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El mundo comenzaba a reponerse de los estragos de la Segunda Guerra Mundial cuando la FIFA decidió en 1946, durante un congreso en Luxemburgo, celebrar la cuarta Copa del Mundo, un trofeo que empezó a llamarse a partir de ese momento Copa Jules Rimet en honor de su creador.
Un solo país presentó su candidatura para organizarla, Brasil, donde el balompié ya se había convertido en pasión nacional. Proclives a la exageración, las autoridades brasileñas decidieron deslumbrar construyendo el estadio más grande del mundo en un suburbio de Río de Janeiro, el Maracaná, una mole circular con capacidad para 200.000 personas.
Además, aquel Congreso sirvió para que la Federación Inglesa de Fútbol, ausente desde 1929, volviera al redil de la FIFA y se decidiera por fin a participar en una cita mundialista.
Finalmente, 13 selecciones divididas en cuatro grupos se dieron cita en la tierra de la samba. Los cuatro vencedores de su grupo disputarían después una liguilla de todos contra todos y conquistaría la justa quien obtuviera mayor puntuación.
Y llegó la primera sorpresa mayúscula. El 29 de junio, el país inventor del fútbol, Inglaterra, cayó 1-0 contra Estados Unidos. Los ingleses, deprimidos, perdieron después contra España y se marcharon con el rabo entre las piernas.
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