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Este verdadero trotamundos del fútbol se ganó el respeto de sus pares en todos los campos de juego por su lealtad y fuerza de voluntad. La perseverancia a toda prueba lo hizo volver en 1992 luego de la ruptura de ligamentos cruzados de una rodilla. Batallador infatigable, formó un trío de ensueño -tanto en el Inter de Milán como en la Mannschaft- con Andreas Brehme y Jurgen Klinsmann.
Con ellos, y con un cierto entrenador, Franz Beckenbauer, Lothar Matthaus subió a la tribuna de honor del estadio Olímpico de Roma, el 8 de julio de 1990, para recibir la Copa del Mundo que Alemania, recién reunificada, acaba de ganarle a la Argentina de su amigo Diego Maradona, al que había tenido que marcar en México-1986, cuando perdieron en la final 3-2.
Símbolo del dominio teutón, con tres finales consecutivas en los mundiales de 1982, 1986 y 1990, también fue el símbolo de la decadencia que se escenificó en las derrotas en final en la Eurocopa-1992 y la eliminación en cuartos de final frente a Bulgaria en el mundial EEUU-1994.
Descartado durante un tiempo de la Mannschaft, no participó en la victoria en la Eurocopa-1996. Pero fue para él una hermosa revancha regresar, a los 38 años, a la selección para jugar el Mundial 98 en Francia, al tiempo que con el Bayern de Munich volvía al primer plano europeo.
Tras una última aventura en Estados Unidos, comenzó en septiembre de 2001 a entrenar al Rapid de Viena, hasta mayo 2002, cuando fue despedido por los malos resultados del equipo.
A finales del 2002 asumió un desafío que parecía imposible: aceptó una oferta millonaria para dirigir al Partizan de Belgrado y lo llevó hasta la primera ronda de la Liga de Campeones, donde consiguió un empate con el Real Madrid de los galácticos. Pero sólo se quedó en Serbia un año. En diciembre 2003 asumió la dirección técnica de la selección nacional de Hungría para una nueva misión imposible: clasificar al mundial del 2006... en Alemania.
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