguridad de que iría a Suecia. No jugué los partidos de preparación en Italia, frente a Inter y Fiorentina, ni en los primeros encuentros del Mundial ante Austria e Inglaterra.
Al llegar a Suecia, me hicieron otro examen porque la rodilla se me hinchó otra vez en el primer ensayo. Desde ahí se inició un severo tratamiento. Mario Américo y el utilero, Chico de Assis, calentaban agua hasta el punto de que hervía, mojaban una toalla en la olla y enseguida me envolvían la rodilla.
Nos saltaban las lágrimas de los ojos, pero no abríamos la boca. Mientras apretaba la toalla contra la rodilla, Américo me hablaba: "El papá lo va a dejar en condiciones..." No me dejaba solo un momento. Y al final, me curó.
Vicente Feola, el director técnico, me incluyó contra la Unión Soviética. Ganamos 2 a 0, con goles de Vavá. La rodilla había vuelto a hincharse, pero ya no le hice caso. Marqué el gol del triunfo ante Gales, el que más recuerdo de todos, el más importante de mi vida, porque fue mi primer tanto en un Mundial.
Ya éramos los favoritos. La verdad: éramos un gran equipo. Había grandes estrellas, mucha unión y gran cariño a la camiseta.
Ninguna barrera lograba impedir que Brasil anotara. Algunos suecos me pedían autógrafos, me pasaban la mano por la cara y la olían admirados de que no estuviera teñido...
Vencimos a Francia, en semifinales, y a Suecia, en la final.
En este juego, en el que pusimos en acción toda nuestra alma, hice dos goles, caí llorando al suelo, me desvanecí, reaccioné con los gritos y abrazos de mis compañeros: "Llorá, garoto, llorá. ¡Somos campeones del mundo...!", me gritaban.
Cuando el rey Gustavo de Suecia nos premió en el campo y Bellini levantó la estatuilla de oro, tan codiciada, tan deseada, sólo quería que este delicioso sueño no terminara. Todos los brasileños nos abrazábamos, llorábamos y sabíamos que la alegría en Brasil era indescriptible.
Mario Américo, el que había hecho posible que yo jugara ese mundial, invadió el campo con uno de sus famosos piques y se robó la pelota del juego. El árbitro lo corrió, pero no pudo seguirlo. No importaba. Se la había ganado.