Edición 38Tierra de centenarios
Autor: Mauricio Meléndez Obando y Ramón A. Villegas Palma Este cantón parece reunir las condiciones ideales para llegar a los 100 años de edad Una versión anterior del tema se publicó en Revista Dominical de La Nación
¿Dónde se encuentra el secreto de la longevidad? ¿En la dieta y costumbres de la persona, en los genes que heredó de sus antepasados o en el cantón de Atenas, en la provincia de Alajuela? Según algunos de los ancianos que actualmente pasan de los 100 años, el secreto no está ni en el ADN ni en el lugar donde nacieron, “la receta fue el trabajo duro” y “la voluntad de Dios”. De acuerdo con los expertos, la longevidad se debe a diversos factores, los principales, según el genetista Bernal Morera Brenes, son los genéticos (puede haber varios genes relacionados), los ambientales (una dieta balanceada baja en grasas animales) y culturales (un trabajo físico constante –pero no entendido al estilo occidental moderno– y que el individuo, pese a su edad avanzada, sea parte importante en la toma de decisiones o en la enseñanza a otros miembros de la familia). Por supuesto que llegar a la edad mítica de Matusalén (800 años) es biológicamente imposible, pero sí es cierto que en la última centuria, con los avances en el tratamiento de enfermedades y la calidad de vida, permite que cada vez más personas rebasen los 90 años e inclusive pasen del siglo, como veremos en estos casos. Algunos, sin embargo, aseguran que la respuesta se encuentra en el excelente clima que –afirman– tiene el cantón de Atenas, adonde fue enviado en agosto de 1901 el obispo Bernardo Augusto Thiel “para encontrar alivio de la penosa enfermedad que le acometió a consecuencia de sus múltiples fatigosos trabajos”, según reza una circular publicada en El Mensajero del Clero ese mismo año, referencia más antigua sobre la bondad climatológica de este lugar. Sea cual sea la razón, en Atenas debe haber algo –genes, clima o ambos– que ha permitido alcanzar los 100 años a seis personas nacidas en ese cantón, actualmente vivas. Se trata, en orden de nacimiento, de doña Leonor Vargas González (30/3/1902), vecina de Itiquís de Alajuela; doña Graciela Molina Ramírez (21/8/1902), vecina de Fátima de Atenas; don Gabriel Vargas Arroyo (21/4/1903), vecino de Morazán de Atenas; doña Nina González Rojas (11/7/1903), vecina de Miramar, Puntarenas; don Reinaldo Arguedas Matamoros (11/9/1903), vecino de Atenas centro, y doña Rafaela Arguedas Sánchez (7/10/1903), también vecina de Atenas centro. La familia de doña Nina González Rojas no quiso brindar una entrevista. Además, tienen 99 años don Mario Arredondo Umaña (11/8/1904), nacido en Atenas, y doña Fe Matamoros Calderón, nacida en El Tigre de Puntarenas, aunque de familia ateniense de pura cepa. Ha habido otros ancianos que fallecieron de más 100 años en este cantón, cuya lista detallada (no exhaustiva) puede verse en el recuadro “Otros centenarios”.
Cada uno de ellos tiene su versión sobre el secreto o la receta de la longevidad, por supuesto, todos coinciden en que la voluntad de Dios los mantiene entre nosotros. Doña Graciela Molina Ramírez aseguró que “la receta fue el trabajo”; el suyo incluyó lavar ajeno, planchar ajeno (incluidas las engomadas con gomaperla), “guisar”, cuidar chiquitos y ayudar al marido con el trabajo de campo (“arrancar frijoles y coger café”). Además, infinidad de veces hizo de partera del pueblo. Una de las actividades preferidas de doña Chela, como la conocen en su barrio, es rezar, lo que la ha ayudado mucho en la vida de trabajo que ha llevado, y cuando se lo preguntamos dijo muy enfática: “Me van a perdonar ustedes, pero si me dicen a mí, hay un novenario, vamos de zacatado”.
También recordó que la única forma de ahorro que conoció fue el famoso “chanchito”, en el que depositaban la plata con que a fin de año compraban la ropa y los zapatos de los chiquitos. “Tengo muchos años y trabajé mucho; ahora no, pero si pudiera ahí andaría”, aseguró doña Graciela. Para doña Rafaela Arguedas Sánchez, “trabajar duro” la hizo llegar a esta edad; ella brindaba el servicio que hoy conocemos como catering y la fama de su buena cuchara todavía persiste; “yo hacía comida a quien me la encargara: picadillos, arroz con pollo, pollo sudado, pan casero, rosquetes (que mamá me enseñó a hacer), lomo relleno y tortillas con chicharrón (que les decíamos aliño)”. Además, afirma que es cuestión de familia pues su papá, don Felipe Arguedas, murió a los 98 años y su madre, doña Brígida Sánchez, a los 95. Tiene muy presentes aquellos tiempos cuando eran “chiquillos y locos” y “andaba andurriando con los amiguitos y amiguitas”, por supuesto, también recuerda muy bien las cocinadas que se daba pues trabajó más de 30 años en el colegio de Atenas. Afirma que sus “hijos fueron muy dulces y obedientes, y solo les daba una castigadita de cuando en cuando, con un chilillo”.
Cuando le preguntamos a don Gabriel Vargas Arroyo que cuál era el secreto para llegar a su edad, dijo: “Dios es el que lo hace, no hay secreto. La Biblia dice honra a tus padres y tendrás larga vida”. Su esposa, doña Libia Rojas, hizo énfasis en que don Gabriel siempre llevó una vida muy sana y ordenada, la que incluyó, por supuesto, mucho trabajo agrícola, el que empezó desde que tenía 12 años (sembraba maíz, café, maní, frijoles, arroz y caña). Al realizar la misma pregunta a don Reinaldo Arguedas Matamoros, contestó categóricamente: “Dios; no seguí ninguna receta; Tatica Dios me tiene aquí”. No obstante, su hija María Aurelia dice que a hijos y nietos les dice que uno de los secretos es el guaro... Don Reinaldo añadió que él trabajó toda su vida, desde los 10 años, cuando se dedicó a “bueyar”, trayendo madera del monte, piedra del río y hasta gente (la carreta era, entre otras cosas, el taxi rural de aquella lejana época).
“No habían inventado tantas máquinas”, dijo mientras explicaba que se dedicó a “bueyear” y “maderear” desde pequeño, cuando ayudó a traer el material –sobre todo piedra y madera– con que se construyó la iglesia de Atenas desde el Río Grande, por el camino de Boquerón. También viajaba a San Ramón, Naranjo y Palmares. Don Reinaldo recuerda con gran cariño al padre Ricardo Rodríguez Elizondo, con quien trabajó hasta que fue muerto durante la dictadura de los Tinoco. Rememoró que las principales diversiones en su juventud eran los turnos en los barrios, “montear” para ir “a coger tepescuintles y venados”. Entre las travesuras que más recuerda está el haberle amarrado las trenzas de su maestra –Etelvina Pérez– a la silla. Por su parte, doña Leonor Vargas Gonzalez asevera que Dios la tiene aquí, y por eso se resigna, pero que a nadie le desea llegar a los 100 años pues a esa edad “uno no tiene valor ni de estar parado pues el cuerpo no lo sostiene”. Como los demás, su vida fue de trabajo: “coger maíz, arrancar frijoles, sembrar maní, coger café, aporrear frijoles, tanatear maíz desde una peña para que lo treparan a una carreta, sembrar tabaco y hacer tamales y pan para vender”. Su madre la puso en la escuela cuando tenía siete años pero al día siguiente le dijo: “no, tenés que ponerte a trabajar en la cocina”, y hasta ahí llegó su educación formal...
Finalmente, don Libio Cervantes Vargas (vivo al momento de la entrevista y publicación de la Revista Dominical, pero fallecido el 31 de agosto de 2003) dijo que trabajar también ha caracterizado su vida y quizá, por eso, piensa él, llegó a esa edad. Sin embargo, dicen sus hijos que don Libio siempre recomienda el guaro “como el néctar de la vida” y el ron colorado como “la leche de los viejos”... Y cuando alguien tenía un dolor de cabeza o un problema le recomendaba jocosamente: “¡Tomáte uno, tomáte!” (y hacía la señal de empinar la botella). Don Libio, quien hubiera deseado estudiar, explicó detalladamente su historia: “En esos tiempos, a mí me sacaron de la escuela para ponerme a trabajar oficios de campo, machete, cuchillo, bueyes y hacha; no estudié nada, nada estudié; después aprendí a trabajar en panadería, fue lo único que me salvó un poco; pero siempre en la juventud trabajaba uno oficios ordinarios de campo, picar leña, hacha, cuchillo y machete”. Y añadió: “Eso no dependía de uno sino de los tatas de uno; solo era yo de hombre en la casa y mi mamá le dijo a Juan Trigueros que ella no quería un vago en la casa y que tenía que ir a trabajar... La vida tiene tanta cosa... Cada cabeza es un mundo y cada uno piensa cosas distintas.” Cuestión de familia Aunque todavía no se ha descubierto un gen (o genes) de la longevidad, este parece ser factor determinante, quizá algún día estas personas nos ayuden a comprender dónde está el código para una larga vida. En un análisis somero, se pudo determinar que don Reinaldo Arguedas Matamoros fue primo hermano de doña Brígida Sánchez Arguedas, madre de doña Rafaela Arguedas Sánchez. Asimismo, doña Nina González Rojas, don Reinaldo y doña Rafaela son parientes cercanos por González (doña Juana González Salazar, abuela de Reinaldo y bisabuela de Rafaela, fue hermana carnal de don Joaquín González Salazar, abuelo de Nina). Por otra parte, doña Dionisia Vargas Ugalde, abuela materna de don Libio Cervantes Vargas, era hermana carnal de doña María Manuela Vargas Ugalde, abuela materna de don Reinaldo Arguedas Matamoros. Doña María Rojas Rojas, madre de doña Nina, y Fulgencio Gencho Rojas Rojas, padre de doña Libia Rojas Sánchez (esposa de don Gabriel), eran hermanos carnales. Además, como nota curiosa, doña Libia fue hija de Mariquita Sánchez Ramírez, quien fue hermana de Heliodora y Emilia Sánchez Ramírez, las tres hijas de Francisca Ramírez López (estas últimas tres llegaron también a los 100 años). (Véase recuadro: “Otros centenarios”). Destaca también el parentesco que hubo entre Lila Rodríguez Rojas (1895-1995) y Nelly Jenkins Rojas (1900-2002), quienes fueron primas hermanas. Además, varias hermanas de doña Nelly superaron los 95 años y doña Lila fue cuñada de las Ramírez Sandoval, quienes también murieron de más de 95 años. Don Jesús González Espinoza (1900-2001) perteneció a una familia de longevos, pues varios de sus hermanos murieron de más de 95 años. Es posible que con un estudio más profundo se puedan hallar otros parentescos entre todas estas personas centenarias, la mayoría nativas de Atenas. Anecdotario Las anécdotas que 700 años de vida han generado podrían llenar cientos de páginas, por lo que aquí solo contaremos dos de las que estos ancianos cuentan a los casi 750 descendientes que llevan su sangre. (Véase detalle de los descendientes en el recuadro: “Creced y multiplicaos” ). Doña Leonor Vargas cuenta que una vez uno de sus hijos, de cinco años entonces, le preguntó que de dónde lo habían sacado a él; ella le respondió: “De esa poza que está ahí” (señalando La Vainilla); tras escuchar la respuesta, dos de sus hijos se fueron a la poza a ver si veían los niños que salían de ella; al llegar y asomarse, vieron el reflejo de dos niños, entonces, sorprendidos, se decían mutuamente “¡mirálos donde están y se mueven!”, mientras corrían de un lado a otro para ver dónde estaban los chiquitos de la poza La Vainilla... Después de varias horas, don Juan Rafael, el extrañado padre, tuvo que ir a buscarlos... no fuera a ocurrir algún accidente. Por su parte, don Reinaldo Arguedas cuenta que una vez lo dejaron de guarda en un bailongo, cuando estaba adolescente, pero como él no podía participar y estaba ya cansado, decidió poner picapica en la puerta de entrada para que todos se fueran más rápido... Al rato, la gente se retorcía con violencia pero no precisamente por la música. Cuando se dieron cuenta de lo que había pasado, comenzaron a perseguir a don Reinaldo con claras intenciones de apalearlo... Por suerte, logró escabullirse a tiempo.
Don Libio Cervantes siempre tuvo un carácter afable y buen sentido del humor, sus hijos contaron que una les prometió que dejaría de tomar guaro... A los días, llegó totalmente ebrio y sus hijos le reclamaban: “¡Papá, usted prometió que dejaría de beber guaro! ¿Qué pasó con su promesa?” A lo que don Libio respondió: “No tomé un solo trago de guaro... pura cerveza, nada más...” Sus hijos recuerdan que cuando lo regañaban o le discutían por alguna razón, su padre solía responderles: “Eso fue cuando las culebras andaban paradas... Eso ya pasó”. Doña Rafaela Arguedas contó que en una ocasión fueron a bañarse a un río muy caudaloso de Esparza pero ahí se llevó un susto tremendo cuando una culebra –grande y larga– le subió por la espalda... Pero uno de sus hermanos se la quitó y comprobaron que era inofensiva pues su padre les dijo que era una “mecasoyata”. Definitivamente, en estos ancianos parecen confluir los factores que permiten a una persona alcanzar edades avanzadas y quedará para investigaciones médico-científicas la resolución a la pregunta con que iniciamos nuestro artículo. Estudio científico Para tratar de determinar si hay factores hereditarios vinculados a la longevidad por línea materna, la costarricense Lorena Madrigal, profesora e investigadora de la Universidad del Sur de la Florida, EE. UU., dirige actualmente el proyecto “La herencia de longevidad inusual: un estudio diacrónico”. El proyecto empezó en enero de 2004 y es financiado por el Instituto Nacional de Salud de los Estados Unidos, por medio del Institute of Aging. Se pretende determinar si el material genético (ADN) de los costarricenses del Valle Central se puede relacionar con la longevidad (o expectativa de llegar a edad muy avanzada). Particularmente, los participantes –que donarán una muestra de sangre– deben ser mayores de 18 años y tener una ascendencia por línea exclusiva de madre de raigambre antigua en el Valle Central, pues el material genético que se analizará es el ADN mitocondrial, que solo transmiten las mujeres a sus hijos en líneas sucesivas de mujer. Sin embargo, pueden participar hombres y mujeres pues todos tenemos ADN mitocondrial, aunque los hombres no transmiten a sus descendientes este tipo de código genético. Para empezar, el estudio se ha focalizado en los cantones de Atenas y Palmares, pero incluirá personas de otros cantones del Valle Central. Dos genealistas (Ramón Villegas y Mauricio Meléndez) trazarán la ascendencia por línea materna exclusiva hasta donde las fuentes lo permitan, determinando nacimiento y defunción de las antepasadas de la persona, así como la cantidad de hijos (mujeres y varones) de cada una de ellas. Para ello, se consultarán las principales fuentes del Archivo Histórico Arquidiocesano Bernardo Augusto Thiel, del Archivo Nacional y del Registro Civil. Antes de investigar en los archivos, se entrevista al participante acerca de su familia materna para tener un punto de partida en la elaboración de la genealogía. Lorena Madrigal empezó estudios de antropología en Costa Rica y los concluyó en Estados Unidos, luego se doctoró en antropología biológica y se ha especializado en genética de población y demografía histórica. Ramón Villegas se graduó en la enseñanza de la matemática en la Universidad Nacional de Costa Rica y cuenta con amplia experiencia en investigación genealógica para proyectos genéticos. Mauricio Meléndez se graduó en filología española por la Universidad de Costa Rica y es egresado de la Maestría en Lingüística de la misma universidad; cuenta con amplia experiencia en investigación histórico-genealógica, está encargado de la columna Raíces. Los tres han publicado diversos estudios en revistas especializadas en las áreas de su interés. Colaboraron Emérita Arce, Alvaro Rojas, Alicia Palma, Henry Rojas y Ana Isabel Herrera. Glosario |
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