Chico
Un niño
tímido y callado se convirtió en estandarte del batallón tricolor
En 1989 José Francisco
viajó a Arabia Saudita como seleccionado juvenil.
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1990
Vio el Mundial con su novia y sus
amigos. Conocía a varios de los jugadores de esa época
mundialista. De hecho, Germán Chavarría, a parte de ser
su amigo y compañero en Heredia, se convirtió con los años
en el padrino de su hija Sofía.
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“Usted no se enoje Chico,
el que tiene las orejas grandes es que va a tener mucha plata”,
le decía don Francisco Porras a su nieto, cuando llegaba
molesto porque sus compañeros le decían Panasonic.
Hoy, a José Francisco Porras no le sobra el dinero, pero
sí posee otros tesoros que hicieron de él un estandarte
y referente de la Selección Nacional. Dio sus primeros
trotes mejengueros en la plaza Pinos de Grecia. En medio de aguaceros
y charcos, doña Edith Hidalgo, su mamá, recuerda
verlo jugar y, sobre todo, verlo llegar a la casa “mojadito
y embarrialado”.
A Chico, la fiebre futbolera le empezó en la escuela Eulogia
Ruiz y, contrario a lo que muchos pensarían, no comenzó como
portero. Eso llegó después por una sencilla razón: “es
que a Chico lo pusieron a jugar de todo, pero no servía
para nada (risas), hasta que lo pusieron de portero y ahí sí,
algo se la jugó”, recuerda su mamá.
Con los guantes que su abuelo le compró y los tacos que
le regaló su papá, Naín Porras, un Porritas
callado, tímido y muy aplicado en sus estudios, se forjó un
futuro en el ambiente futbolístico. Empezó en las
ligas menores del Herediano y nunca olvidará el Mundial
Juvenil de Arabia Saudita: siendo todavía un jovencito inexper-to,
integró la segunda generación mundialista del país.
Diecisiete años después, volverá a la vitrina
mundial a defender el arco nacional con la misma ilusión
de su niñez, que por momentos deja ver en el espejo de su
humilde mirada.
Anécdotas
¡Ole, ole torito! ¡Qué feliz
se ponía!
La fiesta brava de Chico
A los siete años, Chico se escapaba con sus tíos
a la zona de San Juan de Grecia. Le encantaba visitar el lugar
porque había terneros. “Lo subíamos a los terneros
para que montara y también lo poníamos a torear.
Y vieras, más de una vez lo agarró y lo botó el
ternero; era un vacilón, pero a él le gustaba todo
eso”, cuenta su tío, Zenén Gónzalez.
Con vocación para la ebanistería
Su primer “trabajo” en
casa
Cuando tenía cuatro años, Chico tomó un clavo
de cinco pulgadas y puso manos a la obra. Con paciencia, le hizo
una serie de huecos a los sillones nuevecitos de la casa. “Me
puse a llorar; los dejó valiendo nada... los muebles nuevos”,
cuenta su madre.
El que persevera...
Chico tras un sueño
“A veces llegaba a la casa llorando porque no lo ponían a
jugar. Le decíamos que tuviera fe, que se preparara fuerte,
y recuperaba el ánimo”, recuerda su tío Zenén.
Varios años en la banca del Saprissa fueron una escuela
para Porras.
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