Desde el mismo momento en que ingresó como hombre de punta de la escuadra italiana, en el Campeonato Mundial de 1990, Salvatore Totó Schillaci se reveló al mundo como un delantero lleno de electricidad y potencia, aunque no de genuina calidad o de comprobado talento.
Odiado e ignorado antes del torneo, este hombre nacido en Palermo, Sicilia, el 1º de diciembre de 1964, de clásico rostro italiano y mirada penetrante, conquistó casi todos los tantos de su país al mostrar una agresividad implacable. Fue, sin duda, la revelación y ganó con honor el título de goleo.
Una de las seis conquistas más espectaculares fue ante Uruguay, en octavos de final, cuando sacó un zurdazo bombeado, que subió y bajó como un misil, para vencer al arquero Fernando Alvez. Igualmente fantástica fue la forma en que, en semifinales, localizó el rebote en un tiro de Gianluca Vialli y perforó la portería argentina al patear en el aire, en forma incómoda.
Así salió casi de la nada, pues no era titular y su campo era ocupado por Vialli y Andrea Carnevale, y otras veces por Roberto Mancini y Aldo Serena. Se ganó la confianza del técnico Azeglio Vicini cuando anotó de cabeza a los 77 minutos en su primera acción ante Austria, solo tres minutos después de ingresar en reemplazo del nervioso Carnevale.
Además, un año antes de convertirse en héroe, su ingreso a la Juventus de Turín fue autorizado tras superar un mar de dudas y de menosprecios en torno a su traspaso por $7 millones del sur al norte de Italia, procedente del Messina y como goleador de la serie B o Segunda División.
Aunque ganó las Copas de Italia y de la UEFA (1990), la Juve lo cedió en 1992 al Inter de Milán y desde hace cinco años se instaló en el Jubilo Iwata, equipo de la liga japonesa donde fue goleador en 1996 y obtuvo el cetro el año siguiente.
No hay duda que, después de 1990, la novela del siciliano empezó a apagarse en forma paulatina. No importa. Como Salvador de la Patria, Schillaci ya está inscrito -como una leyenda viviente- en la historia de los Mundiales.