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Edición 48

Antepasados de los costarricenses

La familia Álvarez de Tobar de La Serena, Chile, a San José, Costa Rica

Juan Cristóbal Álvarez, natural de esa ciudad chilena, dejó abundante descendencia en Costa Rica hasta nuestros días, que está vinculada, entonces, a varios conquistadores de esa nación suramericana.

Mauricio Meléndez Obando

Durante la celebración de la Primera Conferencia Hispana de Historia Familiar, en Provo, Utah, EE. UU. (diciembre de 1997), a la que asistí invitado por el grupo Legado Latino, aproveché una corta visita al Centro de Historia Familiar de Salt Lake City (Ciudad del Lago Salado), de los mormones, donde tuve oportunidad de revisar, aunque muy aceleradamente, algunos microfilmes de las series sacramentales de La Serena, en el antiguo Reino de Chile, entre otros lugares.

Trataba de hallar el rastro de los padres del chileno Juan Cristóbal Álvarez, quien estableció su residencia en la Villa Nueva (hoy San José, capital de Costa Rica), donde contrajo matrimonio con doña Bibiana Meléndez González. Su historia puede verse en la columna Raíces N°8.

Ahora quiero compartir la información que hallé en aquel momento y la que encontré después en varios libros y un artículo de genealogías chilenas. Por supuesto, esperamos algún día poder investigar, in situ, la ascendencia de don Juan Cristóbal.

En años recientes se han publicado investigaciones sobre las familias chilenas más antiguas; se trata de tres tomos: Familias fundadoras de Chile 1540-1600, Familias fundadoras de Chile 1601-1655 y Familias fundadoras de Chile 1656-1700. Obras extensas, aunque no exhaustivas, sobre las familias más antiguas –principalmente españolas– de ese país suramericano, por supuesto del periodo de la conquista y posteriores. Los autores de esta excelente investigación (no todos participan en los tres tomos que juntos superan las 2.500 páginas) son Julio Retamal Favereau, Carlos Celis Atria, Juan Guillermo Muñoz Correa, José Miguel de la Cerda Merino, Carlos Ruiz Rodríguez y Francisco José Urzúa Prieto.

En estos libros y también en el artículo “El conquistador Diego de Rojas y su descendencia”, de Juan Barrios Barth, publicado en la Revista de Estudios Históricos Nº3, del Instituto Chileno de Investigaciones Genealógicas (1952-53; págs. 135-240), encontré la mayoría de la información que incluye esta columna.

Por supuesto, es posible que exista más bibliografía sobre las personas aquí reseñadas, pero será motivación para investigaciones más detalladas sobre estos antepasados de muchos costarricenses.

Según la documentación generada en Costa Rica, Juan Cristóbal Álvarez, quien se desempeñó por muchos años como ayudante mayor de las milicias de la provincia, donde, además, es citado en infinidad de documentos como albacea, avaluador o testigo, fue hijo legítimo del capitán Pedro Álvarez y doña María Constanza de Rojas, vecinos de San Bartolomé de La Serena, donde había nacido hacia 1715.

Curioso que, ese año, el 15 de junio(1), se bautizó en La Serena a Pascual, de 4 días, hijo legítimo de Cristóbal Álvarez y Lucía Marloquina [sic]; ignoramos si tendrá alguna relación con nuestro Juan Cristóbal.

En la búsqueda que realizamos en Utah, solo hallamos un capitán Pedro Álvarez [citado también como Álvarez de Tobar(2)], pero él estaba casado con doña Ana de Rojas y Cortés y no doña María Constanza de Rojas. Cuando aún no conocía el artículo de Barrios Barth, suponíamos, por el uso de los apellidos, que doña Ana podría haber sido hija del capitán Juan de Rojas y doña Ana Cortés, quienes contrajeron matrimonio en La Serena, en 1662; o también que podía haberlo sido de don Gregorio de Mendoza y Cortés y doña Constanza de Rojas, quienes casaron en la misma ciudad, en 1669; este es el típico caso de dos hermanos (Juan de Rojas y Constanza de Rojas) casados con otro par de hermanos (Ana de Cortés y Gregorio de Mendoza y Cortés).

No obstante, después se pudo comprobar por el citado artículo que efectivamente doña Ana de Rojas y Cortés era hija del capitán Juan de Rojas y Carabantes y doña Ana Cortés y Mendoza, y que doña María Constanza –la madre de Juan Cristóbal– era hermana de doña Ana de Rojas.

El capitán don Pedro Álvarez de Tobar y Antonia Álvarez de Tobar [de seguro su parienta] fueron padrinos de Tomasa Josefa, española, hija legítima del alférez Lorenzo Yáñez y Josefa Marín, bautizada en ciudad de La Serena, el 12 de diciembre de 1702(3).

Don Pedro Álvarez y Tobar [así mencionado] y doña Ana de Rojas fueron padrinos de Santiago, hijo de Vicente de la Orden y Ana de Zepeda, bautizado en La Serena el 5 de febrero de 1704(4).

En Costa Rica, Juan Cristóbal nunca emplea ni es citado como Álvarez de Tobar (el siempre firmó Juan Cristobal Albarez, rubricado). Ya habíamos pensado que tal vez no había sido hijo de matrimonio –aunque él lo asegura así– y, por esa razón, no hallábamos el matrimonio de sus padres en La Serena.

Finalmente, gracias a las citadas publicaciones –sobre todo el artículo de Barrios Barth–, estamos seguros de que, efectivamente, Juan Cristóbal no fue hijo de matrimonio, sino del adulterio y el incesto. Don Pedro y doña María Constanza eran cuñados, pues esta y doña Ana –esposa de don Pedro– eran hermanas carnales, pero, además, la madre de Pedro y la de Constanza eran primas hermanas.

Asimismo, tal parece que el nombre Juan Cristóbal lo tomaron de su abuelo paterno, Juan Álvarez de Tobar, y de un tío de don Pedro llamado precisamente don Cristóbal Álvarez de Tobar y Astudillo.

Habrá que revisar, en los archivos serenenses, la mortual (si es que existe) de don Pedro Álvarez de Tobar, el poder para testar que este dio –antes de su muerte, el 6 de julio de 1748– a su hijo don Bernardino Álvarez, y el testamento que, con ese poder, otorgó don Bernardino.

También, se tendrá que verificar el testamento por poder que pudo haber otorgado don Diego [de Rojas(5)] en nombre de su hermana doña Ana de Rojas, quien fue sepultada el 5 de febrero de 1735.

Finalmente, habrá que investigar más sobre doña Constanza de Rojas y Cortés, quien contrajo matrimonio con el capitán don Gaspar Marín y Riberos –viudo a su vez de doña Rosa Mendiola–. Doña Constanza y don Gaspar no dejaron sucesión.

De igual manera, en estas familias es frecuente encontrar el uso de ciertos nombres; por ejemplo, entre los Álvarez de Tobar, Bernardino y Cristóbal.

Entre los Rojas, hay al menos dos Diego de Rojas Carabantes (padre e hijo), dos Constanza de Rojas (tía y sobrina). Entre los Cortés, hallamos dos Gregorio Cortés (padre e hijo).

Antes de ingresar a Costa Rica, Juan Cristóbal estuvo en el Reino del Perú y el de Tierra Firme (Panamá). Hasta ahora no se ha encontrado algún documento que explique de manera explícita por qué Juan Cristóbal hizo un viaje tan largo a una de las zonas menos importantes de la Real Audiencia de Guatemala, pero la evidencia de su origen explicarían una búsqueda de nuevos horizontes donde la gente no conociese tal origen y fuera difícil investigarlo...

En este mapa parcial de América del Sur puede verse la ubicación de Chile y sus vecinos más cercanos. (Tomado de Diccionario Enciclopédico González Porto)
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En este mapa parcial de América del Sur puede verse la ubicación de Chile y sus vecinos más cercanos. (Tomado de Diccionario Enciclopédico González Porto).

Ingresó a Costa Rica hacia 1730 y se estableció provisionalmente en Cartago,  capital de la entonces Provincia de Costa Rica (que formaba parte del Reino de Guatemalal), donde conoció a doña Bibiana Meléndez González (en ese momento de 14 años), hija legítima del capitán Sebastián Meléndez Chacón y Ana González.  Bibiana vivía con su madre (ya viuda) y su primo Eusebio Meléndez Araya, quien después fue cura de Villa Nueva (San José), donde bautizó a muchísimos de sus primeros pobladores (véase columna Raíces Nº8).

Bibiana, siempre consignada como doña (trato distintivo originalmente para los españoles y criollos), se convirtió en la amante de Juan Cristóbal. De esta relación nacieron cuatro hijos naturales: Francisco Bruno, José Rafael, Felipa Anastasia y María Josefa, quienes usaron casi siempre su apellido materno; casaron, respectivamente, con María Catalina Porras Sosa, María Josefa Porras Sosa, el capitán Trinidad Castro Lizondro (hoy este apellido es Elizondo) y Antonio José Sáenz Castro. Felipa Anastasia (1740-1817) fue madre, entre otros, de Rafaela Castro Alvarez, madre de Sebastián Zúñiga Castro (1807-1845), madre de Timotea Zúñiga Barboza (1840-1915), madre de Ramón Meléndez Zúñiga (1873-1942), padre de Bernardo Arturo Meléndez Araya (1901-1997), padre de Oscar Meléndez Jiménez (1928), padre de Mauricio Meléndez Obando, encargado de la columna Raíces.

Como a menudo ocurría en esos casos, la familia se preocupó por “ocultar” lo que todo el mundo sabía; incluso cuando nació Felipa Anastasia, un hermano de Bibiana, Francisco (de quien descendemos muchísimos de los Meléndez de Costa Rica), la llevó a la pila bautismal y aseguró al cura que la niña había sido expuesta a las puertas de su casa (costumbre de la época de abandonar a los hijos ilegítimos en las casas de parientes, maternos o paternos, de la criatura); la realidad fue muy probablemente otra: tal vez nació en la misma casa de Francisco, con la asistencia de la esposa de este, María Manuela González Segura, quien además fue la madrina de bautismo de la niña.

Se desconoce también la razón por la que Alvarez no casó con Bibiana, pues la relación fue constante. Es posible que el chileno no haya podido probar su soltería ante las autoridades eclesiásticas, a lo que estaba obligado todo extranjero y para lo que requería de al menos tres testigos que corroboraran la soltería del solicitante, de los que Alvarez carecía. O quizá estaba conforme con una relación, aunque vetada por la Iglesia, de la que obtenía placer y prole.

La separación

Bibiana –suponemos–, cansada de esperar un matrimonio que no se vislumbraba, se casa en Villa Nueva (San José), el 20 de noviembre de 1747, con el capitán Juan Alejandro Mora Chaves (de la misma familia a la que pertenecieron Juan Mora Fernández, primer jefe de Estado, 1824-1833, y Juan Rafael Mora Porras, presidente de la República, 1849-1859).

El matrimonio duró poco, pues el joven Juan Alejandro, sumamente enfermo, según declara en su testamento del 24 de marzo de 1748, murió el 4 de abril, a los 28 años.

Alvarez, despechado por lo que le había hecho Bibiana, consigue los testigos que necesitaba para probar su soltería. Presenta una solicitud a las autoridades eclesiásticas, el 24 de mayo de 1748, en que asegura que “desea tomar estado de matrimonio” con Lorenza de Segura Padilla, vecina del Valle de Barba.

Agustín de Moya, natural de la ciudad de Concepción, en Chile, aseguró “que conoce al que lo presenta [Alvarez] desde niño [...] en dicho reino [Chile], en el del Perú, Reino de Tierra Firme y en esta provincia y no ha llegado a su noticia [conocimiento] el que haya dado palabra de casamiento a ninguna persona porque el testigo lo supiera [sabría], en virtud del trato y comunicación” que tienen.

La declaración de Moya resulta sospechosa cuando afirma que lo conoce desde niño, pues San Bartolomé de la Serena, de donde es oriundo Alavarez, queda a más de 1.000 kilómetros de Concepción, y tomando en cuenta los deficientes medios de comunicación de la época, la versión parece ser una mentira mayúscula urdida por Alvarez y el que se dice amigo de la infancia.

El matrimonio

Y cuando todo estaba listo para el matrimonio de Alvarez con Lorenza, ocurre lo inesperado, Juan Cristóbal contrae matrimonio el 19 de julio del mimo año con Bibiana... Tres meses antes, ella había enviudado de Mora.

¿Acaso fue esto un plan urdido por los amantes? ¿Estaría Lorenza enterada o fue víctima de un engaño? Las respuestas exactas posiblemente nunca las conozcamos.

Viuda y embarazada, Bibiana es apoyada por su nuevo marido, pero antiguo amante, para reclamar los bienes que le corresponden a ella y su hijo, que asegura es de Juan Alejandro, quien no había declarado su embarazo (afirma Bibiana) porque no estaban seguros de que ella estuviera encinta.

Finalmente, Bibiana obtiene los bienes para sí y su hijo Cayetano Mora Meléndez, quien nació once meses después del matrimonio con Juan Alejandro y seis después de su muerte.

Aunque Cayetano fue bautizado como hijo póstumo legítimo de Juan Alejandro y Bibiana, casi siempre utilizó el apellido Meléndez, con el que lo conocía la mayoría de sus vecinos; de hecho, es el fundador de la mayoría de los Meléndez de Alajuela, adonde se trasladó con su esposa Rosa Sáenz Mata, con quien había casado en 1789 un año después de haber muerto Bibiana.

Después de su matrimonio, Cristóbal y Bibiana gozaron de mucha simpatía en la naciente sociedad josefina. Fueron padrinos de boda y de bautismo de decenas de vecinos de San José de todos los estratos sociales.

Juan Cristóbal Alvarez murió en la Villa Nueva, el 30 de noviembre de 1761; Bibiana lo sobrevivió más de 16 años, falleció en la misma villa, el 1º de mayo de 1788 (hace casi 218 años).

Algunas de las familias josefinas que descienden de Juan Cristóbal y Bibiana son: Zúñiga, Sáenz, Meléndez, Valverde, Porras, Chaves, Ramírez, Agüero, Jiménez y Retana.

Otras familias que descienden de Bibiana en Alajuela son: Meléndez, Molina, Sibaja, Rodríguez, Porras, Ruiz, Méndez, Lizano, Moya, Ramírez, Monge, García, Ovares, Solano, Arroyo y Sánchez.

Chile, su gente e historia

Antes de continuar con el tema de nuestra columna, considero pertinente presentar algunas generalidades de la gente de Chile y su historia. No se trata de un estudio profundo, sino de aspectos que pueden resultar interesantes para quienes no conocemos mucho de este país suramericano.

La información reseñada, se tomó del Diccionario Enciclopédico UTEHA, tomo III (Unión Tipográfica Editorial Hispano Americana, México, 1953, págs. 994-1001).

Antes de la llegada de los españoles, Chile estaba habitado por diversos pueblos de muy diferente nivel cultural (atacameños, changos, araucanos, chonos, alacalufes, onas, yanganes). El Norte Grande fue cuna de la cultura atacameña, que a fines del primer milenio se extendió hasta las regiones centrales del Perú, donde se refundió con la cultura chincha y alcanzó por el interior hasta Cusco. La primera fase de este desarrollo comprende los años 900 a 1100 y la segunda, los de 1100 a 1300. La cultura incaica, que le sigue, tomó de ella sus principales elementos culturales. Por la costa vivían los changos, pueblos menos desarrollados, pariente de los uros de Bolivia y de los fueguinos. Desde el Norte Chico hasta el Archipiélago de Chonos, se extendía el territorio ocupado por los araucanos, con diversas diferenciaciones regionales.  Eran agricultores que cultivaban la papa, el maíz, la quinoa, el pallar (especie de frijol), el chile y la calabaza, entre otros, y ganaderos, que criaban llamas, una especie de pato y perros. Reunían influencias de todas las culturas anteriores, sin haber alcanzado una cultura media, como los atacameños. Su organización social se basaba en la reducción, formada por un número variable de familias que vivían aisladamente dentro de un área y que obedecían a un cacique; a veces, se establecían alianzas entre las reducciones, pero solo en la guerra se sometían a un toqui general.

Desde Taitao hacia el sur, la costa estaba habitada por los chonos, emparentados, al parecer, con los araucanos, y más al sur todavía vivían los llamados pueblos fueguinos: alacalufes, en la parte oeste de la Tierra del Fuego e isalas vecinas, y yaganaes, en el canal Beagle y archipiélados, hasta el Cabo de Hornos. A otro grupo fueguino, igualmente muy atrasado, pero de cultura más completa, que avanzó por el Atlántico hasta el sur, pertenecen los onas de la Isla Grande de Tierra del Fuego y los tehuelches de las pampas patagónicas.

El Imperio Incaico se había extendido hasta el río Maule, en el siglo anterior a la llegada de los españoles, y realizó traslados forzosos de grupos de pueblos, con los que formó colonias (mitimaes). De esta manera se organizaron algunas de quechuas y atacameños en territorio araucano, y se impuso en todas las partes la organización política y la lengua del Imperio. En la Isla de Pascua, existe una manifetación interesante de la cultura polinésica, con grandes estatuas de piedra y una escritura hasta ahora indescifrada. De estos pueblos que poblaron antiguamente el territorio chileno se han conservado restos importantes de los atacameños y de los araucanos (unos 130.000 en las reducciones de la Frontera, esto en 1953), a quienes se ha incorporado a la nacionalidad chilena (según el Diccionario UTEHA).

Los araucanos opusieron una violentísima resistencia al dominio español, al punto de que la Guerra de Arauco polarizó toda la historia del país en la época colonial. La derrota de Curalaba (1598) dejó libre a los españoles todo el territorio que se extiende al sur del Biobío, donde solo se mantuvieron algunos fortines en las partes marginales (Valdivia y Cabulco); además, los españoles conservaron el dominio en Chiloé. Debido a esta guerra secular y al agotamiento de los lavaderos de oro, se vieron obligados a hacerse hacendados y se produjo en el Norte Chico y el Núcleo Central una amalgama completa de ambos pueblos, hasta desaparecer la cultura indígena en el siglo XVII. En toda esta región se formó, por consiguiente, una población mestiza perfectamente homogénea, disciplinada por la guerra, que formó la base del pueblo chileno moderno.

Por supuesto, como en todos los territorios españoles en América, la presencia de africanos esclavos y luego sus descendientes –igualmente esclavos y otros libres– formaron parte de algunos troncos genealógicos en Chile, sin embargo, su estudio detallado está pendiente. Como pasó en Costa Rica, hoy sus descendientes están por doquier, aunque hay pocos chilenos que hayan investigado esta raíz y la acepten explícitamente. Quizá el personaje más destacado de origen afromestizo sea Gabriela Mistral.

Al separarse Chile de España (1810), la parte realmente ocupada de su actual territorio, se extendía desde el Biobío hasta Copiapó. Un censo realizado en 1791 arrojó un total de 308.846 habitantes, pero se estima que está incompleto; para la llamada Patria Vieja, se acepta como población, en 1810, la de 500.000, número al que hay que añadir, al compararlo con posteriores, 20.000 habitantes del Norte Grande, 100.000 araucanos independientes, 30.000 chilotes y 6.000 indígenas de la Patagonia occidental, lo que da para dicho año 656.000 habitantes.

La inmigración habida en el siglo XIX no fue apreciable. Esporádicamente, llegaron, primero, británicos, alemanes, franceses y otros europeos; y posteriormente, comenzó a predominar la inmigración española y la italiana, a la que finalmente se agregaron los yugoslavos, árabes y judíos.

El número total de extranjeros era en 1940 de 107.273, cifra que representaba entonces el 2% de la población total del país. Debido a la escasa migración, el incremento de la población dependía casi exclusivamente del crecimiento vegetativo. Hasta 1931, la natalidad se mantuvo a un nivel muy constante, algo superior a 30.000 habitantes; pero la mortalidad, que hasta mediados del siglo XIX había sido cercano a los 20.000 habitantes, comenzó a aumentar hasta alcanzar a 35.000 en 1920, producto del rápido incremento de la población urbana y minera, con medidas de higiene insuficientes. Desde 1920, la acción sanitaria y hospitalaria, y la legislación social, lograron reducir la mortalidad a 17.000 en 1947.

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Chile fue descubierto a los ojos de Europa en 1520 por Fernando de Magallanes, quien después de cruzar el estrecho que lleva su nombre, recorrió las costas australes hasta la isla Mocha.

En 1535, Diego de Almagro realizó una primera expedición de conquista desde el Perú y llegó hasta Santiago, pero desengañado por no encontrar grandes riquezas de minerales preciosos, regresó al año siguiente al Perú.

El verdadero conquistador español del país fue Pedro de Valvidia, quien inició su expedición en 1540 y fundó Santiago el 12 de febrero de 1541. En los años siguientes, logró avanzar hasta el territorio de la actual Valdivia, más encontró una fuerte resistencia de parte de los araucanos y fue vencido decisivamente en 1553, sin que escapara a la matanza ninguno de sus soldados. El más caracterizado entre sus sucesores, García Hurtado de Mendoza, logró consolidad la conquista y avanzar la ocupación hasta Chiloé.

Pedro Sarmiento de Gamboa intentó en 1583 fundar dos aldeas en el estrecho de Magallanes, pero todos los colones, salvo dos, perecieron de hambre, y en 1598 el gobernador Óñez de Loyola sufrió una gran derrota en Curalaba, como consecuencia de la cual los españoles se vieron obligados a establecer una línea fortificada a lo largo del Biobío, que se conservó hasta después de 1860.

El territorio situado al sur de esta línea se perdió, salvo algunas posiciones defendidas por los fortines en Corral, Valdivia, Carelmapu y Calbuco. Chiloé fue segregado de Chile y colocado bajo la administración directa del vierrey del Perú.

La historia durante la Colonia fue polarizada por la Guerra del Arauco que imponía grandes sacrificios a la población pues se luchó incesantemente durante más de tres siglos. Desde principios del siglo XVII, se mantuvo un ejército regular en la frontera y los encomenderos chilenos tenían obligación de participar en la guerra. En el siglo XVI, el interés de los españoles consistía primordialmente en explotar los lavaderos de oro, pero los ubicados al sur del Biobío se perdieron y los que se hallaban al norte de él se agotaron; y desde principios del XVII, hubo una demanda creciente de productos agrícolas y ganaderos chilenos desde el Perú, para el abastecimiento de sus minas. Así, Chile llegó a ser una colonia primordialmente agrícola y ganadera, cuya población vivía en su mayor parte en las haciendas, y era muy escaso el desarrollo urbano: Santiago tenía en 1810 solamente 30.000 habitantes; Valparaíso y Concepción, que le seguían en importancia, 4.500.

La parte más valiosa del país, el Valle Central, estaba destinada a la ganadería extensiva; pero se aprovechaban solamente los cueros y el sebo de las reses, y se quemaba la carne por falta de consumo. En el siglo XVIII, surgió la minería de oro y plata, y en menor escala la de cobre, mas no se descubrió ninguno de los grandes yacimientos minerales que han sido explotados desde el siglo XX.

La cultura colonial era sumamente rústica y modesta. Algunos de los últimos gobernadores españoles, entre ellos, Gabriel Cano de Aponte (1717-1737), José Manso de Velanso (1737-1745), Domingo Ortiz de Rosas (1746-1755), Agustín de Jáuregui (1773-1780), Ambrosio de O’Higgins (1788-1796) Y Luis Muñoz de Guzmán (1802-1808), se señalaron por un magnífico espíritu progesista, impulsaron vigorosamente el desarrollo de la colonia y fundaron núcleos urbanos, con el fin de reunir la población dispersa.

En 1756, se inauguró en Santiago la Universidad de San Felipe, y a fines de la Colonia, Manuel de Salas puso empeño en impulsar la instrucción técnica.

El 18 de setiembre de 1810, se formó en Santiago una Junta de Gobierno, encabezada por Mateo de Toro Zambrano, que constituyó un gobierno autónomo, dentro de la Monarquía española. Esa junta estableció la libertad del comercio exterior y convocó un congreso nacional; pero ya al año siguiente predominó una tendencia hacia la emancipación, encabezada por José Miguel Carrera. En 1812, el virrey del Perú envió a Chile un ejército para reconquistar al país. Debido a desavenencias con Carrera, los españoles lograron imponerse y derrotaron a Bernardo O’Higgins, hijo del gobernador español antes citado, quien luchó por la independencia y lo derrotaron en Rancagua, en octubre de 1814. Debió huir con lo que quedó del ejército a Mendoza (Argentina). En esta ciudad, el gobernador de Cuyo, José de San Martín, organizó un ejército chileno-argentino con el que cruzó los Andes en 1817, y O’Higgins logró una victoria contundente en Chacabuco.

Después del serio contratiempo sufrido en Cancha Rayada, la batalla de Maipú (5 de abril de 1818) consolidó definitivamente la independencia de Chile. O’Higgins asumió el mando (1818-1823), organizó con enormes sacrificios para el país una escuadra nacional, que destruyó a la española en el Pacífico, y abrió el camino para que una expedición libertadora se trasladara al Perú, a fin de batir definitivamente a los españoles en aquel país, empresa que terminó Bolívar con el ejército colombiano.

En 1823, O’Higgins fue obligado a resignar al mando, hecho al que siguió, hasta 1830, un periodo de anarquía con frecuentes asonadas militares, hasta que Diego Portales (1793-1837), unido al ejército de la frontera, puso término a la guerra civil en la batalla de Lircay (1830).

Portales fue el verdadero organizador de la República, a la que dio forma en la Constitución de 1833; estableció un gobierno autoritario, presidencia, con grandes atribuciones; organizó una administración austera.

Cuando se sublevó en 1837 el ejército formado para combatir la dictadura de Andrés Santa Cruz, jefe de la Confederación Peruano-boliviana, y asesinó a Portales, la opinión del país reaccionó violentamente; lejos de lograr su objetivo, aquel motín solo logró la consolidación definitiva del régimen, encarnado en una pléyade de buenos presidentes: Joaquín Prieto (1831-1841), Manuel Bulnes (1841-1851), Manuel Montt (1851-1861), José Joaquín Pérez (1861-1871), Federico Errázuriz (1871-1876) Aníbal Pinto (1876-1881), Domingo Santa María (1881-1886) Y José Manuel Balmaceda (1886-1891).

En los 60 años transcurridos entre 1831 y 1891, Chile se transformó de la más atrasada de las colonias españolas, en una nación moderna y progresistas. Su desarrollo en ese periodo fue distinto del de otros países hispanoamericanos, que se debatían, en su mayoría, en una verdadera anarquía política.

El propósito de Portales de impedir que desde el Perú se perturbara el orden chileno, como lo pretendía Santa Cruz, se logró con la victoria de Yungay (1839), en la que fue derrotado el ejército de Santa Cruz, quien se vio obligado a dimitir.

Mestizaje

En los países latinoamericanos, los orígenes básicos se remontan invariablemente al mestizaje entre el conquistador español y la india (en algunos casos cacicas o parientes de caciques) y al mestizaje cultural. Chile no fue una excepción.

Al respecto Retamal Faverau(6)  afirma:

“Lo más interesante es que, a pesar de la incesante guerra, la mezcla racial de europeos e indígenas fue bastante temprana y numerosa. Hubo incluso conquistadores que llegaron a Chile con compañeras indias o con prole de ellas.

El mestizaje fue mayoritariamente ilegítimo –con bastantes excepciones–, pero tendió a seguir la notoria división en estamentos que regía a la sociedad castellana. Vale decir, peninsulares nobles contraían nupcias con indias de alcurnia, en tanto que simples pecheros tendían a casarse o a convivir con naturales de más baja extracción. El caso más ilustrativo del primer tipo lo constituye el de Martín García Oñez de Loyola, sobrino de San Ignacio y gobernador de Chile (1593-1598), quien casó con la “ñusta” Beatriz Coya, descendiente de la familia real de los Incas. Otro caso similar es el de García Díaz de Castro, de destacada actuación en La Serena, que casó con Bárbola Coya, también salida de la estirpe real incásica. De este último connubio queda abundante descendencia en Chile, a través de la familia Prado; que comprende no menos de quince presidentes de Chile”.

Como se dijo, la inclusión de la raíz africana espera aún estudios profundos que muestren su impacto genealógico en la sociedad colonial chilena y sus repercusiones en la actual; muy posiblemente, el racismo ha sido uno de los elementos que ha frenado tales investigaciones y su difusión (no solo en Chile, como lo hemos dicho en otras columnas).

El hijo de español e india se conoció como mestizo, aunque ya para el siglo XVIII mestizo era cualquier persona que tuviera algún antepasado (no necesariamente inmediato) indígena.

Ascendencia agnaticia

Según las publicaciones consultadas, se puede trazar la línea agnaticia de Juan Cristóbal Álvarez hasta su tatarabuelo; por supuesto, en futuras investigaciones posiblemente se avanzaría aún más.

Tal parece que los Álvarez de Tobar tienen mucha relación con Perú, y esta será una veta de investigación que podría retomarse en otro momento.

Don Juan Cristóbal Álvarez fue hijo de don Pedro Álvarez de Tobar, quien lo fue de don Juan Álvarez de Tobar, quien lo fue de don Bernardino Álvarez de Tobar, quien lo fue de don Diego Álvarez de Tobar.

Hemos encontrado otros miembros de esta familia, cuya filiación con Juan Cristóbal desconocemos por el momento.

Por ejemplo, Cristóbal Álvarez de Tobar y Cuello, abogado de la Real Audiencia de Charcas (1608), –quien –generacionalmente podría ser hermano de don Diego–, casó en 1586 en Santiago de Chile, con Juana González Montero y Justiniano (natural de esa ciudad), hija legítima de Antonio González Montero y Ginebra Justiniano(7).

También se cita al canónigo Gil Álvarez de Tobar, quien junto con Ana de Galleguillos, fue padrino de bautizo de Juan Alfonso Velásquez de Covarrubías, nacido en Santiago de Chile y bautizado en dicha ciudad, el 26 de setiembre de 1619(8).

Parentescos

Debido a que Juan Cristóbal desciende de varios conquistadores de Chile, algunos de ellos de gran relevancia histórico-social, sus descendientes se vinculan hoy a la gran familia chilena, lo cual no es nada extraño.

Así, por ejemplo, por los Ortiz, Juan Cristóbal es tataranieto de doña Catalina Ortiz de Carabantes, sobrina de Marina Ortiz de Gaete (1509), esposa del conquistador Pedro de Valdivia. De esta misma familia Ortiz descienden al menos 15 presidentes de Chile, de acuerdo con los estudios de Retamal Faverau(9); veamos algunos de ellos: Bernardo O’Higgins Riquelme (prócer de la Independencia, director supremo de Chile 1817-1823), Diego Portales Palazuelos (uno de los creadores de la República, 1837), Manuel Bulnes Prieto (1841-1851), Manuel Montt Torres (1851-1861), Germán Riesco Errázuriz (1901-1906), Pedro Montt Montt (1906-1910),  Ramón Barros Luco (1910-1915), Arturo Alessandri Palma (1920-1924, 1925 y 1932-1938), Emiliano Figueroa Larraín (1925-1927), Gabriel González Videla (1946-1952), Jorge Alessandri Rodríguez (1958-1964), Eduardo Frei Montalva (1964-1970), Augusto Pinochet Ugarte (1974-1990) y Patricio Aylwin Azócar (1990-1994).

Algunas esposas de presidentes también descienden de los Ortiz: Mariana Aguirre Boza, esposa de Francisco Ramón Vicuña Larraín (1830); Emilia Toro Herrera, esposa de José Manuel Balmaceda Fernández (1886-1891), Gertrudis Echenique Mujica, esposa de Federico Errázuriz Echaurren (1896-1901); Graciela Letelier Velasco, esposa de Carlos Ibáñez del Campo (1927-1930 y 1952-1958); Juanita Aguirre Luco, esposa de Pedro Aguirre Cerda (1938-1941);

Finalmente, entre otros muchos personajes de la cultura descendientes de los Ortiz están: el poeta Vicente Huidobro (1893-1948), el pintor Roberto Matta Echaurren (1911), el escritor José Donoso Yáñez (1923), la exanimadora de TV y actriz Cecilia Bolocco Fonck (Miss Universo 1987 y esposa de Carlos Ménem, expresidente de Argentina) y la escritora Isabel Allende Llona.

Algunas características de los documentos consultados

Sobresale en las partidas matrimoniales de la parroquia de San Bartolomé de La Serena que se conociera en muchos casos el padre “natural”, pero se consigna que es “de madre no conocida”; en la documentación costarricense de la misma época solo he hallado un caso similar, pues es más frecuente que diga el nombre de la madre y se añada “de padre no conocido”.

Hasta el momento, solo hemos hallado en un testamento del valle de Curridabat, en San José, a principios del siglo XVIII un caso similar a los chilenos, en que se menciona el nombre del padre y se añade que es “de madre no conocida”.

En el caso chileno, ignoramos si se omite el nombre de la madre para salvaguardar el honor de alguna “española” o si por ser madre indígena –o mestiza– no interesaba consignarse su nombre. Esto habrá que investigarlo con mayor detenimiento y es muy posible que los genealogistas chilenos conozcan muy bien las causas de este uso en la documentación de La Serena.

No pudimos vincular a todos los miembros de esta familia que hallamos en la corta investigación que realizamos en Utah, así que presentamos –como un anexo– aquellos no vinculados aún en núcleos familiares ordenados cronológicamente según la cabeza de familia de cada grupo.

Etimología

Álvarez es un apellido patronímico derivado del nombre propio Álvaro y significó originalmente “hijo de Álvaro”. Álvaro es nombre de pila que también puede ser apellido, de origen visigodo Alwars, *ala, “del todo” o alla “todo”, y warja, “defensa”, “protección” (alemán wehren): “el que se defiende bien”, “defensor de todos” (10).

Algunas variantes del apellido: Álvar, Álbaro, Álvaroz, Alvaroni, Alveroni, Albareri; Alavárez, Álvavez, Albar, Álbarez, Albares, Albarino; Alvarro, Alvero, Alvara, Alvarade. En Filipinas: Alvera, Alvarín, Alvarino, plantas y árboles silvestres (León). En composición Albardíaz, Alvarsánz. En italiano Alvaro, derivados: Alvarino, Alverino y De Álvarez (sefardí).

Por otra parte, de acuerdo con Gutierre Tibón, Tobar es un derivado de Toba –también apellido–, que deriva del latín vulgar tofa, a su vez del latín thophus, que proviene del griego  tóphos, “toba”, “piedra caliza muy porosa”. Tobar significa “cantera de toba” y se originó en poblaciones en las provincias de Burgos, Valladolid, Segovia, Cuenca y Ciudad Real(11).

Variantes: Tovar, Toval, Tobal, Tobadilla, Tobarquela, Tobaruela, Tobarvela, Tobajas, Tobarra, Tobares, Tovares, Tobes, Toves, Tober y Tovisco. Toboso, “formado de piedra toba”, es una villa en la provincia de Toledo; Tobarina, se originó del valle en la provincia de Burgos.

Finalmente, los equivalentes en otras lenguas son: Tufo (italiano), Tuffier, Tufféry, Tuffal y Tuffaud (francés).

Agradecimiento

Un especial agradecimiento a Joaquín Alberto Fernández Alfaro, excompañero de la Academia Costarricense de Ciencias Genealógicas, quien me facilitó de su biblioteca personal los libros y revista editados en Chile y que han servido de fuentes principales para la elaboración de la genealogía ascendente de Juan Cristóbal Álvarez.

¿Cómo leer esta genealogía?

Uno de los sistemas más simples y prácticos para escribir un árbol genealógico ascendente total, también conocido como genealogía de costados (o árbol de costados), es el Sosa-Stradonitz (la numeración fue ideada por el genealogista español Jerónimo de Sosa y divulgada ampliamente por el alemán Stephane Kikule von Stradonitz).

Este sistema consiste en numerar cada uno de los antepasados y el límite lo establece el investigador mismo pues se puede prolongar hasta el infinito (teóricamente, porque en realidad se puede continuar hasta donde las fuentes lo permitan).

Así, a toda persona le corresponderá un número. Al individuo del que se realiza la genealogía (en este caso Juan Cristóbal Álvarez), le corresponderá el número 1. 

Si se multiplica el número por dos, el resultado es el número que corresponde al padre de la persona investigada (Juan Cristóbal Álvarez) y si se le adiciona uno a ese resultado, se obtiene la cifra que corresponde a su madre –segunda generación–; se deduce, entonces, que los números pares siempre antecederán a los varones y los impares a las mujeres.

Partiendo del número 1, obtendremos, al aplicar la citada regla matemática, que el número del padre de este será igual a 1X2=2; y al sumarle 1 (2+1=3) da el número que le corresponde a la madre (3).

Ahora bien, idealmente, no debería ser solo de una lista, habría que anotar los datos biográficos y familiares que permitan conocer al individuo y su familia, estos deben ser escritos después de los nombres de cada pareja de “abuelos”. Se deben añadir las fuentes de información de las que se toman los datos (en esta genealogía, por motivos de espacio, apenas hemos citado algunos datos biográficos básicos de los antepasados de don Juan Cristóbal Álvarez).

Los cuatro abuelos del número 1 conforman la tercera generación ascendente, y para conocer los números que se les deben asignar se efectúa la operación ya citada; se multiplica la cifra del padre de don Juan Cristóbal Álvarez por dos (2X2=4) y se obtiene así el número que le corresponde al abuelo paterno (4) y si se le suma a este 1 (4+1=5) da como resultado el número de la abuela paterna (5); por otra parte, si se multiplica el número de la madre de don Juan Cristóbal Álvarez por 2 (3X2=6), se obtiene el número que le toca al abuelo materno (6) y al sumarle la unidad (6+1=7), logramos el número de la abuela materna (7).

Por supuesto, el sistema permite avanzar o retroceder en la genealogía; si se quiere saber, en cambio, de quién es padre una persona, el número se divide entre 2 (por ejemplo, tenemos el número 8; entonces, 8÷2=4); pero si se trata de una mujer, primero le restamos 1 y luego lo dividimos entre 2; así sabremos de quién es madre (por ejemplo, 13; entonces, 13­-1 =13÷2=6).

Este tipo de genealogía quedaría ordenada de la siguiente manera:

 1.  Juan Cristóbal Álvarez.

HIJO DE:

 2.  Padre de don Juan Cristóbal Álvarez

 3.  Madre de don Juan Cristóbal Álvarez.

NIETO DE:

 4.  Abuelo paterno.

 5.  Abuela paterna.

 6.  Abuelo materno.

 7.  Abuela materna.

BISNIETO DE (o SEGUNDO NIETO DE):

 8.  Bisabuelo paterno-paterno.

 9.  Bisabuela paterno-paterna.

10.  Bisabuelo paterno-materno.

11.  Bisabuela paterno-materna.

12.  Bisabuelo materno-paterno.

13.  Bisabuela materno-paterna.

14.  Bisabuelo materno-materno.

15.  Bisabuela materno-materna.

Luego de los bisabuelos, se continuaría con los 16 tatarabuelos (o terceros abuelos), que conforman la quinta generación ascendente; y para numerarlos se sigue la misma regla matemática, posteriormente se anotan los 32 quintos abuelos y así sucesivamente.

Asimismo, es importante indicar la generación que se va a describir, como se muestra anteriormente, así entre los bisabuelos y tatarabuelos, se escribirá “TATARANIETO DE:” o “TERCER NIETO DE:”; entre los tatarabuelos y los cuartos abuelos, “CUARTO NIETO DE:”, y así subsecuentemente.

Si se desconoce el nombre de algún antepasado, el número que se le debía asignar no debe ser usado para otro “abuelo”, simplemente no se escribe (o se consigna el número pero con el término “desconocido” o “desconocida” o “sin más datos por el momento”), como tampoco las cifras que hubieran correspondido a los antecesores de esa persona cuyo nombre desconocemos.

Para completar los 30 antepasados de Amelia, para los que se contrató este trabajo, hemos seguido aquellas líneas para las que existe información. Hemos añadido información de 2 ancestros más. En total, se incluyen datos de 34 personas, partiendo de Juan Cristóbal Álvarez. Asimismo, se incluye información de los hijos de cada pareja reseñada, la cual no formaba parte del contrato original.

Ascendencia del Ayud. Mr. Juan Cristóbal Álvarez

Mucha de la información sobre los ascendientes de Juan Cristóbal fue tomada –en algunos casos literalmente– de los libros Familias fundadoras de Chile. Hemos remitido en cada caso –en las notas– a la referencia bibliográfica correspondiente o a los registros microfilmados vistos en Utah, EE. UU.

1. Juan Cristóbal Álvarez [ayudante mayor]

Nació en San Bartolomé de La Serena, Reino de Chile, hacia 1715; murió en la Villa Nueva (hoy San José, capital de la República de Costa Rica), el 30 de noviembre de 1761.

Juan Cristóbal contrajo matrimonio en la villa de San José, el 19 de julio de 1748, con doña Bibiana Meléndez González, su antigua amante, a la sazón viuda del capitán Juan Alejandro Mora.

Juan Cristóbal y doña Bibiana fueron muy populares en la Villa Nueva de San José, donde fueron escogidos de padrinos por familias de todas las condiciones sociales; entre otros fueron padrinos de María Gertrudis, hija natural de doña Paula Quirós (el 8 de abril de 1751), de José Fonseca Valerio y doña Casilda Morales Fallas (casaron el 8 de febrero de 1751). Don Juan Cristóbal fue testigo de la boda de Pedro Fernández Acosta y doña María Catarina Tenorio Castro (el 5 de mayo de 1751) y de Antonio Huertas y doña Ana Manuela Castro Tenorio (el mismo día).

Hijos de Juan Cristóbal y doña Bibiana (muchas veces sus hijos fueron citados y conocidos solo por el apellido Meléndez):

·Dn. José Rafael Alvarez y Meléndez casó con Da. María Josefa Porras. Al parecer, sin sucesión.

·Dn. Francisco Bruno Alvarez y Meléndez casó con Da. María Catalina Porras. Al parecer, sin sucesión.

·Da. Felipa Anastasia Alvarez y Meléndez casó con Dn. José Trinidad Castro. Con sucesión.

·Da. María Josefa Alvarez y Meléndez casó con Dn. José Antonio Sáenz. Con sucesión.

Hijo de:

2. Dn. Pedro Álvarez de Tobar [maestre de campo]

3. Da. María Constanza de Rojas [y Cortés]

Como ya dijimos, aunque Juan Cristóbal se dice hijo legítimo de don Pedro Álvarez y doña María Constanza de Rojas en el expediente matrimonial que se tramitó FALTA, por los documentos que se reseñan en el trabajo “El conquistador Diego de Rojas y su descendencia”, de Juan Barrios Barth, publicado en la Revista de Estudios Históricos Nº3 (del Instituto Chileno de Investigaciones Genealógicas, años 1952-53, págs. 135-240), se puede deducir que Juan Cristóbal mintió y, en realidad, fue hijo “adulterino” e incestuoso, además, de los ya citados, quienes eran casados, respectivamente, con doña Ana de Rojas y Cortés –hermana de doña María Constanza– y con el capitán don Gaspar Marín y Riberos. Además, don Pedro y doña Constanza eran hijos de dos primas hermanas.

Don Pedro fue maestre de campo en La Serena, donde había nacido hacia 1677 y también llegó a ocupar los cargos de regidor del cabildo en 1700 y procurador general de la ciudad en 1731; falleció en la citada ciudad, el 6 de julio de 1748(12); había otorgado poder para testar a su hijo don Bernardino Álvarez.

Casó en la citada ciudad, el 3 de febrero de 1704 con su prima doña Ana de Rojas y Cortés, quien otorgó poder para testar en La Serena, el 16 de octubre de 1722, ante Basilio de Egaña; murió en la misma cuidad, el 5 de febrero de 1735(13).

Por su parte, como se dijo, Doña Constanza de Rojas y Cortés casó con el capitán don Gaspar Marín y Riberos, pero no tuvieron descendencia. Don Gaspar había contraído primeras nupcias con doña Rosa Mendiola y Robles, con quien sí tuvo sucesión hasta nuestros días.

Hijo único de don Pedro y doña Ana:

·Dn. Bernardino Álvarez de Tobar (regidor del Cabildo de La Serena, 1729)

Hijos de don Pedro y doña Constanza:

·Ayud. Mr. Juan Cristóbal Álvarez casó con Da. Bibiana Meléndez González.

Nieto de:

4. Dn. Juan Álvarez de Tobar [maestre de campo, general]

5. Da. Angela de Allende y Mundaca

Don Juan llegó a ocupar el cargo de maestre de campo y contrajo matrimonio en La Serena, el 23 de febrero de 1673(14), con doña Angela(15), quien testó en la citada ciudad, el 9 de diciembre de 1735 ante el escribano Javier Campusano. Entre otros bienes, declaró la chacra vecina a la ciudad nombrada Las Peñuelas y la estancia de Pan de Azúcar(16).

Hijos de don Juan y doña Angela:

·Dn. Bernardino Álvarez de Tobar, presbítero.

·Dn. Juan Álvarez de Tobar

·Dn. José Álvarez de Tobar

·Da. Rosa Álvarez de Tobar [Rosa de Allende 1698] casó en La Serena, Chile, el 30 de noviembre de 1688(17), en primeras nupcias con el Cap. Dn. José de Soria y Troncoso, natural de la ciudad de los Reyes, Perú, hijo legítimo de Dn. Francisco de Soria y Molina y de Da. Luisa de Troncoso y Sotomayor (sin sucesión); Da. Rosa contrajo segundas nupcias con el Mtre. Cpo. Dn. Francisco de Rojas y Cortés (con sucesión).

·Dn. Pedro Álvarez de Tobar casó con Da. Ana de Rojas y Cortés.

6. Dn. Juan de Rojas Carabantes [capitán]

7. Da. Ana Cortés y Mendoza

Don Juan llegó a ocupar el rango de capitán de las milicias españolas de La Serena, pero también fue depositario general de ella desde 1678 hasta 1692; procurador general en 1679 y fiel ejecutor ese mismo año; alcalde de la ciudad en 1689. Había testado el 29 de diciembre de 1691, ante don Pedro Cortés y Mendoza, corregidor y justicia mayor de La Serena(18); fue depositario general de esa ciudad en 1700.

Entre otros bienes declaró la hacienda de las Diaguitas, la estancia llamada Juntas –de  1.500 cuadras de tierras en el Valle de Samo Alto–, 500 cuadras más de tierra en ese valle y la viña Rivadavia. Sus restos descansan en la Iglesia de San Agustín, La Serena.

Don Juan y doña Ana fueron desposados el 4 de diciembre de 1662(19)