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DISCURSOS
>> Mensaje
de Su Santidad Juan Pablo II a la juventud costarricense, el 3
de marzo, en el Estadio Nacional.
Alocución a los jóvenes
El futuro
de América Central estará en vuestras manos; lo está ya
en parte. Procurad ser dignos de tamaña responsabilida
Mis queridos jóvenes:
1. En mi visita apostólica
a esta área geográfica me encuentro hoy con vosotros,
jóvenes de Costa Rica aquí presentes; y a través
de los medios de comunicación, también con los de los
otros países que visitaré en los próximos días.
Tanto a los que os halláis en este estadio como a los ausentes,
pero unidos afectivamente a nosotros, os expreso mi gran alegría
de estar con vosotros y os doy mi saludo más cordial de amigo
y hermano.
Vengo a compartir con vosotros esta fraterna experiencia humana y eclesial,
y a deciros una palabra que estoy seguro tendrá un fuerte eco
en vuestro corazón generoso: Cristo, el eternamente joven, os
necesita y os convoca en la Iglesia, “verdadera juventud del mundo” (Concilio
Ecuménico Vaticano II, Mensaje a los jóvenes, 6).
Al concluir el Concilio Vaticano II, su último mensaje fue dirigido
precisamente a los jóvenes, a vosotros “los que vais a recibir
la antorcha de manos de vuestros mayores y a vivir en el m unido en el
momento de las más gigantescas transformaciones de su historia” (Ibid,
1).
Con gran confianza dijeron entonces los padres conciliares: “Sobre
todo para vosotros los jóvenes, la Iglesia acaba de alumbrar en
su Concilio una luz, luz que alumbrará el porvenir” (Ibid,
2).
Como este mensaje es de impresionante actualidad, me parece oportuno
entretenerme aquí con vosotros sobre el mismo, para examinar cómo
puede iluminar mejor vuestro camino y ayudaros a responder al grave compromiso
que tenéis como fermento y esperanza de la comunidad humana y
de la Iglesia.
2. Sé que con frecuencia os preguntáis acerca de cómo
vivir vuestra vida de manera que valga la pena; cómo comportaros
de modo que vuestra existencia esté llena y no caiga en un vacío;
cómo hacer algo para mejorar la sociedad en la que vivís,
saliendo al paso de los graves males que sufre y que repugnan a vuestra
sed de sinceridad, de fraternidad, de justicia, de paz, de solidaridad.
Sé que deseáis ideales nobles, aunque cuesten, y no queréis
vivir una vida gris, hecha de pequeñas o grandes traiciones a
vuestra conciencia de jóvenes y de cristianos. Y sé también
que para ello estáis dispuestos a adoptar una actitud positiva
frente a vuestra propia existencia y a la sociedad de la que sois miembros.
No basta, efectivamente, contemplar los tantos males
que descubrís
en derredor vuestro, o lamentarlos pasivamente. No basta tampoco criticarlos.
Ni aportaría solución alguna declararse impotentes o vencidos
ante el mal y dejarse llevar por la desesperanza. No, no es ese el camino
de solución.
Cristo os llama a comprometeros a favor del bien, de la destrucción
del egoísmo y del pecado en todas sus formas. Quiere que construyáis
una sociedad en la que se cultiven los valores morales que Dios desea
ver en el corazón y en la vida del hombre. Cristo os invita a
ser hijos fieles de Dios, operadores de bien, de justicia, de hermandad,
de amor, de honestidad, y concordia. Cristo os alienta a llevar siempre
en vuestro espíritu y en vuestras acciones la esencia del Evangelio:
el amor a Dios y el amor al hombre (cf. Mt. 22,40).
Porque sólo de esta manera, con esa comprensión de la profundidad,
del hombre a la luz de Dios, podréis trabajar con eficacia para
que “esa sociedad que vais a construir respete la dignidad, la
libertad, el derecho de las personas, y esas personas son las vuestras” (Con.
Ecum. Vat II, Ibid, 3). Las vuestras y las de quienes –no lo olvidéis
nunca- son hijos de Dios, y llevan asimismo el exigente nombre de hermanos
vuestros.
3. Este camino de empeño a favor del hombre no es fácil.
Trabajar por elevarlo y ver siempre reconocida y respetada su dignidad,
es tarea muy exigente. Par perseverar en ella es necesaria una motivación
profunda, una que sea capaz de superar el cansancio y el escepticismo,
la duda y aun la sonrisa de quien se asienta en su comodidad o ve como
ingenuo a quien es capaz de altruismo.
Para vosotros, jóvenes cristianos, esa motivación de fondo,
capaz de transformar vuestras acciones, es vuestra fe en Cristo. Ella
os enseña que vale la pena esforzarse por ser mejor; que vale
la pena trabajar por una sociedad más justa; que vale la pena
defender al inocente, al oprimido, al pobre; que vale la pena sufrir
para atenuar el sufrimiento de los demás, que vale la pena dignificar
cada vez más al hombre hermano.
Vale la pena, porque ese hombre no es el pobre ser que vive, sufre, goza,
es explotado y acaba su vida con la muerte; sino que es un ser imagen
de Dios, llamado a la amistad eterna con El: un ser que Dios ama y quiere
que sea amado.
Si quiere que no sólo sea respetado –que es el primero y
básico paso- sino que sea amado por sus semejantes.
Esta es la meta altísima a la que nos llama nuestra fe cristiana.
Este es el camino que lleva al corazón del hombre y que pasa por
la complacencia de Dios en él. Por eso el Concilio se preocupaba
de que la sociedad deje expandir su tesoro antiguo y siempre nuevo: la
fe (Ibid, 4).
4. La Iglesia confía en que sabréis ser fuertes y valientes,
lúcidos y perseverantes en ese camino. Y que con la mirada puesta
en el bien y animados por vuestra fe, seréis capaces de resistir
a las filosofías del egoísmo, del placer, de la desesperanza,
de la nada, del odio, de la violencia (Ibid, 4). Conocéis los
frutos amargos que produce. ¡Cuántas lágrimas, cuánta
sangre derramada por causa de la violencia, fruto del odio y del egoísmo!
El joven que se deja dominar por el egoísmo, empobrece sus horizontes,
rebaja sus energías morales, arruina su juventud e impide el adecuado
crecimiento de su personalidad. En cambio, la persona auténtica,
lejos de encerrarse en sí misma, está abierta a los demás,
crece, madura y se desarrolla en la medida en que sirve y se entrega
generosamente.
Detrás del egoísmo aparece la filosofía del placer.
Cuántos jóvenes, por desgracia, son arrastrados por la
corriente del hedonismo, presentado como un valor supremo; ello los lleva
al desenfreno sexual, al alcoholismo, a l droga y a otros vicios que
destruyen su fuerza ardorosa y debilitan su capacidad para afrontar las
reformas que son indispensables en la sociedad.
Natural consecuencia del egoísmo y del placer absolutizado es
la desesperanza que lleva a la filosofía de la nada. El joven
auténtico cree en la vida y rebosa esperanza. Está convencido
de que Dios lo llama en Cristo a realizarse integralmente, hasta la estatura
del hombre perfecto y la madurez de la plenitud (cf. Ef 4,13).
5. Y ¿qué deciros, amados jóvenes, de los horrores
del odio y la violencia? Es una triste realidad que, en este momento,
gran parte de América Central está cosechando los amargos
frutos de la semilla sembrada por la injusticia, por el odio y la violencia.
Ante esta dolorosa situación de muerte y enfrentamiento, el papa
siente la imperiosa necesidad de repetir ante vosotros, jóvenes,
la palabra de Cristo: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis
los unos a los otros” (Jn, 13,34). Y también la palabra
solemnemente pronunciada por mi Predecesor Pablo VI en Bogotá: “La
violencia no es cristiana ni evangélica” (Disc. Del 23 de
agosto 1968).
Sí, vosotros, amadísimos jóvenes, tenéis
la grave responsabilidad de romper la cadena del odio que produce odio,
y de la violencia que engendra violencia. Habéis de crear un mundo
mejor que el de vuestros antepasados. Si no lo hacéis, la sangre
seguirá corriendo; y mañana, las lágrimas darán
testimonio del dolor de vuestros hijos. Os invito pues como hermano y
amigo, a luchar con toda la energía de vuestra juventud contra
el odio y la violencia, hasta que se restablezca el amor y la paz en
vuestras naciones.
Vosotros estáis llamados a enseñar a los demás la
lección del amor, del amor cristiano, que es al mismo tiempo humano
y divino. Estáis llamados a sustituir el odio con la civilización
del amor.
Esto lo podréis realizar por el camino espléndido de la
amistad auténtica, de la que lleva siempre a lo más alto
y noble; de la amistad que aprendéis de cristo, que ha de ser
siempre vuestro modelo y gran amigo. Y rechazando con gallardía
a cuantos recurren al odio y sus manifestaciones como instrumentos para
forjar una nueva sociedad.
6. El mensaje del Concilio os invita también a no ceder al ateísmo,
fenómeno de cansancio y de vejez (Ibid, 4). Ante él, vosotros
jóvenes vigorosos, debéis afirmar la fe “en lo que
da sentido a la vida: la certeza de la existencia de un Dios justo y
bueno” (Ibid.).
Debéis manifestar en vuestra vida esa fe,
enriqueciendo a otros con un testimonio vivido, alegre, esperanzado
y esperanzador, que contagie
a quien os mira. Vuestro testimonio cristiano, juvenil y valiente, capaz
de pisotear el respeto humano, tiene gran fuerza evangelizadora.
Esta debe ser vuestra actitud de vida. Si sois fieles a este programa,
sentiréis el gozo de quien lucha y sufre por el bien; de quien
da a los demás la razón de su esperanza; de quien renueva
constantemente su juventud interior; de quien ante un mundo que lo busca,
quizá sin saberlo, grita un mensaje de optimismo: también
en nuestros días, Jesús de Nazaret sigue siendo la fuente
e inspiración de la verdad, de la dignidad, de la justicia, del
amor.
7. Mis queridos amigos: Sé, por mi experiencia como profesor
universitario, que os gustan las síntesis concretas. Es muy sencilla
la síntesis-programa de lo que os he dicho: Se encierra en un
No y un Sí:
No al egoísmo;
No a la injusticia;
No al placer sin reglas morales;
No a la desesperanza;
No al odio y a la violencia;
No a los caminos sin Dios;
No a la irresponsabilidad y a la mediocridad.
Sí a Dios, a Jesucristo, a la Iglesia;
Sí a la fe y al compromiso que ella encierra;
Sí al respeto de la dignidad, de la libertad y de los derechos
de las personas;
Sí al esfuerzo por elevar al hombre y llevarlo hasta Dios;
Sí a la justicia, al amor, a la paz;
Sí a la solidaridad con todos, especialmente con los más
necesitados;
Sí a la esperanza.
Sí a vuestro deber de construir una sociedad mejor.
8. Recordad que para vivir el presente hay que mirar
al pasado, superándolo
hacia el futuro.
El futuro de América Central estará en vuestras manos;
lo está ya en parte. Procurad ser dignos de tamaña responsabilidad.
Que Cristo Jesús os inspire siempre con su palabra y ejemplo.
Acogedlos con generosidad, con entusiasmo, y ponedlos en práctica.
Atended el consejo del Apóstol Santiago: “Poned por obra
la palabra y no os contentéis sólo con oírla, engañándoos
a vosotros mismos.
Porque si alguno se contenta con oír la palabra sin ponerla por
obra, ese se parece al que contempla su imagen en un espejo: se contempla,
pero yéndose se olvida de cómo es” (Sant 1, 22-24).
La Bendición de Dios y mi oración os acompañarán
en esta tarea. Que la Virgen María, la Madre de Cristo nuestro
Salvador, sea vuestra compañera, vuestra hermana, vuestra amiga,
vuestra confidente, vuestra madre, hoy y siempre. Así sea.
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