Edición 52 La
genealogía hispanoamericana A los antepasados de quienes se dice
que solo nacieron, Al inicio del nuevo milenio se realizó
en Costa Rica el Primer Congreso de Genealogía de nuestro país y La propuesta de lo que pienso debe ser
la genealogía hispanoamericana hoy es el resultado de muchos años de reflexión,
décadas de investigación en los archivos de Centroamérica y del D.F. en México
y la lectura de decenas de trabajos genealógicos e históricos, principalmente.
Y qué mejor momento para compartirla en este mes que celebramos el Día de las
Culturas... Por supuesto, la forma en que concibo
la genealogía también tiene que ver con mis propios orígenes: diversos racial,
social y económicamente, con un fuerte componente de antepasados criollos(1),
campesinos, obreros y “orilleros”(2). Orígenes gracias a los cuales nunca me
he sentido supeditado a las concepciones tradicionales de la genealogía ni a
ver a las demás personas según esos criterios... Orígenes que me hicieron
voltear la mirada hacia aquellos grupos olvidados y relegados por la mayoría de
los genealogistas costarricenses (salvo monseñor Víctor Manuel Sanabria –ya
escribiré sobre él en otra oportunidad–, quien a mediados del siglo XX realizó
el primer trabajo genealógico que incluyó las tres raíces básicas de la mayoría
de los iberoamericanos: indios, blancos y negros). Asimismo, la formación universitaria y
mi relación con diversas disciplinas por razones de estudio y trabajo
(filología, lingüística, sociología, antropología, periodismo, historia y
biología) han incidido profundamente en mi visión interdisciplinaria. En aquella oportunidad, noviembre del
2000, la única vez que he asistido a un congreso genealógico en tierras
americanas(3), no tenía grandes expectativas en cuanto a los trabajos
que serían expuestos pero sí gran curiosidad de conocer el gremio de
genealogistas del resto del continente. No obstante, algunos de los trabajos
resultaron para mí muy interesantes y fueron elaborados con criterios muy
serios aunque otros también dejaban mucho que desear (hasta hubo una
conferencia que más pareció discurso cantinflesco que ponencia académica...). Muchos fueron publicados en
Por otra parte, gocé mucho con la
pomposidad con que algunos se presentaban o eran presentados: “Don Mauricio,
tengo el gusto de presentarle al muy ilustre conde de la floritura y el adorno,
doctor don Fulano Perencejo de Tal y de Tal, quien reside en la muy noble
ciudad de...”, etc., etc., como si estuviéramos en alguna actividad
protocolaria del Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto. Incluso, vi a
alguno que otro paisano con la intención de hacer genuflexión ante el conde y
su séquito... Pero bueno, la verdad, esos detalles le
pusieron la sal y la pimienta a la actividad, que, gracias al trabajo de los
organizadores, fue muy concurrida, un éxito en ese sentido. Demagogo.... Para mí, lo más impactante ocurrió
cuando presenté mi ponencia, que como su título lo sugería se trataba de una
propuesta de lo que debería ser la genealogía en Hispanoamérica(4)...
no en España... No obstante, luego de la presentación,
varios participantes, casi todos españoles, me cayeron encima con epítetos
reaccionarios como “demagogo” y “comunista”. Quedé atónito y reaccioné
sorprendido ante los ataques virulentos de quienes defendían a ultranza el
componente español e hidalgo de los hispanoamericanos, que –según su entender–
trataba yo de mancillar, negar u opacar... Nunca entenderé qué parte de mi
ponencia no entendieron, pero la verdad fue divertido y la experiencia
enriquecedora en lo humano... Entre otras cosas, –en mi defensa– fui
enfático acerca de a quién iba dirigida mi propuesta y que me traía sin cuidado
cómo hacían genealogía en España (donde, además, me consta que la rigurosidad
en el tratamiento de las fuentes está mucho más extendida que en las Indias
Occidentales...). Asimismo, algunos nacionales terciaron
sobre diferentes temas que había tratado en mi ponencia, como si ellos en sus
propios trabajos aplicaran la rigurosidad que aseguraban defender. Bueno,
resulta que ahora todos en Costa Rica hacen genealogía de la manera más
científica... como si las decenas de artículos (y algunos libros también)
plagados de errores y filiaciones inexistentes publicados durante más de 50
años no fueran evidencia suficiente... como si los artículos que todavía
publican algunos sin respaldo documental tampoco bastaran... pero eso podría
ser tema de otra columna. Por cierto, después del cierre de mi
participación –cuando los ánimos quedaron caldeados– y ya fuera del auditorio,
Jaime Salazar y Acha, abogado y genealogista español, quien había comprendido
plenamente mi propuesta, intercedió y aplacó los ánimos de sus coterráneos, a
quienes precisamente insistió en que el mensaje no era para ellos... De todas
maneras, pensé para mis adentros: “Al que le cae el guante...” Luego terminé conversando amenamente
con algunos de los españoles que me habían atacado... En
realidad, el gremio
genealógico es variopinto, como es la humanidad misma... No podía ser de otra
forma. Para nuestro consuelo, al menos en Costa Rica, cada vez más personas se
están interesando por estudiar a los antepasados de quienes se dice que solo
nacieron, crecieron, se reprodujeron y murieron (a esos ancestros a los que
dediqué la ponencia). Pues bien, ahora los dejo con la
propuesta y que la juzgue el lector mismo. En esta oportunidad, deseamos
conocer qué piensan los lectores de Raíces (no importa si son genealogistas,
genealogistas amateurs, aficionados o
interesados por otras razones sobre este tema). Quizá para una próxima edición
podamos incluir una sección con sus opiniones acerca de la genealogía en estos
tiempos y su importancia dentro de la cultura. (Pueden enviar sus comentarios a
raicesnacion@yahoo.com). Ahora bien, como toda disciplina o
actividad que se puede realizar científicamente, siempre encontraremos personas
que no tienen interés de profundizar ni hacer trabajos propiamente científicos
(aficionados o interesados en el tema)... Aclaro que a ellos no va dirigido este
texto... Ni pretendo que toda persona que haga genealogía siga los criterios
que propongo (aunque me conformaría con que en toda investigación genealógica
se cite expresamente de dónde se ha tomado la información). No obstante, entre
ellos he conocido personas mucho más serias y científicas en el tratamiento de
las fuentes genealógicas (documentales y orales) que otros que se presentan o
pretenden presentarse como genealogistas serios.
Genealogía
y globalización: la ponencia A continuación, la ponencia (con
cambios mínimos): En momentos en que la globalización se
impone como sistema económico mundial que afecta el comportamiento general de
las sociedades hispanoamericanas, la investigación histórico–genealógica de las
naciones o grupos sociales que las integran se debe convertir en una prioridad
en los estudios académicos del más alto nivel. Con estas investigaciones se intentará
contrarrestar la gran presión mundial a homogeneizar el género humano y la
tendencia a eliminar las particularidades que caracterizan cada pueblo, que
pretenden convertir el planeta en un gran y único mercado de bienes y servicios(5). De esta manera, se preservará la
memoria histórica de los diferentes fenómenos sociales y se promoverá el
conocimiento de las características singulares y diferenciadoras de cada pueblo
hispanoamericano en el contexto de ese mundo globalizado que se empieza a
perfilar, aunque no de la misma forma ni con la misma intensidad, para las
distintas regiones del planeta. Estos procesos de investigación deberán
posibilitar, además, el conocimiento de las identidades culturales presentes en
cada país con el fin de promover la aceptación y la tolerancia entre los
distintos grupos humanos que los conforman. Entonces, resulta fundamental el
rescate de las historias nunca antes contadas, aquellas que muchos
historiadores y genealogistas han preferido callar para alimentar los mitos que
sustentan aquellos nacionalismos chovinistas en nuestros países. Asimismo, deberán permitir a nuestras
comunidades nacionales el conocimiento del origen de una parte fundamental de
su identidad, aquella que se relaciona precisamente con la sangre que porta y
difunde, con el apellido que tiene un significado y una evolución
histórico–lingüística particular en cada entorno, que le da un arraigo y una
identidad familiar distintiva. La
genealogía hispanoamericana Tradicionalmente, la genealogía en
Hispanoamérica ha presentado un sesgo eurocentrista que se refleja en la gran
mayoría de los estudios histórico–genealógicos y no es hasta en los últimos
años en que aparecen nuevos enfoques que intentan dar novedosas y
desprejuiciadas explicaciones al desarrollo de los pueblos latinoamericanos. La gran mayoría de los genealogistas
tradicionales (6), en su afán de ligarse a lo que
todavía algunos llaman “madre patria” (España) (7), han olvidado nuestra otredad, el
indio y el negro, puestos en la parte inferior de la pirámide social durante la
colonia y aun en periodos posteriores. Estos mismos genealogistas son los que
han relegado el estudio serio y profundo del mestizaje que se dio (y se sigue
dando –solo que ahora con más participantes y con otras características–) en
Nuestra América porque pretenden ver al continente como una simple extensión o
apéndice de España y sus instituciones (8) o porque se prefiere creer en un
origen más “democrático”, particularmente en las naciones cuyos miembros
muestran hoy un fenotipo caucasoide bastante homogéneo (Chile, Argentina o
Costa Rica, son claros ejemplos de ello). Y cuando hablo de mestizaje me refiero
a algo más que al mero proceso biológico de mezcla entre españoles, indios y
negros, aludo además al mestizaje cultural en nuestro continente, porque ¿dónde
no se mezclaron españoles e indios, o africanos y españoles, o los tres? E
incluso aquellos que aseguran no tener mezclas de sangre, ¿pueden afirmar no
tener una cultura mestiza? Porque el fenómeno del mestizaje
traspasa el asunto de la sangre, de los genes, y llega a todas las esferas de
la actividad humana.
Porque, si somos “españoles” –como
algunos piensan–, por qué en España ven a los americanos (y no hablo de los
estadounidenses) como extraños, foráneos a quienes hasta llaman despectivamente
“sudacas”... Sobre el mestizaje, Leopoldo Zea
(1978:9) afirma: “Nada querrán saber, los portadores de la cultura occidental,
de mestizajes, de la asimilación de unos hombres y sus culturas con otros. El
mestizaje es solo combinación de lo superior con lo inferior, y por ello mismo,
inferior. Mestizar es reducir, contaminar. Por ello, culturas supuestamente
inferiores, como las que esta colonización encuentra en Norteamérica, serán
simplemente barridas y sus hombres exterminados o acorralados. Y lo que no
puede ser barrido, por su volumen y densidad, como en Sin embargo, pese a las prácticas
sociales racistas (y no me refiero a la legislación española) durante toda la
colonia y periodos posteriores, los hispanoamericanos encontramos nuestras
raíces en tres troncos básicos: el indio, el español y el negro. Paradójicamente, llevamos la sangre del
conquistador y del “conquistado”, del amo y del esclavo, muy a pesar de quienes
todavía alardean de pálidos blasones de hidalguía “sin más mérito (…) que el de
ser descendientes de esas personas por el hecho natural de la procreación”
–como dice Báez Meneses (1969: 603), aunque en otro contexto–. Y es que, como asegura este mismo autor
(1969: 604), “con base a documentos de insospechable veracidad histórica y con
la ayuda de rigurosa lógica matemática en arreglo al crecido número de
antepasados que cada quien tiene de acuerdo con las leyes de la reproducción,
es fácil concluir que al cabo de determinado número de siglos cada individuo
tiene por ascendientes a todas las personas que para ese entonces constituían
la nación de que se trate: gobernantes y gobernados, nobles y plebeyos, hombre
libres y esclavos”. Por otra parte, cuando los
genealogistas tradicionales han tomado en cuenta las raíces indias de los
hispanoamericanos, hablan de príncipes y princesas, de reyes y reinas o de, por
lo menos, caciques y cacicas. Fabricaron “princesas” indias a la medida de
alguna rama vacía de su árbol genealógico(9), hijas de “reyes” con las que
pretendían “equilibrar” la desigualdad entre vencedores y vencidos, pues ya que
descendientes mestizos del “encuentro de dos mundos” –en realidad de tres–, por
lo menos podrían aparecer como progenie de “la crema y nata” de los vencidos… Asimismo, idealizan las relaciones del
conquistador y la india (o la negra esclava), ante quien –según estos
idealistas– cayó rendidamente enamorado el hispano. En realidad, durante la
conquista (que fue una guerra, en la que estaban en desventaja tecnológica los
indios) el embarazar a la mujer del enemigo fue un recurso de dominación –como
todavía lo es, recuérdese el caso de Bosnia–. En este punto tampoco podemos soslayar
el origen elitista de la genealogía –de ahí quizá el desprestigio, las miradas
recelosas que genera hacia quienes nos dedicamos hoy a esta disciplina y el
prejuicio antigenealógico de que habla Sánchez Saus (1992:78…)–. Se crearon –y
no hace mucho se creaban– fabulosas genealogías sin sólidas bases documentales
fundamentadas en leyendas y mitos de origen, algunas veces con el único fin de
congraciarse con los grupos que detentaban el poder y en otras oportunidades
para “suavizar” una realidad que podría resultar demasiado dura para algunos de
sus descendientes. De ahí que cualquier genealogía que
omita las fuentes de las que se ha tomado la información que presenta, se
convierte en una referencia dudosa que debe someterse a la prueba documental.
Por supuesto, sin entrar en una discusión acerca de la veracidad de las
fuentes, que, obviamente, las más de las veces no las podremos confrontar con
otras pruebas ni comprobar la “verdad” que encierran. Sobra decir que en cualquier trabajo
que se pretenda presentar como serio –sobre todo a nivel académico– la consulta
de las fuentes primarias y, en su defecto, secundarias, no es opcional, es
requisito obligado. Ahora bien, no es que no podamos
descender de los grupos que ocuparon estatus altos en las sociedades
prehispánicas, de hecho hay muchos casos seriamente documentados, pero me
interesa destacar que tras de esas construcciones, algunas veces ficticias, se
refleja la ideología de los genealogistas tradicionales. Además, el origen elitista de la
genealogía se reforzaba precisamente porque muchos de los protogenealogistas
hispanoamericanos procedían de una élite social y económica que pretendía,
mediante sus estudios, confirmar su extracción oligárquica respecto de otros
grupos sociales, que muchas veces se relacionaban con poblaciones indias,
afroamericanas o mestizas en general. Otra de las debilidades de la
genealogía tradicional –que la historiadora Jane Franco ya señaló para la
historia de la literatura hispanoamericana– es el gusto por los héroes
(llámense estos próceres, padres o beneméritos de la patria, personajes relevantes,
hitos históricos, pilares de la sociedad, santos, etc.). No podemos dejar de lado la atracción
“natural” de la cultura occidental por el poder y el poderoso y la tendencia a
idealizar aquellos personajes que desempeñaron un papel sobresaliente en el
desarrollo de un pueblo. Hay una actitud sacralizadora, “deshumanizadora” y, si
se quiere, deificadora hacia estas personas, despojándolas de todos los
“defectos” que atentan contra la imagen idealizada que se quiere transmitir de
ellos. El ejemplo más visible de esta atracción
por el poder y el poderoso lo vemos en la exaltación que muchos de estos
genealogistas tradicionales realizan del conquistador –que aniquiló y sometió
pueblos “salvajes” –, del encomendero –que tenía a su servicio pueblos de
indios completos, que algunas veces al cabo de 30 años diezmó–, del amo hispano
–que compraba esclavos africanos para que hicieran los trabajos más pesados– y,
en general, del hombre español –que en la manifestación más primitiva del
patriarcado acumulaba hembras: indias, negras y blancas, regando su semilla por
doquier–. Asimismo, la atracción de la que hablo
se manifiesta en el gusto de muchos –no solo genealogistas– por las historias
de las familias reales –principalmente europeas–, de los héroes, de los
conquistadores, de los “descubridores”, etc. Estas concepciones de la genealogía,
vigentes en nuestros días, se reflejan claramente en un pensamiento que me
externó, en un mensaje electrónico no hace mucho, un miembro de Esa forma de pensar, según la cual el
objeto de la genealogía (y la historia) debe ser la búsqueda de personajes
“relevantes”, luce, a las puertas del nuevo milenio, totalmente desfasada pues
hoy la historia social requiere de intentos serios para clarificar todos los
espacios oscuros y poco estudiados de estas personas que ayudaron a la producción,
que trabajaron, que transmitieron valores a su prole, que contribuyeron a
levantar ciudades, que cultivaron la tierra, que amaron y odiaron y que han
resultado fundamentales para el desarrollo de los conglomerados sociales en su
conjunto y de cada una de nuestras familias en particular; estas personas,
entonces, no solo nacieron, crecieron, se reprodujeron y murieron… Como afirma el argentino Binayán
Carmona (1999: 8): “la historia de una clase, aunque sea la de mayor
protagonismo histórico, no es una historia genealógica nacional”. No quiero acabar este apartado sin
citar también el uso irresponsable que algunos investigadores sociales hacen de
la genealogía, en dos vías principalmente, por una parte, el empleo de
genealogías que carecen de la seriedad suficiente para ser utilizadas como
fuentes fiables en trabajos académicos y el irrespeto a la autoría de obras
genealógicas serias y bien fundamentadas. Por citar solo dos ejemplos
recientes, tenemos el caso de Marta Casaus Arzú y su libro Guatemala: linaje y racismo (1992, Flacso) –sobre el cual el
genealogista guatemalteco Ramiro Ordóñez realizó una profunda y apabullante
crítica en ambos sentidos– y el de Carlos M. Vilas y su artículo “Redes de
familia, democracia y modernización política en Centroamérica (1996, Revista de Historia del Instituto de
Historia Nicaragua y Centroamérica) –del cual preparo una crítica en lo que
corresponde a los pobres y equivocados datos genealógicos que brinda debido a
las fuentes secundarias que consultó(10)–.
El
patriarcado Así, el sistema hispano de transmisión
del apellido es patrilineal –se lleva el apellido paterno en primer lugar–;
asimismo, en la genealogía tradicional se consideran fundadores solamente a los
varones, y las mujeres se toman como líneas secundarias o colaterales, incluso
aquellas que –madres solteras– representan nuevas ramas de un apellido
particular –generalmente, en las genealogías descendentes, estas mujeres son
desarrolladas por aparte de los varones que difunden el apellido–. La conquista y acumulación de mujeres representa
otro de los elementos claros del patriarcado –ya mencionado líneas arriba–,
pues el hombre es más hombre cuantas más mujeres “haya disfrutado” y cuantos
más hijos haya procreado; en cambio, la mujer que haya mantenido relaciones
sexuales con más de un hombre, fuera de la ortodoxia del matrimonio, es
considerada como “alegre”, “puta”, “mujer de mala vida” o cualquier otro
sinónimo de estos términos, incluso por sus propios descendientes, quienes en
ocasiones se ríen del comportamiento “liberal” de su antepasada o algunos, más
conservadores, se sienten avergonzados por las acciones de la abuela. Y aunque sé que algunos dirían que lo
expresado en este último párrafo pareciera mostrar la ideología vigente en el
siglo XIX y no la de nuestros días, mi experiencia cotidiana en los archivos
centroamericanos dice lo contrario; indiscutiblemente hay vientos de cambio en
ese sentido, pero aquí nos llegan apenas las brisas… De este sistema deriva, como dice
Tatiana Lobo (1996:164), la ansiosa búsqueda de un páter familia fundador de la
estirpe que se remonte a una raza inmemorial, actitud más cercana del terreno
psicológico que de la investigación histórico-genealógica. No obstante lo dicho, la genealogía
patriarcal que hemos heredado resulta fundamental para los estudios de carácter
social en su sentido más amplio, pues posibilita la comprensión de las
estructuras ideológicas que han sido sostén del orden socioeconómico de los
pueblos hispanoamericanos hasta nuestros días. Y gracias a la documentación producida por
el sistema patriarcal, podemos hoy desentrañar –o por lo menos intentarlo– los
entramados familiares establecidos según los patrones ideológicos de ese
sistema. Pero en los tiempos que corren, cuando
la revolución genética marcará el siglo XXI junto con la innovación informática
(Morera y Meléndez, 2000: 42), la genealogía debe adoptar nuevos enfoques que
garanticen el abordaje de la historia familiar desde perspectivas
interdisciplinarias y desprejuiciadas. La
genética Aunque el interés de biólogos,
genetistas y epidemiólogos por la genealogía es extremadamente reciente, los
avances espectaculares de la biología molecular evidencian la importancia
capital de la genealogía para resolver ciertos problemas de estas disciplinas y
la relevancia de los estudios interdisciplinarios, que hoy no representan un
lujo sino una necesidad (Cheventré y Bellis, 1992: 93). Por ejemplo, para Hispanoamérica,
destaca la amplia contribución de la genealogía costarricense en diversos
estudios genéticos como los de Bernal Morera sobre ADN mitocondrial –para su
tesis doctoral en Asimismo, estudios pioneros como los de
Pedro León Azofeifa, Mary-Claire King, Jetty Raventós y Eric Lynch sobre la
sordera de los Monge de Taras de Cartago, en Costa Rica, o los más recientes
sobre la enfermedad bipolar (o maniaco depresiva), en los que trabaja la
costarricense Mitzi Spesny y otros científicos nacionales y extranjeros, han
requerido de la participación activa de genealogistas(11).
Además, están en proceso otras pesquisas sobre la migraña (o jaqueca), la
miloidosis familiar dominante (enfermedad degenerativa que se inicia antes de
los 30 años y causa daño generalizado y muerte), la esquizofrenia (enfermedad
mental que puede conducir a una demencia incurable, en los casos graves), la
enfermedad de Charcot Marie Tooth (causa debilidad progresiva de los músculos
de los pies, muslos y antebrazos, entre otros males) y la de Gilles de Tourette
(cuyas manifestaciones se conocen como tics nerviosos), en las que, por
supuesto, la genealogía desempeña también un papel destacado (Meléndez Obando,
1999b: 34). La
genealogía hispanoamericana hoy Juaristi asegura que “nadie está exento
de una preocupación más o menos oscura e inconfesa (o más o menos explícita)
por sus propios orígenes o los de la comunidad a la que pertenece pero hay que
reconocer que ya no es este un asunto de actualidad y que quienes seguimos
ocupándonos del mismo corremos el riesgo de terminar en los márgenes del
sistema de saberes (o de ignorancias) que imperará en el siglo XXI” (2000: 10). Por eso para tratar de evitar caer en
los márgenes de ese sistema de saberes (o ignorancias) de que habla Juaristi,
los genealogistas hispanoamericanos debemos intentar que la disciplina de la
cual somos apasionados trabajadores se inserte aún más sistemáticamente en
otros campos del conocimiento y de la cultura como la demografía histórica, la
historia política, la historia social, la prosopografía –o biografía
colectiva–, la historia de las mentalidades, la biología, la genética, la epidemiología,
la antropología, la sociología, el derecho, la literatura, etc. Ahora bien, esa inserción deberá ir
acompañada de una desarticulación de las estructuras ideológicas que la han
tenido encadenada al hispanocentrismo, al racismo(12) y al “hidalguismo”, para que podamos
aceptar que somos el resultado, querámoslo o no, del “encuentro” (desencuentro
sería el término más apropiado) entre el hombre europeo y el americano, y luego
el africano, quienes representan las gruesas raíces de nuestro robusto árbol
genealógico y de nuestra cultura. La vida de nuestros abuelos indios,
españoles, negros, mestizos –en su sentido más amplio–, pobres y sencillos,
tienen mucho más que ofrecernos que porcentajes, pese a que sus vidas llegan a
nosotros desteñidas por la perspectiva del poderoso –del Estado español y sus
representantes–. Es nuestro trabajo, pues, rescatar esas
piezas del rompecabezas incompleto y, si se quiere, azaroso que es la historia
de nuestros pueblos. Por otra parte, así como la genealogía
ha estado dedicada durante siglos a las familias hidalgas, conquistadoras,
encomenderas…, hoy se debe hacer un esfuerzo mayor en Asimismo, los estudios sobre las elites
–como cualquier otro– se deben hacer con un profundo sentido crítico y una
consulta estricta a las fuentes de que disponemos; también muchos de los ya
elaborados se deberán revisar con parámetros más serios y reflexivos,
denunciando las prácticas abusivas que puedan tener en el uso de las fuentes
histórico–genealógicas. Se deberá procurar una visión crítica
de los diferentes grupos que integran las sociedades latinoamericanas desde sus
raíces más profundas en las familias coloniales hasta el presente, su
conformación interétnica y su herencia multicultural, para lograr, o por lo
menos intentarlo, una visión de conjunto más aproximada a la realidad. Para alcanzar este objetivo, también
habrá que abandonar muchos de los prejuicios del sistema patriarcal que han
impedido analizar la realidad familiar desde otras perspectivas más
enriquecedoras, que muestran, por ejemplo, el protagonismo de la mujer latinoamericana
en el ámbito privado y familiar, caracterizado por su sensibilidad, solidaridad
y trabajo incansable por los suyos. Esperemos, además, que la expansión de
la globalización traiga consigo también la del conocimiento para que este lleve
a la genealogía por nuevos derroteros. Finalmente, ojalá que nuestros trabajos
genealógicos ayuden a los pueblos latinoamericanos en la asunción y aceptación
de su historia –muchas veces violenta y siempre compleja– para que se logre una
conciencia identitaria más auténtica dentro de la unidad y diversidad que se
manifiesta en cada uno de nuestros países y en todo nuestro continente. Bibliografía Para evitar la elaboración de un
listado exhaustivo sobre las publicaciones genealógicas periódicas de algunos
países hispanoamericanos que he consultado de una u otra manera para esta
ponencia, baste decir que se revisaron gran cantidad de artículos publicados en
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de Cultura Latinoamericana. N°18. Universidad Nacional Autónoma de México,
México. Notas (1) Las raíces extranjeras más antiguas de mi familia se
remontan casi 250 años atrás. (2) Término que dice mi padre se usaba para las personas que
vivían “a las orillas” de la capital (barrios como Paso Ancho, San Sebastián,
Zapote, etc.). (3) En diciembre de 1997 estuve en (4) Incluso, uno podría hablar de Iberoamérica. (5) A la fecha (2006), se ha visto que, curiosamente, la
globalización, pese a esa tendencia estandarizadora, hizo surgir también
corrientes en defensa de las particularidades de los pueblos y su preservación. (6) En este trabajo se entiende por genealogista tradicional
aquel que se ha dedicado a investigar exclusivamente a las familias
consideradas como “principales”, “hijodalgas”, “aristócratas” y “españolas” que
han detentado el máximo poder socioeconómico y político dentro del conglomerado
social en que vivieron o viven. (7) Por cierto, la escritora chileno-costarricense Tatiana
Lobo hablaba de que debíamos cambiar este término pues, en realidad –y los
estudios de ADN lo están demostrando–, la raíz española representaba más el
“padre patria”... (8) Sobre este aspecto, Narciso Binayán Carmona (1999: 9) dice
para el caso argentino –pero que podría referirse a cualquier país hispanoamericano–:
“No encuentro totalmente feliz -es idea personal en materia opinable- el uso de
“época hispánica” ya que subraya en exceso, a mi juicio, el protagonismo
español cuando aquí, en América, en un medio extranjero, en otro continente, en
tierra conquistada, se creaba una nueva realidad. Cierto es, por supuesto, que
esa realidad, en nuestro caso (9) Por ejemplo, en Costa Rica tenemos el caso de las
“princesas” indias Dulcehe de Quepo y Francisca Correque, incluidas en
infinidad de árboles genealógicos –algunos hasta publicados en (10) Lamentablemente, todavía hoy (2006) no he podido sacar el
tiempo para terminar el artículo que mencionaba en 2000. (11) Eduardo Fournier para el primer caso y este mismo y Ramón
Villegas para el segundo. (12) Porque somos herederos de un sistema racista en que nadie
quiere ser descendiente de negros esclavos, de indios en encomienda ni de sus
mezclas, pero tampoco de madres solteras, sacerdotes ni de gente sencilla. Incluso, durante la
colonia, ni los españoles nacidos en América tuvieron los mismos derechos que
los peninsulares -eran vistos, en |