Nadie, quizá, pueda saber a ciencia cierta lo que debimos soportar, para llegar a ser campeones en el Mundial de 1974. En primer lugar, las críticas. Y luego, la forma de cómo se encaró el trabajo.
Vivíamos como "presos" en la concentración, con policías y perros custodiándonos, con reglamentos que eran más para un jardín de infantes que para 22 hombres. La nota predominante era entrenar y descansar, pero con restricciones, que, realmente, no nos permitían realizar ningún tipo de celebración.
La prohibición de vida sexual era total en la concentración, por ejemplo. No estaban permitidas las mujeres... Cada uno seguía su camino por su cuenta.
Dormíamos en habitaciones con dos camas y a mí me tocó con Gerd Müller. Gran amigo, pero al cabo de un tiempo uno ya quería ver otra cara. El recurso era cambiar de pareja, para el juego de cartas o de ping pong.
Cuando lo planteamos, los dirigentes pensaron una solución y pensaron en hacer llegar a nuestras esposas y amigas a un hotel cercano. Se enteró la prensa y empezó a divertirse con nosotros.
Por aquellos días recibí muchas críticas. Algunos dijeron que yo, como capitán y hombre de confianza del técnico Helmut Schön, había dejado fuera del equipo a Gunther Netzer... Una gran mentira.
Mi opinión podía influir, pero no tenía decisión. Fue entre todos que resolvimos cambiar, porque el Mundial lo empezamos a jugar muy "a lo suramericano". Nos desprotegíamos atrás y así nos ganó Alemania Oriental. Vimos que lo que hacíamos no servía y Schön realizó los cambios pertinentes. Esa derrota fue otro incentivo para llegar a campeones.
El gran nivel que buscábamos como equipo, al combinar velocidad con fuerza, solo lo conseguimos en la final con Holanda. Sabíamos que así nadie nos podía ganar y ni siquiera nos conmovió el gol tempranero de Johan Neeskens.
Sabíamos de nuestras fuerzas y ya estábamos acostumbrados a remontar resultados. Teníamos espíritu y temple. A Holanda le pasó lo contrario. Cuando se vieron superados, perdieron la compustura de equipo que parecían tener.
Todos hablaron de Holanda, pero me gustó más Polonia. Fue más revolucionario. Sus jugadores se movían los 90 minutos, ocupando todos los sectores del campo. Nos costó mucho más ganarle a Polonia que a Holanda, porque nos tuvieron bastante apretados hasta el final.
También se habló mucho de Johan Cruyff en ese Mundial, pero en la final no pudo superar a un marcador excepcional como Berti Vögts. Si hubiéramos jugado diez partidos con Holanda, con seguridad habríamos ganado siete.
Fuimos campeones porque logramos olvidarnos de las críticas, de las tensiones que la larga concentración nos produjo y tuvimos el temple espiritual necesario para corregir los errores que teníamos en pleno torneo. El reconocer nuestros errores fue la mayor virtud del equipo.