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El Papa sembró fe y esperanza en Cuba
Algo extraordinario ha ocurrido en Cuba. Las iglesias, usualmente vacías, se colmaron de fieles. Los bautizos, esporádicos por décadas, alcanzaron números sin precedentes. Y signos visibles de la filiación católica aparecieron en las ventanas de los hogares, demostración inédita en un régimen cuyo único culto permisible había sido la adulación permamente de Fidel Castro. Un joven habanero, interrogado por la televisión estadounidense sobre la razón de aquel repentino fervor religioso, respondió emocionado: "El enviado del cielo llegó a Cuba." Sí. El Papa trajo un hálito renovador para el sufrido conglomerado cubano que, súbitamente, reencontró sus raíces espirituales y, con ellas, la fe en el Creador y una fuente de esperanza. Cada oración ha deparado un desahogo de la opresión imperante, un espacio recién conquistado de autonomía individual que se amplía con cada invocación al Todopoderoso. Efecto multiplicador. El efecto multiplicador de la libertad suele escapar al cálculo totalitario. Pequeños espacios se refuerzan unos a otros y nutren crecientes aperturas hasta alcanzar un ímpetu incontenible. Así sucedió en Polonia y asoma ahora en Cuba gracias a Juan Pablo II. Apóstol de la libertad, su mensaje ha derribado las cárceles del pensamiento erigidas alrededor del mundo por la propaganda atea y la persecución religiosa. Fidel subestimó la dinámica libertaria que pondría en marcha la visita del Papa. Posiblemente estimaba poder cerrar a su antojo las compuertas abiertas por la gira. Igual pensaron antes otros tiranos, de pronto arrollados por la fuerza imparable del fervor espiritual. Pero las ganancias del evento lucían poderosamente atractivas para una autocracia ávida de dólares y urgida de lavarse el rostro en el extranjero. Los dividendos obtenidos excedieron las expectativas. Una lluvia de fondos fue generada por tres mil reporteros pertenecientes a 500 organizaciones noticiosas internacionales y la legión de turistas que vinieron para la ocasión. No sobra señalar que, con olfato capitalista, el régimen duplicó y hasta triplicó los precios del alojamiento y muchos otros servicios. Y, por supuesto, Fidel no desperdició momentos para aprovechar la atención de las cámaras en la presencia del Papa. Ultimamente, y haciendo gala de verdaderos malabarismos retóricos e ideológicos, se comparó con un "santo de la Iglesia" y trazó supuestos paralelos entre la revolución marxista y los Evangelios. Sin embargo, la agenda de la gira papal era muy clara y directa: despejar obstáculos a la acción de la Iglesia. El precio de la ansiada visita consistía, ni más ni menos, en permitir reanudar la evangelización de la isla. Con tal fin Castro hizo importantes concesiones: más eclesiásticos del exterior para realizar tareas apostólicas y sociales, autonomía de las diócesis en el manejo de sus propias obras de solidaridad e, incluso, acceso a los medios de comunicación. Las bases también quedaron sentadas para avanzar en la educación religiosa, labor urgente en un país donde las generaciones más jóvenes tienen poco o ningún conocimiento sólido de la fe cristiana y en el que los cultos y rituales de la santería son practicados por un sector considerable de la población. Dichas aperturas revisten fundamental importancia en una sociedad sojuzgada por el férreo estalinismo de Castro. Desde luego, para él los márgenes de tolerancia son arbitrarios y todo hace suponer que procurará mantener cuidadosamente limitadas y dosificadas las concesiones estipuladas con el Vaticano. A ello se suma que, diferente del caso de Polonia, la Iglesia cubana ha sido hasta ahora institucionalmente pequeña (260 sacerdotes para una población de 11 millones) y no posee una tradición de oposición política activa frente a la dictadura. Triunfo de la libertad. Pero los riesgos para el gobierno castrista son también considerables. El mensaje de libertad fue reiterado por el Papa a lo largo de la gira. Fue un llamado a la verdad, una exhortación constante a los cubanos para convertirse en protagonistas de "su propia historia personal y nacional". E incansablemente Juan Pablo II enfatizó las enseñanzas sobre la misión sagrada de cada individuo en el mundo, la grandeza de su destino y la inviolable dignidad del ser humano. Esos postulados conforman derroteros insoslayables para la ciudadanía cubana. Y la historia reciente demuestra que concesiones como las pactadas por Fidel para concretar el viaje del Papa inevitablemente conducen a desquiciar el orden totalitario existente. Son, por decirlo así, ejercicios de oportunismo táctico que acaban por socavar los muros de la intolerancia. Porque una vez que atisban horizontes de libertad, los pueblos sometidos no desisten hasta haber realizado sus aspiraciones, lo cual, lógicamente, significa el final del totalitarismo. Es la naturaleza humana. Y nadie parece entender mejor los alcances de esa voluntad que el Papa viajero. Cuando se realice el balance final del presente siglo, el Papa Wojtyla habrá de emerger como una figura esencial en la victoria de la libertad sobre el totalitarismo. Clave en el colapso del comunismo en Europa Oriental, ha dado pasos realmente revolucionarios, desde condenar repetidamente el antisemitismo hasta impulsar el diálogo con diversas vertientes cristianas. Quizás también dicho balance contenga un desenlace feliz y enaltecedor para el execrable capítulo del castrismo. En cualquier caso, Cuba ya no será igual a partir de la memorable visita de Juan Pablo II.
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