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AGOSTO
28
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Como David y Goliat

Por Andrés Martínez

Salió de entre las filas moradas un guerrero llamado Hernán. Toda su armadura y sus armas eran de oro: su gorra que llevaba en la cabeza, la capa con la que iba revestido y la lanza, que cargaba en su espalda, mata “pequeños”.

Se detuvo frente a las líneas carmelas y gritó, habló, protestó e insultó: Yo soy más carmelo; usted, en cambio, es solo un entrenador. Escojan, pues, un hombre que pueda pelear conmigo. Si es más fuerte que yo y me gana, nosotros seremos sus esclavos, pero si mis muchachos son los más fuertes, ustedes serán nuestros esclavos.

Y Juan Carlos dijo: ¡No hay por qué temerle a ése! Yo iré a pelear con mis pupilos contra ese morado. Alguien dijo: “No puedes pelear contra él, pues tu eres de un equipo pequeño y él está adiestrado para aniquilar a los chicos desde muy joven.

Juan Carlos respondió: Cuando estaba en el rebaño en Santa Bárbara y venía un cartago o herediano para llevarse las victorias, yo los perseguía y se la arrancaba. Yo he matado leones;  lo mismo haré con ese morado que ha insultado a mi ejercito verde.

A Tibás llegaron, con su propio equipo de combate, casco y coraza verde y roja y cuatro piedras del río. Se armó y caminó frente al ejercito morado. Los morados, al ver al humilde ejército, se rieron y humillaron de palabra al rival.

Los carmelos dijeron: Tu vienes a mí con el título de  campeonato nacional, tercer puesto en el mundial de clubes y más, mientras que nosotros venimos en el nombre del Carmen. Hoy venimos ofensivos, no ha defendernos y te derribaré.

Como los morados venían al encuentro y se acercaban, Juan Carlos rápidamente metió su mano en la bolsa y sacó la primera piedra. Se la entregó a Gustavo, el disparó e hirió al rival. Cuando vio lo bueno que fue el tiró, Juan Carlos sacó su segunda piedra y nuevamente se la dio a Gustavo, que la hundió nuevamente en el ejército morado.

Poco a poco, Hernán y sus muchachos empezaron a tambalear, y su grandeza y ego se venían abajo. Para hacerlo caer más,  Juan Carlos, de su bolsillo tomó la tercera piedra, esta vez se la dio a Kenny. El joven guerrero conectó un tercer golpe al monstruo, que cada vez se hacía más pequeño.

El gigante se enredó él mismo. No conocía humillación tal, pues su “inmensidad” no se lo permitía. La cuarta piedra no fue un golpe directo, pero el monstruo estaba tan débil que apenas lo rozó, el mismo se golpeó. Con esto, el gigante cayó y el pequeño quedó en pie.

 

 

 

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