Nano
Como agricultor
supo trabajar duro y no dejarse vencer
Michael Umaña
cuando tenía un año. Desde pequeño,
aprendió con su padre a trabajar en el campo.
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1990
Tenía 8 años y vio
los partidos de la Sele en la pantalla gigante del instituto donde trabajaba
su mamá. Brincó con el gol de su ídolo, Juan Cayasso.
Qué iba a saber que un día sería su compañero
en Carmelita, cuando El Nene ya iba de salida.
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En la familia Umaña, ser
defensa es algo natural. Cuando Rodolfo Umaña se fajaba
contra los delanteros en las canchas de Santa Ana, siempre llevaba
a su hijo Michael como la mascota del equipo. Defensa también
fue su otro hijo, Erick; por eso no extrañó que
a los 4 años, al menor de la familia le compraran tacos
y una bola de lona para que jugara en la cancha del barrio La
Mina.
Antes de ingresar a la escuela, ya jugaba en la categoría
mosquito del pueblo. Y de lunes a viernes, siempre estaba pateando
la bola con sus compañeros.
“Mejengueábamos desde las 11 a.m. hasta que se apagara
el sol, y después nos pasábamos para la calle. Ahí me
iban a buscar como a las 9 p.m.”, confiesa. Por esos días,
su hermano le compró un uniforme rojinegro que no se lo
quitó hasta que el “21” de la espalda se destiñó por
completo.
Su padre era administrador en la hacienda Inversiones Amandú,
y Nano le ayudaba desde pequeño como peón. Muchos
días se levantó a la 1 a.m. para vender verduras
en las ferias del agricultor. De hecho, al salir de la escuela
comenzó a trabajar en la hacienda. Fue para esa época
que, jugando un campeonato de liga menor, lo vieron del Carmelita
y se lo llevaron al mosco del cuadro de la barriada. Cuatro años
combinó el trabajo en la finca con los viajes en bus o bicicleta
hasta Alajuela. Y si bien el debut en Primera le llegó antes
que la cédula, hubo un tiempo en que ganaba más como
agricultor que corriendo tras el balón.
Anécdotas
¿Un Umaña en la puerta? ¡Qué va!
Es mejor lejos del arco
Cuando tenía 7 años, tomó la bicicleta y se
fue para Santa Ana. Llegó al ratito con unos guantes de
portero. Todos creyeron que olvidaba la tradición familiar
de zagueros y quedaría bajo los tres tubos, pero nada que
ver. Los guantes eran para un primo, así Michael no tendría
que ocupar el puesto que odiaba y podría darse gusto haciendo
tiritos.
¿Será que
la pelota se puso celosa?
El parabrisas hecho añicos
Solo una vez aceptó cambiar la bola –su juguete favorito– por
un imán, y por estar haciendo maromas con él, lo
dejó caer sobre el parabrisas del carro familiar. Solito,
fue hasta la finca donde trabajaba su padre para acusarse de haberlo
quebrado. No lo castigaron, pero tuvo que trabajar muchos meses
para pagar los ¢30.000 de la torta.
¿San José?
Ni loco
La promesa de doña Amparo
Michael odiaba viajar a San José. El miedo a la ciudad le
ganaba la partida y el pequeño campesino no pasaba de la
parada de Santa Ana, en el mercado de la Coca-Cola.
Lo único que lo convencía era la promesa de que doña
Amparo le compraría un pedazo de tamal de maicena.