Kamakiri
El futbol,
el boxeo y el beisbol, no le dejaban espacio para travesuras
Durante su infancia,
Kurt también practicó beisbol. “Era
un pitcher de ponche seguro”, dice su padre, Ismael.
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1990
Tenía 13 años y veía
los partidos en su casa. No se perdió un solo juego de la Selección.
Sentado frente al televisor, miraba jugar a su ídolo de entonces,
Juan Arnoldo Cayasso y, por supuesto, festejó como nadie el gol
de su coterráneo ante Escocia.
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“¿Dónde
está Kurt?” Esa era la pregunta rrecurente de la
familia Bernard. Y larespuesta era siempre la misma: “jugando
bola, ¿dónde más?”.
Entonces empezaba la búsqueda de Kurt, que casi siempre
terminaba en el mismo lugar: la playa de Cieneguita, en medio de
la chiquillada futbolera. Solo rompía su rutina diaria cuando
acompañaba a su padre, Ismael Bernard, al beneficio de cacao
donde este laboraba.
Pero no solo el futbol le robaba el sueño. Fue un pitcher
zurdo de ponche seguro en el beisbol, y repartió golpes
en las peleas de boxeo organizadas en el barrio.
Entre tan variadas actividades infantiles, “no había
mucho tiempo para travesuras”, explica Kurt. Pero Kamakiri
tenía un objetivo entre manos: llegar a Primera División
y, por qué no, jugar un mundial de futbol.
“É
l decía que lo lograría algún día,
hasta que se le hizo”, afirma don Ismael. En medio de sus
constantes idas al estadio Juan Gobán para ver al equipo
de sus amores, Limonense, su corazón palpitaba al ritmo
del balón. Las escuelas del barrio fueron el eslabón
que lo conectó con el equipo de los Juegos Nacionales de
Limón, para luego ser convocado a la Asociación Deportiva
Limonense, donde comenzó su fructífera carrera.
Hoy el niño Kurt, convertido en goleador nacional, tiene
otra ilusión: anotar las veces que se pueda en las porterías
rivales en Alemania, y celebrar con la misma alegría que
lo hacía en la playa de su querida Cieneguita.
Anécdotas
Escapaditas futboleras
La tarea podía esperar
¡Ah, bandido Kurt!, llegaba a su casa después de la
escuela, tiraba los cuadernos
y se iba corriendo a la playa para comenzar la mejenga de la tarde. ¿Y
si en la escuela le dejaban tarea? “Tan fácil como
arrancar la hoja, y nadie supo nada”, confiesa entre risas.
En definitiva, Kamakiridejó en Limón su ombligo y
también su inocencia.
Lo bueno de ser el dueño
del balón
El que lo tiene manda
Entre la chiquillada de Cieneguita, nunca faltaba una bola de futbol.
En las mejengas, era todo un símbolo de autoridad. Si Kurt
prestaba la suya, él decía quién jugaba y
quién no, y si molestaban mucho, pues agarraba la pecosa,
se la ponía debajo del brazo y “adiós mis flores”.
Kurt y Chope
De Cieneguita a Alemania
Kurt aprovechaba la llegada de los Wanchope para ir a mejenguear.
Todas las vacaciones, Javier, Carlos y Paulo visitaban a su abuela
en Cieneguita y se unían a las mejengas del barrio. Años
después, el destino los juntaría a él y a
Paulo en la Sele que jugará en Alemania.
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