Tulo
Este pulseador
chiquillo hizo de su insistencia el motor de sus sueños
El
chiquilín de Leo, posando para la típica
foto del primer año. Sus padres atesoran con cariño
ese lindo recuerdo de Tulo.
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1990
Con su bola bajo el brazo, Leonardo
Gónzalez vivió el mundial de Italia 90 con gran entusiasmo.
Los goces de aquel verano italiano, marcarían por completo su
vida, cuyo destino era vivir en carne propia la aventura mundialista.
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Este Leo sí que la “pulseó”:
la escuela de futbol de Plaza Víquez, la John Lee, el
Colima de Tibás y el proyecto San José de La Liga,
fueron algunos de sus equipos infantiles antes de llegar al Herediano
y consolidarse como jugador.
Calificado por su padre José,
como un niño fogoso que no se despegaba nunca de la pelota,
pasó su niñez en el barrio Los Ángeles de
San José. Era el distractor número uno de sus compañeros
en la escuela Mauro Fernández. Pero su madre, Ana Cecilia,
quien consideraba al futbol como pérdida de tiempo, terminó seducida
por el deporte que su niño tomó como una profesión.
Tulo supo combinar el deporte con el estudio y mantuvo siempre
buenas notas, requisito impuesto por sus padres.
Siempre le dijeron
que estudiar era primero y trataron de que esta fuera la prioridad
de todos sus hijos.
Su papá, principal apoyo infantil de Leo, se emociona al
hablar de aquel chiquito inquieto a quien dio vida y vio crecer
con la ilusión de que algún día estuviera
en un mundial de futbol.
Anécdotas
Las bolas de papel y la fiebre
futbolera
¿Quitarle el futbol a Leo?
Siempre fue bien portado, pero en la escuela desesperaba por su costumbre de
andar con bolas de papel distrayendo a sus compañeros. Constantes fueron
las llamadas de la orientadora a sus padres por tal situación, y muchas
veces ellos pensaron en quitarle el futbol. Ahora se alegran con todo el corazón,
de no haberlo hecho nunca.
Por un complejo, se lo
perdió La
Liga
Le faltaba crecer un poco
“Leonardo siempre soñó jugar con la Liga”, dice su
papá.
Cuando estaba en las ligas menores de Alajuelense, lo ascendieron del mosco al
infantil, pero Leo, quien no se había dado el estirón, se acomplejó al
ver a sus compañeros tan altos y prefirió buscar su sueño
en otros lares.
El apodo de 'Tulo'
La “c”, por la traicionera “t”
El pobre de Leo no podía, por más que intentara, pronunciar la
letra “c”. “Tenía un problema en el paladar y la lengua
que no lo dejaba hablar bien”, cuenta su padre. El caso es que Leo, cuando
inocentemente se refería a su “trasero” o al de otra persona,
decía algo así como: “Oiga, se le ensució el tulo”.