Copa Mundial

En la mira del actor

Patentar la garra



José Nasazzi.
Capitan de Uruguay, primer campeón mundial en 1930.


Nosotros comenzamos con ventaja aquel campeonato mundial y no por el solo hecho de ser locales. Es que teníamos la Selección formada desde hacía bastante tiempo atrás.

Habíamos sido campeones olímpicos en París (1924) y en Amsterdam (1928), subcampeones en el Suramericano de Buenos Aires (1929), y salvo algunos retoques, éramos más o menos los mismos.

Yo, para ese entonces, tenía 29 años y bastante experiencia con el grupo. Era el capitán desde antes del torneo de París.

Por eso, Alberto Supicci, el entrenador designado dos meses antes del inicio de la Copa, me llamó antes de que empezaran los entrenamientos y me dijo: "Yo los voy a cuidar, pero tú tienes que decirles a los muchachos que hagan lo que saben dentro del campo y guiarlos..."

Le respondí que no se hiciera problemas, que eso era costumbre en nosotros y que todos nos jugaríamos lo que teníamos por lograr el primer título. Y que en la final le ganaríamos a Argentina. No dudábamos de que sería el rival que llegaría a esa instancia.

Estilo para entrenar

Entrenamos livianito, como se estilaba en la época. Dos o tres vueltas a la cancha al trote y después tiros al arco. Poníamos una lata o una botella sobre el travesaño y apostábamos unos pesos. El que la bajaba de más lejos se llevaba el pozo. Después, un picadillo (una mejenga) y nada más.

A los que tenían algún tirón o un dolor se los masajeaba con aceite verde, se les colocaba una muslera y se los hacía picar un poquito para saber cómo evolucionaba la lesión. En la final recuerdo que así jugó el argentino Francisco Varallo y a los 20 minutos andaba en una pierna.

El momento más triste para nosotros fue cuando separaron del plantel a Andrés Mazzalli. Había sido el arquero en París y Amsterdam, pero era muy mujeriego y una noche se escapó de la concentración para ir a encontrarse con una rubia. Lo expulsaron y no hubo defensa para él. Todos sentimos pena, pero la sanción impuesta fue irreductible y ni a mí me hicieron caso.

Juramento de triunfo

A medida que pasaron los partidos, el convencimiento de que Argentina era nuestro rival fue más firme. Y así llegamos a la final. Eramos los dos mejores equipos del mundo. Claro que ese día nos ayudó mucho la presión externa.

Durante la semana, los hinchas, sabedores de que Luis Monti era un hombre fundamental en los argentinos, lo presionaron, lo amenazaron. Monti en una final, por su fuerza, era capaz de ganarla solo.

Los dirigentes argentinos, además, le pidieron que jugara liviano. ¡Cómo se equivocaron!

Monti no pegó y jugó caballerescamente. Perdió importancia, pero no fue un cobarde como dijeron después. Cumplió órdenes. Con esa ventaja, todo fue más sencillo para nosotros que, sin embargo, perdimos el primer tiempo 2-1.

En el descanso, nos juramentamos que íbamos a salir a dar todo lo que teníamos. Y pusimos fibra, espíritu, coraje y patentamos en un campeonato del mundo eso que llaman todavía "la sangre charrúa".

Argentina se quedó un poco y pudimos ganarle. Héctor El Manco Castro jugó muy bien, lo mismo que mi compañero de zaga, Ernesto Mascheroni. Levantó una pared por su lado y le pegó a todos.

Recuerdo a Guillermo Stábile, Manuel Nolo Ferreira y Varallo llorar después del partido... También a Mario Evaristo, al que una vez tuve que tomar de la camiseta porque se me iba al gol y me tiró un codazo, que si me agarra me deja sin dientes... Y a Monti abandonar la cancha con la cabeza baja...

Fue una gran final y nosotros la ganamos porque pusimos más sangre.



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