Al 10 de
la Sele nada lo sacaba de la cancha de Finca 13
Wálter
fue un niño menudito. “No se le podía
pegar, porque no había por dónde darle”,
bromea su madre.
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1990
Tenía 15 años,
vivía en Bajo Piuses de Tibás. Estudiaba en el colegio
Napoleón Quesada y solo jugaba en la selección del cole
y en partidos de canchas abiertas, a los que iba con sus hermanos.
“Te vas a hacer mejenguero”, lo reprendía su madre.
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Aquel día lluvioso, Lidiette
Corea se acercó a la cancha para ver jugar a su pequeño
Wálter con la escuela de futbol del Deportivo Saprissa.
Pero el menor de sus hijos no estaba en el terreno de juego.
Lo tenían en la banca, sin uniforme y titiritando de
frío. “¡Ah, no, vámonos de aquí!,
Saprissa no tiene que enseñarle nada”, gritó mientras
tomaba a su hijo del brazo y se lo llevaba a casa.
Y es que, con solo 10 años, el cumiche de los Centeno
ya había dejado su huella en las canchas de la zona sur.
En Finca 13, en Laurel de Corredores, la plaza estaba frente
a su casa y ninguna fuerza era capaz de sacarlo de allí. “Desde
que se levantaba, era bola para arriba y bola para abajo, hasta
había que ir a buscarlo para comer. Se acostaba todo sucio
y con la bola de almohada”, recuerda la madre.
Aunque pequeño, Wálter era todo un crack. Desde
los 6 años jugaba en el equipo que, a punta de rifas y
tamaleadas, organizaron sus padres en el pueblo.
“Era el más chiquitillo, pero el goleador y el motor
del equipo. Ahora no juega ni la mitad”, recuerda su papá don
Benigno.
El trabajo en la bananera se acabó y, en 1984, los Centeno
se mudaron a San José. Los años pasaron entre las
mejengas de barrio, los partidos en el colegio Napoleón
Quesada y la selección de Juegos Nacionales de Tibás.
Ahí lo vio Alexandre Guimaraes y lo invitó a hacer
una prueba en el mismo Saprissa de donde, ocho años antes,
lo sacó su madre bien mojado.
Anécdotas
¿Wálter?... ¿y ese quién
es?
Su padre lo
bautizó Paté
Walter tenía nueve meses cuando una bronconeumonía lo mandó al
hospital. Volvió a su casa sin apetito. Le hacían sopas, purés
y atoles, pero él no comía nada. Hasta que un día su madre
le dio una galleta soda con paté y se acabó el desgano. “¡Ah,
jodido paté!”, le dijo don Benigno, cuando se enteró , y
pasó la mano sobre la cabeza del pequeño, como un cura cuando bautiza.
Un bebé con buena
estrella
Nació listo para sonreír
Solo los dos hijos menores de doña Lidiette nacieron en
un hospital. Y cuando el cumiche vio la luz en Palmar Sur, traía
una sorpresa. “Al darle de mamar, sentí un mordisco”,
cuenta. El bebé nació con dos dientes y todos le
dijeron a la madre que ese par de macanitas eran un signo de
buena fortuna.
Rojo y negro
Paté era manudísimo
De niño, Paté y sus hermanos eran liguistas como
su padre. Don Benigno les compraba bolas y uniformes rojinegros,
que Wálter no se quitaba nunca. Pero algo pasó cuando
la familia se mudó a Tibás... y al menor de los
Centeno, los gustos se le fueron tiñendo de morado y blanco.