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James Watson y Francis CrickTras el secreto de la vida
Estaban convencidos de que al descifrar la estructura tridimensional de la molécula que contiene el material genético o ADN (ácido desoxirribonucleico) también podrían conocer el mecanismo mediante el cual se transmite la información genética, y con esa certeza empezaron a trabajar. La tarea duró dos años. Con la ayuda de los experimentos de Maurice Wilkins y las radiografías defractadas de la molécula del ADN hechas por Rosalind Franklin, determinaron en 1953 que el ácido desoxirribonucleico tiene una estructura de doble hélice y que forma una escalera espiral compuesta por pequeños grupos de un fosfato, un azúcar y alguno de los cuatro compuestos nitrogenados o bases: adenina (A), citosina (C), guanina (G) y timina (T). Hallaron además que, para multiplicarse, la doble hélice se separa en dos hélices simples y automáticamente se genera una especie de plantilla de la otra hélice. Watson y Crick, junto con Maurice Wilkins, recibieron por su descubrimiento el Premio Nobel de Medicina en 1962. La química Franklin --cuyo trabajo experimental fue clave-- había muerto de cáncer tres años antes del reconocimiento, y el Nobel no se otorga en forma póstuma. Sendas separadasDiferencias personales hicieron que el dúo de científicos se separara en 1955. Watson siguió su rumbo en la Universidad de Harvard, donde desarrolló investigaciones acerca de ARN (ácido ribonucleico) y la síntesis de proteínas. En 1968 asumió la dirección del laboratorio de Cold Spring Harbor, en Nueva York, y desde 1989 fue nombrado cabeza del Centro Nacional para la Investigación del Genoma Humano, cuyo objetivo es "mapear" la estructura de todos los genes del cuerpo humano. Por su parte, Crick continuó en los laboratorios de Cambridge a cargo de nuevas investigaciones sobre ADN y ARN. En 1976 fue contratado como profesor en el Instituto Salk de Estudios Biológicos en San Diego, California. Desde entonces y hasta la fecha, este biofísico se ha dedicado a estudiar el cerebro humano. Watson está considerado un genio científico con laxos escrúpulos éticos. Crick, en cambio, ha admitido públicamente que lo deleita escrutar la naturaleza, pero que le asusta cruzar la sutil línea que divide la intervención permisible de la inconveniente. |
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