Edición 41

La educación en tiempos de globalización

Autor: Mauricio Meléndez Obando

Debido a que la familia que estudiamos en esta columna sobresale por la gran cantidad de maestros y formadores de maestros, hemos querido aprovechar el conocimiento de Iris Pérez Sáenz, miembro de esta prolífica familia, quien ha acumulado abundante experiencia propia, pero también la de su madre y muchos antepasados y parientes colaterales.

Precisamente por su propia experiencia y por la abundante documentación que han dejado los maestros de la familia de generaciones anteriores, decidimos entrevistarla para conocer su opinión sobre la educación que recibían los docentes en las primeras décadas del siglo XX en la Escuela Normal y la que se da hoy en las aulas universitarias.

Iris Pérez Sáenz obtuvo una maestría en administración educativa en la Universidad Nacional, Heredia, y cuenta con 14 años de experiencia en la formación de maestros rurales.

Iris Pérez Sáenz ha dedicado mucho tiempo al estudio de los documentos familiares que dejaron su abuelo materno y los hermanos de este, quienes fueron educadores. (Foto: M. Meléndez).

—¿Cuáles son las principales diferencias en la formación de los maestros de la década de 1920 del siglo XX y los actuales?

— Se debe recordar que a principios del siglo anterior, la preocupación principal en materia educativa era la escuela primaria.

Fundamentalmente, los maestros eran formados en la Escuela Normal (que inicia en 1915), teniendo como perfil de entrada, apenas su propia preparación primaria. Eso hace que la Normal, dedique mucho de su esfuerzo a desarrollar en esos jovencitos de 15 o 17 años, lo que en la actualidad llamamos “competencias”.

Se dedicaban cuarenta y ocho horas por semana, durante tres años, al desarrollo integral de los maestros: Pulir su ortografía y su redacción, madurar sus actitudes en el trato con los niños, conocer las teorías de aprendizaje que se desarrollaban en Europa y Estados Unidos. Por las tardes y noches se organizaban actividades para mejorar su conocimiento general, para que tuviesen contacto con el arte y la cultura.


“ Si comparamos esta realidad con la actual, solamente el tiempo de formación se ha reducido significativamente. Pero también debe decirse que hay –en mi opinión– demasiada dispersión. La formación universitaria de maestros, quiso creer que muchas de esas “competencias” de carácter general iban a ser desarrolladas por la secundaria: la redacción, la ortografía, la capacidad de análisis, el manejo de las matemáticas o de la geografía, son algunos ejemplos. Pero esto no resulta así. Las universidades dedican esfuerzos a desarrollar habilidades que, de por sí, debían ser resultado de la secundaria.

“ Otra diferencia significativa, se relaciona con la figura del maestro en la comunidad. A principios de siglo pasado, los maestros sabían que estaban siendo formados para ser agentes de cambio. Su rol en la comunidad era claro y ejemplarizante. Ahora, esta función no está tan clara”.

—¿Qué sobresale al estudiar los diarios de clase de una maestra de los años treinta del siglo pasado?

— Fundamentalmente, dos cosas: el dominio de la corriente pedagógica de “los centros de interés”, de tal manera que las asignaturas “giraban” en torno a estos centros, que podían ser, por ejemplo, el agua, los alimentos, los volcanes.
“ La segunda es un pulcro detalle en la sistematización de la labor docente.

El maestro estaba pendiente de cada uno de sus estudiantes: su asistencia, su desarrollo como persona, su familia. Y disfrutaba generando innovaciones y escribiendo sobre ellas. En la actualidad, aunque existen maestros innovadores y comprometidos, se ven agobiados por la carga de trabajo y por las condiciones que les impone un ritmo de vida, que no les permite dedicarse de manera exclusiva a su función docente”.

—¿ Qué tipo de formación recibían estos maestros? ¿Y qué tipo de formación daban ellos a sus alumnos?


— La formación era eminentemente práctica. Aunque se conocían las grandes teorías, la formación se centraba en el desarrollo de habilidades pedagógicas. En tres años, a tiempo completo, se mejoraba la grafía, se desarrollaba el gusto por la matemática, se aprendía a organizar actividades –giras, experimentos científicos– para los niños, a cuidar su salud y su nutrición (que también eran tareas del maestro).

“ La docencia en las aulas, era bastante enciclopédica. Los contenidos eran, en muchos casos, una forma de abrir los ojos de nuestros niñitos campesinos a nuevos mundos. También se desarrollaban vínculos afectivos muy fuertes entre los niños y sus maestros”.

En el diario de clase, los maestros graduados de la normal, llevaban una bitácora detallada de todas las actividades con sus alumnos, incluso las desarrolladas fuera del aula, como esta gira hecha al barrio San Francisco de Heredia en 1934. (Foto: M. Meléndez).

—¿Cuáles son los orígenes de la formación que se brindó a estos profesionales de la educación?


— Las influencias fuertes de los grandes maestros que tuvieron la oportunidad de viajar a Europa y poner en práctica, al llegar al país, lo que aprendieron. Las teorías de Decroly, de Montessori, de John Dewey fueron decisivas en esos años.

—¿Cuándo dejó de funcionar el sistema educativo integral que promovió Omar Dengo?


— No se puede hablar de un momento en particular. Me atrevería a señalar dos fenómenos con importante incidencia: Por un lado, la masificación de la primaria en los años sesenta, hizo que la importancia radicara más en la cantidad que en la calidad. Por otro, la relevancia que poco a poco se fue dando a los contenidos, más que al desarrollo integral de las personas.


—¿ Cómo ve usted la formación que reciben hoy los niños en las aulas?

— No se puede generalizar. La realidad que vive una escuelita rural, alejada del Valle Central, es muy diferente de lo que se vive en una privada de San José.
Lo que sí es general, es una preocupación desmedida por las Pruebas Nacionales, que, lamentablemente, están evaluando el dominio de contenidos y algunas destrezas. Aunque es importante esta evaluación, el desarrollo de valores, de actitudes ciudadanas, es tema de segundo orden.


— Usted tiene amplia experiencia en formación de educadores, ¿qué hace falta en los programas actuales de quienes se preparan para ser docentes?

— Fundamentalmente, creo que falta tiempo. La formación de docentes, es uno de los mercados más amplios de las universidades privadas que cada vez acortan más los periodos de formación. Esto repercute directamente en las universidades públicas, pues los futuros docentes desean ingresar a trabajar lo antes posible, presionando por acortar esos tiempos.

“ También falta más experimentación. Las respuestas a los cambios acelerados en el desarrollo de un país, no están escritas en ningún libro. La formación de docentes debería ser –y las universidades públicas trabajan en ello– un laboratorio que de respuestas satisfactorias a esos cambios”.


—¿ Ha ocurrido lo mismo en la educación secundaria? ¿Por qué?

— La educación secundaria en nuestro país es el segmento más desafortunado de todo el sistema educativo. No ha habido claridad de lo que se espera que haga la secundaria: ¿Prepara para la universidad, prepara para el trabajo o para la vida? ¿Cuál de estas tareas ha logrado hacer con excelencia?

“ Con el agravante de que trabaja con el ser humano en una etapa del desarrollo que se considera delicada: la adolescencia. En mi opinión, el error más grave de la secundaria es ignorar esa realidad: debe trabajar con adolescentes. Eso significa que los muchachos son inquietos, son desafiantes, les importan mucho sus compañeros, están tratando de afirmar sus creencias, sus valores, sus sentimientos. Y los forzamos a comportarse como adultos. Toda la energía de la búsqueda por ser ellos mismos, en lugar de canalizarla, se trata de reprimirla.
“ Además, los jóvenes no ven claramente –nadie puede verlo- el objetivo de la secundaria. De ahí los altos índices de deserción, de repitencia”.

—¿Cree usted posible, en una Costa Rica sin proyectos nacionales de largo plazo, la implementación de una formación holística tanto para los educadores como los educandos?

— No es posible ningún proyecto de Educación Nacional, si no tenemos claro para dónde vamos.

“ Escoger una opción de desarrollo, significa renunciar a otras. Y en nuestro país somos muy renuentes a renunciar. No le decimos que no a nada, y eso hace que haya esfuerzos endémicos en muchas direcciones. Si tuviésemos sobrados recursos esto no sería un problema. Pero no los tenemos”.

—¿Qué se puede cambiar en las circunstancias actuales (me refiero a la ausencia de voluntad política de cambios sustanciales)?

—Se impone la necesidad de la evaluación del sistema educativo, con criterios de calidad. Más que a los niños o adolescentes. Evaluar las instituciones –tanto los centros educativos, como las universidades que forman docentes–, evaluar a los educadores, evaluar la articulación del sistema. Y una vez que nos impongamos una cultura de revisión, se deben tomar las decisiones que correspondan. Y hacer los esfuerzos para que todo mejore. Evaluar sin una consecuencia, no sirve de nada. Hay que tomar decisiones.


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