En la mira del actor

Dios estuvo conmigo

Diego Maradona
Capitán de Argentina. Campeón mundial en 1986.


En aquellos increíbles días del Mundial México 86, Dios estuvo conmigo. No me abandonó. Como tantas otras veces, pero diferente. Fue mi gran triunfo. Más que nada porque ganamos contra todo y contra todos: los detractores, finalmente, terminaron cayendo a nuestros pies.

Eso sí: hubo quienes, aún llegando a Buenos Aires con la copa, no dieron su brazo a torcer. Pero yo también quise que ellos, los que nos mataron sin piedad, tuvieran la opción de disfrutar este título...

Me acuerdo que, apenas terminó la final ante Alemania Occidental, aquel terrible 3 a 2, me abracé con todo el mundo y me puse a contestar los insultos en el estadio Azteca, como si pudiera hacerlo uno por uno contra todos los que nos gritaban...

Yo tenía una confianza ciega, aunque en los partidos previos habíamos jugado de terror, donde nos masacraron sin entender que aún nos estábamos preparando.

Y Carlos Bilardo, nuestro técnico, terminó de afianzármela con toda la responsabilidad que me puso sobre la espalda: para mí fue muy importante que me designara como el único titular y el capitán. Son gestos que terminaron de convencerme de que sería el mejor jugador del mundo, rindiéndole al equipo, aunque jamás me lo propuse...

El Mundial lo tomé como una obligación. No lo hice para que se dijera que era una estrella. Lo hice para que Argentina fuera el campeón. Un hermoso sueño que se hizo realidad. El equipo hizo lo demás, con humildad y sacrificio, con la mirada hacia adelante.

Pensé en las Malvinas

Mi mayor satisfacción fue el segundo gol a los ingleses. Eso no se compara con nada y va más allá de cualquier copa en la que participé. Sentí que ganamos con eso algo más que un partido de futbol. Vencimos a un país. Fue nuestro aporte, a nuestra manera.

Todos declarábamos antes que el futbol no tenía nada que ver con la guerra de las Malvinas, en 1982. ¡Mentira!

En nuestra piel estaba el dolor de los que habían muerto allá, tan cerca y tan lejos. Sentimentalmente, hice culpables a cada jugador inglés de lo que había sucedido.

Y mis goles -los dos- tuvieron una trascendencia diferente: el primero, el de la "Mano de Dios", fue como meterle la mano en el bolsillo a un inglés y sacarle una plata que no era de ellos.

El segundo... tapó todo. Cuando eludí al primer rival, sentí la necesidad de seguir corriendo con el balón en los pies. Tenía la sensación de que podía dejar a todos atrás... y lo hice. Todos dicen que ese es el gol más grande en la historia de los Mundiales, y eso a mí me llena de orgullo.

También me compromete. Por eso repito una pregunta que hace poco me hizo mi hija Giannina, mirando ese y otros goles, en una película fantástica que poseo y que resume mis años de futbol: "Papi, ¿cuándo vas a volver a jugar como en los vídeos?"

Grande.Diego la "cachetea" de zurda y deja atónitos en el cierre a los belgas Veyt, De Mol y Pfaff. El primero de sus dos golazos a los Diablos Rojos, en el estadio Azteca, durante la semifinal del 86.


Vuelve a 1986