Copa Mundial

¡Estirpe de campeón!

  • 1930, el año en que Uruguay dio la primera vuelta olímpica
  • Es domingo de futbol. Un 13 de julio de 1930. Hay sol, pero no hace calor en el campo Pocitos, de Montevideo. Una vieja victrola sirve como apoyo musical, para que México y Francia entonen sus himnos nacionales.

    Más allá, a unas pocas cuadras, en el Parque Central de la capital uruguaya, los equipos de Bélgica y Estados Unidos también esperan el momento de comenzar la historia.

    Ganadores. Uruguay, el primer campeón mundial de la historia, en 1930. De pie (izquierda a derecha): E. Figoli, A. Gestido, J. Nasazzi, E. Ballestero, E. Mascheroni, J. Leandro Andrade, L. Fernández y M. Grego. De cuclillas: P. Dorado, H. Scarone, H. Manco Castro, P. Cea y S. Iriarte.

    Era el nacimiento de los Campeonatos Mundiales de Futbol, bajo el impulso de un visionario insigne, el francés Jules Rimet, en ese entonces presidente de la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA) y de la Federación Francesa de Futbol, además del secretario de esta última, Henry Delaunay.

    La idea de Rimet fue lanzada sin éxito en 1904, cuando se celebró por primera vez el congreso del organismo universal del balón, en París (Francia). El proyecto fue evocado nuevamente en 1920, en el congreso de Amberes (Bélgica), y luego en 1924, en el cónclave de la capital gala.

    Sin embargo, sólo fue en 1928, durante la reunión de Amsterdam (Holanda), cuando los representantes aprobaron la iniciativa. Rimet quería algo simple. El futbol comenzaba a desarrollarse ampliamente en Europa y en Latinoamérica, y no demoraría en interesar a africanos, asiáticos y norteamericanos.

    Era conveniente, entonces, lanzar el plan de un torneo intercontinental cada cuatro años, en forma alterna con los Juegos Olímpicos, pese a las dificultades que planteaban los viajes transatlánticos en esa época.

    Este último se concretó en el congreso de Barcelona (España), en 1929. Descartadas las candidaturas de Hungría, España, Holanda, Suecia e Italia, Uruguay fue elegido como primer país organizador por los delegados del orbe, incluidos los de Costa Rica, José Antonio Astúa Lizano y Ricardo Fournier Quirós. Pero no fue concedida por obra y gracia de un capricho...

    Aparte que los charrúas celebrarían en 1930 el centenario de su independencia, los muchachos de José Nasazzi, José Leandro Andrade y Pedro Cea, habían hecho méritos deportivos suficientes, tras acaparar los títulos de los Juegos Olímpicos de 1924 en París y 1928 en Amsterdam.

    Las presentaciones de los "desconocidos uruguayos" fueron como una ráfaga de un futbol nuevo y pícaro, provisto de facetas y sutilezas, pues ejecutaban un impresionante juego corto, velocísimo e incontrolable, tan diferente de las modalidades que imperaban en la vieja Europa, sobre todo el estilo directo y de choque que habían implantado sus inventores ingleses.

    Solo cuatro europeos

    Se ignora cuál fue el periodista, autor de la famosa frase, que afirmó con una profundidad admirable: "En dos patadas, Uruguay ha entrado en la geografía", en alusión a los mencionados títulos olímpicos del 24 y 28. Casualmente, la tercera patada o corona vendría en el Mundial del 30.

    Unos pocos meses después del derrumbe bursátil de Wall Street, los años locos dieron paso a la melancolía. Sólo cuatro países europeos -Bélgica, Francia, Rumania y Yugoslavia- enviaron los telegramas de aceptación y se embarcaron en el puerto de Villefranche-sur-Mer, cerca de Niza, en el sur de Francia, abordo del barco italiano Conte Verde.

    Esa vez, el caso de los rumanos fue de novela. Varios de sus jugadores trabajaban en una compañía petrolera inglesa, cuyas autoridades les plantearon una alternativa como para no pensar: si querían viajar a Uruguay con tres meses de licencia, que era lo que duraba aquella aventura, debían renunciar a sus puestos. Por fortuna, una gestión personal del rey Carol de Rumania, solucionó el problema y los ingleses dieron el aval.

    Los seleccionados del Viejo Mundo se entrenaron durante 15 días sobre la cubierta del buque, previo a sus encuentros con los nueve países americanos. Por fin llegaron a Montevideo el 5 de julio. Con ellos arribó Rimet, que llevaba bajo su brazo la pequeña pero codiciada estatuilla de oro macizo al primer lugar, valorada en $40.000, que pagó de su bolsillo al escultor francés Albert Lafleur. Se trataba de una Diosa Alada que simbolizaba la victoria.

    Aunque el certamen comenzó el 13 de julio con los juegos Francia-México (4-1) y Estados Unidos-Bélgica (3-0), el estadio Centenario se inauguró hasta el 18 de ese mes, a un costo de $ 1.665.000 y al cumplirse medio siglo de vida independiente. Los anfitriones triunfaron 1-0 sobre Perú, con gol de Héctor Manco Castro, apodado así ya que le faltaba una mano, la derecha, que se la había cercenado con una sierra eléctrica en un accidente de trabajo.

    Los ganadores de los cuatro grupos (Argentina, Yugoslavia, Uruguay y Estados Unidos), se clasificaron para las semifinales. Sin embargo, con vistas a la primera final del mundo, avanzaron los viejos y eternos vecinos del Río de la Plata, que ya habían protagonizado la final olímpica de 1928, en Amsterdam.

    El sueño del primer título mundial fue para Uruguay, con el clásico sistema 1-2-3-5: un portero, dos defensas, tres volantes y cinco delanteros. Los expertos de entonces coincidieron en que la victoria se decidió cuando el jugador negro, José Leandro Andrade, se impuso a Luis Monti en el mediocampo. Poco después, Monti tuvo que abandonar Argentina, con rumbo a Italia, pues se le consideró el principal responsable de aquella triste derrota.

    La historia se repetía. Con el lapidario 4-2 sobre Argentina, Montevideo pareció ensancharse aquella noche de gloria por la obtención de la "triple corona": dos Olimpiadas y una Copa del Mundo. Hubo algarabía en las calles y veredas, al tiempo que se decretaba un día de fiesta nacional en todo el país.

    Horas antes, el capitán Nasazzi ya había recibido la Copa. Su tradicional garra, convicción y determinación, hicieron resurgir el festejo oriental. El Centenario vibraba y hasta temblaba al influjo local, mientras que los argentinos ya no tenían presencia y perdieron en forma inapelable. Con esta sentencia, se escribió la historia de la primera Copa Mundial.



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