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En el primer partido, contra Polonia, metió tres -uno de ellos descalzo porque llovía mucho-, en un vibrante encuentro que terminó 6-5 para los auriverdes. En cuartos, fue decisivo contra los duros checos y, en semifinales, contra Italia... Leonidas no jugó porque el entrenador brasileño decidió reservarlo para la final, tan convencido estaba de la victoria.
Craso error, los italianos, que defendían su título de campeones con el mismo seleccionador, el autoritario Vittorio Pozzo, y prácticamente las mismas figuras que en 1934, también se habían mostrado imparables. Quizás todavía retumbaba en sus oídos la convincente consigna de Mussolini, "victoria o muerte".
Antes se habían deshecho de noruegos y franceses. Y, el 19 de junio, llegó el colofón: dos goles de Colaussi y otros dos de Piola doblegaron a Hungría, en París, ante 45.000 entusiasmados espectadores.
Italia era bicampeona, pero tuvo que esperar 12 años para volver a defender su título. La Segunda Guerra Mundial estaba a la vuelta de la esquina.
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