Su mentón prominente, su mirada triste y su bigotito de dandy, conforman la imagen inconfundible de Ademir de Menezes Marques, el máximo goleador del Mundial de 1950 y uno de lo mejores del futbol brasileño en los años 40.
El artillero nació en Recife, en el estado brasileño de Pernambuco, en 1924. Como juvenil se inició en el Esporte Clube de Recife. Luego, en la Primera División, fichó con Vasco da Gama y Fluminense, con los que, como interior derecho o izquierdo, marcó 396 goles en 497 partidos oficiales.
No era un jugador de gran talla física. Su apariencia era más bien de fragilidad, pero escondía una gran fuerza, un potente disparo, habilidad "diabólica" y, sobre todo, mucha fantasía para elaborar un futbol elegante, capaz de desequilibrar en cualquier momento.
Ademir fue, sobre todo, un goleador. Así lo acreditó en el Mundial 50, donde se consagró como el mejor atacante, con 9 goles. Allí fue la punta de lanza y el guía magistral de aquella tripleta del subcampeón Brasil, conformada también por Jair y Zizinho, que lo registró para siempre en la historia de los Mundiales.