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DISCURSOS
>> Mensaje
del papa Juan Pablo II a los obispos de América Central
durante la reunión que tuvieron en el Seminario Central,
el 2 de marzo último, a pocas horas de su arribo a Costa
Rica.
A los obispos de América Central
Pueblos
que tienen derecho a la paz y a la justicia, se ven sacudidos por
luchas inhumanas, por el odio, la venganza
Queridos hermanos en el Episcopado:
1. “Ubi charitas et amor Deus ibi
est”: donde reina la caridad y el amor allí está Dios.
Es el Señor quien hoy, al comienzo de mi visita apostólica
a América Central, Belice y Haití nos reúne en
su amor, conformándonos, como en la comunidad primitiva, en “un
solo corazón y una sola alma” (cf. He 1,14).
Como signo de particular benevolencia y comunión con vosotros,
Pastores de la grey de Cristo, he querido que esta peregrinación
de amor, de reconciliación, de paz, que movido por el Espíritu
Santo y por la solicitud hacia todas las Iglesias (Cf. 2 Cor 11,28) he
emprendido, se abriera con este encuentro. Es el encuentro fraterno del
Sucesor de Pedro con los sucesores de los Apóstoles, y el de todos
con el Pastor de los Pastores, Jesucristo.
Os saludo pues con gran afecto, y en vosotros saludo también con
cariño a todos y cada uno de los miembros de vuestras respectivas
diócesis y de todas las naciones y pueblos de América Central,
hermanos entre sí por tantos títulos.
A lo largo de estos días quiero, como San Pablo, anunciar a Cristo
crucificado, muerto y resucitado (Cf. 1 Cor 1,23; 15,3 s.), en quien
reside en nuestra unidad, nuestra esperanza y en quien tenemos la vida
en plenitud. Es la Palabra viva del Evangelio la que debe caer, una vez
más, como semilla fecunda sobre esta tierra buena de nuestros
pueblos.
Durante mi visita a los diversos Países me propongo desarrollar
algunos temas que considero más importante sen el actual momento
histórico de vuestras amadas Iglesias particulares. Quiero hablar
con corazón de padre y afecto de hermano a todo el Pueblo de Dios.
Y como la visita quiere tener el carácter unitario que imponen
las mismas condiciones externas, lo que en cada etapa o lugar exprese
a un sector eclesial, lo dirijo a ese mismo sector de toda América
Central y, más ampliamente, de América Latina. En esa enseñanza
global hallará también un nuevo motivo de radical unidad
en Cristo el amplio mosaico formado con cada una de vuestras Iglesias
locales, esparcidas en las varias naciones. Y que en el único
Señor están vinculadas inseparablemente a la Iglesia universal.
2.
La existencia de quien cree que Jesús es el Señor (Cf.
Flp 2,11) sólo puede desarrollarse en un diálogo de amor,
en el cual es El, Jesucristo, quien tomó la iniciativa. Este diálogo
ha de tener la actitud de servicio para el cual El nos eligió (Cf.
Jn 15,16).
En efecto, en el centro de nuestra elección como pastores de
su Iglesia y del envío para anunciar el Evangelio, está la
pregunta que el Señor hizo a Pedro: “¿Simón,
hijo de Juan, me amas?” (Jn 21,15). Es la pregunta que formula,
en cierta forma, a cada Obispo. Porque sólo en el amor nos es
posible entender nuestra vocación eclesial, Y nuestro servicio
a los hermanos tiene su punto de partida en nuestra unidad con el Señor,
del cual somos sacramento (Cf. Lumen gentium, 21), embajadores (Cf. 2
Cor 5,20), no obstante que llevamos el aroma de Cristo en vasos frágiles
(Cf. 2 Cor 4,7).
El diálogo de amor en el Señor que nos permite decir con
plena sinceridad, a pesar de nuestra flaqueza: “Señor, tú sabes
que te amo” (Jn 20,16), está a la raíz de la confianza
con la que El pone bajo nuestro cuidado las comunidades eclesiales. Es
este un compromiso de fidelidad, fuente asimismo de fecundidad, de energía
pastoral. Porque nuestra fortaleza no proviene del peso de las armas,
sino del Evangelio. Por ello ya en el discurso inaugural de la Conferencia
de Puebla os hacía presente cómo podrías aportar,
porque no es esa vuestra misión, sino la calidad de Pastores.
Es lo que ahora os repito: que os esmeréis en ser guías
y dechados de la grey (Cf. 1 Pe 5,3) y que, como Jesús, sepáis
ser los buenos Pastores que vais siempre delante de vuestros fieles,
para mostrarles el camino seguro, curar sus heridas y miserias, sus divisiones
y caídas, y reconciliarlos en una nueva unidad en el Señor,
quien no cesa de convocar a la unidad en El.
3. Unidad en la Iglesia.
El Señor Resucitado reúne a la Iglesia. Ella es sacramento
de comunión (Cf. Gaudium et spes, 42), “koinonia”,
comunión en torno al Resucitado: “Que todos sean uno, como
Tú, Padre, en mí y yo en Ti” (Jn 17,21). ¡Qué admirable
llamada a la unidad, la víspera de su pasión! No se trata
de una unidad resultado de artificios y componendas, de cálculos
de la suma de transacciones indebidas, No es la unidad lograda a costa
de diluir la identidad. No es tampoco la simple asociación externa
de mera convivencia. S la unidad en su forma más plena y perfecta
la que nos es propuesta como ejemplo: la del Hijo con el Padre (Cf. Jn
10,30). Es unidad de amor, de comunicación, de entrega; unidad,
en una palabra, afectiva y efectiva.
Vosotros sois en la Iglesia, lo recuerda el último Concilio, “principio
de unidad” (Cf. Lumen gentium, 23).El eje y la fidelidad de la
misión de Pastores es ser instrumentos de unidad en la comunidad.
Vuestra realidad de Maestros está orientada hacia la unidad en
la fe. La Iglesia es comunidad de creyentes, es decir, de quienes participan
de una misma fe. Y para tutelar y enriquecer la unidad de la fe en la
comunidad y, por lo tanto, la identidad eclesial, el Espíritu
de Cristo sostiene la vida dinámica del Magisterio, servicio vital
de la Iglesia.
Servicio a la unidad es la Evangelización, por la que nacen las
Iglesias. La exhortación Apostólica “Evangelii nuntiandi” ha
contribuido notablemente, como lo comprobasteis en la Conferencia de
Puebla, a profundizar en lo que es la misión esencial de la Iglesia,
De ahí la fuerte insistencia en la absoluta prioridad de la evangelización.
En estrecha correlación está la necesidad de la catequesis,
sobre la que e contienen pautas bien precisas en la Exhortación
Apostólica “Catechesi tradendae”. Porque sin una activa
e infatigable evangelización, sin una lúcida y sistemática
catequesis, la fe se debilitaría. Y correría serios riesgos
la unidad verdadera. Prestaréis un servicio insigne a vuestras
Iglesias si asociáis cada vez más el laicado a tan importantes
tareas.
4. Hemos de estar siempre atentos para que ni se
suplante, ni se desarticule nuestro universo de fe. Podría acontecer cuando criterios meramente
humanos reemplazaran los contenidos de fe o cuando la coherencia e intrínseca
cohesión del símbolo de la fe fueran descuidados.
A tal fin resulta indispensable una adecuada elaboración en el
campo de la Cristología y de la Eclesiología. Principios
certeros al respecto fueron señalados en el Documento de Puebla
que recogió cuando manifesté al principio de la III Conferencia
General (Puebla, 28 de enero 1979).
Una auténtica Cristología no puede dejar de lado ni la
integridad de la revelación neotestamentaria, aprovechando debidamente
los avances serios reconocidos en la investigación, ni la indispensable
referencia al Magisterio. No se puede hacer una Cristología que
sierva de alimento a nuestras comunidades, si el trabajo teológico
no hunda sus raíces en la fe de la Iglesia y en una fe personal
que hace ofrenda de la propia existencia al Señor.
¿Cómo, por otra parte, elaborar la Eclesiología
sin vivir en plenitud el “sentirse cum Ecclesia”? ¿Cómo
sentir con la Iglesia no se la ama con corazón de hijos? Sobre
la exigencia de un ferviente y profundo amo a la Iglesia como madre,
retornaré en la homilía de mañana.
Sé bien, queridos Hermanos, que estáis llevando a cabo
un decidido esfuerzo en cumplimiento de vuestra misión y que se
observa en muchas partes un empeño renovador, a cuya cabeza estáis
vosotros. Porque queréis ser servidores de la unidad en fidelidad
a la fe, en todo lo que constituye la vida sacramental de la Iglesia.
Esta, en efecto, es congregada por la Palabra y la Eucaristía,
centro de toda la vida sacramental. Por ello no sería completa
ni comprensible una evangelización que no culminara en la práctica
sacramental. Y como la comunidad cristiana vive de la Eucaristía,
nunca es más honda su unidad que cuando parte concordemente el
pan de la Palabra y de la Eucaristía.
Son realidades que es preciso vivir al calor de la Iglesia, familia de
Dios. No se ocultan, por otra parte, los peligros y no los pasáis
en silencio en vuestras Cartas Pastorales, en la línea de Puebla.
A ello me he referido con preocupación en mensajes a algunas de
vuestras Conferencias Episcopales.
5. La unidad interna de la Iglesia exige el acatamiento
pronto y sincero a la enseñanza de los Pastores. Esto ha logrado crear a través
de los siglos un rico patrimonio espiritual en América Latina;
y en América Central ha sido posible por el sentido de leal comunión
del pueblo fiel.
Hay un sentido cristiano del Pueblo de Dios, un “sensus fidelium”,
que constituye una garantía y como una muralla invulnerable a
los ataques e insidias. Vuestros pueblos son fieles; y cuando se les
da el pan limpio y puro del Evangelio, lo aceptan con prontitud; y, al
contrario, saben distinguir cuándo está adulterado. “Bendito
seas, Señor, Dios del cielo y de la tierra, porque has ocultado
esto a los sabios y a los inteligentes y lo has reservado a los pequeños” (Mt
11,25).
En nuestro corazón de Pastores se eleva esta misma plegaria agradecida
al Padre de las misericordias por la fe en América Latina, que
en muchos casos se vuelve, con todo derecho, exigente.
Procurad pro ello con todo empeño conservar y fortalecer ante
todo vuestra propia unidad. Dentro de cada Conferencia episcopal y también
a nivel más amplio. Como leemos en la carta a los Colosenses: “Sobre
todo esas cosas tened caridad que es vínculo de perfección,
y la paz de Cristo exulte en vuestros corazones, en la cual habéis
sido llamados, en un mismo cuerpo” (Col 3, 15-16).
No os faltará así el respeto y la obediencia del pueblo
fiel que sabe que a través de vuestro ministerio se acerca al
mismo Cristo, a quien el Obispo representa, es decir, hace presente,
y en cuyo nombre y persona actúa.
En torno a los Obispos consérvese asimismo viva la unidad de los
sacerdotes, “próvidos colaboradores” del ministerio
episcopal; la de los religiosos, religiosas y laicos. La mejor garantía
para una predicación fecunda s el testimonio de la unidad de la
Iglesia. Antes como ahora ha de ser real esta comprobación que
dispone a recibir la Palabra de Dios: “Ved como se aman”.
En esa unidad en la fe debe crecer el verdadero ecumenismo, que es deseo
de fidelidad a Cristo en la doctrina y en las actitudes. Y que ha de
traducirse en leal colaboración.
6. Tal unidad debe crecer en torno a las enseñanzas del último
Concilio, fuente de permanente revitalización eclesial. Tenemos
en él el criterio más certero de renovación en el
momento presente.
Los Sínodos de los Obispos son otro valioso instrumento de rejuvenecimiento
y unidad. Y a otro nivel, el Documento de la Tercera Conferencia General
del Episcopado Latinoamericano debe también seguir contribuyendo
a la unidad, tanto en lo doctrinal, como en lo pastoral. Allí ratificásteis,
en efecto, vuestra firme voluntad de unidad. Es la unidad en la Iglesia
de Cristo que se hace, como bien lo sabéis, en torno a Pedro.
Hoy, aquí reunidos, somos un testimonio de comunión en
Cristo que, sin duda alguna, llena de alegría y de confianza a
todos vuestros fieles.
En Costa Rica tiene asimismo su sede el Secretariado Episcopal de América
Central, el SEDAC, nacido precisamente de la necesidad sentida de coordinar
al acción pastoral en la región. Con profunda estima saludo
a todos los miembros de este organismo episcopal, que mantiene con el
CELAM íntimos lazos que lo ayudan a un mejor servicio eclesial.
Son diversas e importantes formas de comunión pastoral para un
más fecundo trabajo en las Iglesias, que no pueden estar aisladas,
sino muy compenetradas recíprocamente.
7. Unidad en la sociedad.
La comunión eclesial es y debe ser fermento en el mundo. Es germen
firmísimo de unidad y de paz. Hay, desgraciadamente, factores
de división que se ciernen peligrosamente sobre vuestros países.
Abundan las tensiones, los enfrentamientos que amenazan con graves conflictos
y se han abierto las puertas al torrente desolador de la violencia en
todas sus formas. ¡Cuántas vidas segadas cruel e inútilmente!
Pueblos que tienen derecho a la paz y a la justicia, se ven sacudidos
por luchas inhumanas, por el odio, la venganza. Gentes honestas y laboriosas
han perdido la tranquilidad y la seguridad.
Y sin embargo, sólo por los caminos de una paz digna y justa es
posible alcanzar el progreso al que vuestros pueblos tienen perfecto
derecho y que por demasiado tiempo les ha sido negado. Solo con el respeto
a la eminente dignidad del hombre, de todos los hombres, se podrá lograr
un futuro mejor y en armonía con sus legítimas aspiraciones.
El Evangelio se constituye en defensa del hombre, sobre todo de los más
pobres y desvalidos, de quienes carecen de bienes de esta tierra y son
marginados o no tenidos en cuenta.
El amor al hombre, imagen viva de Dios, ha de ser el mejor incentivo
para respetar y hacer respetar los derechos fundamentales de la persona
humana. Por eso la Iglesia se levanta como defensora del hombre, a la
vez que como estandarte de paz, de concordia, de unidad. Son estos también
los objetivos que no olvido en esta mi visita.
Es efectivamente necesario y urgente en vuestros países que la
Iglesia, al proclamar la Buena Nueva del Evangelio a pueblos que sufren
intensamente y desde hace largo tiempo, continúe exponiendo con
valentía todas las implicaciones sociales que comporta la condición
de cristiano.
Sin olvidar nunca que su primera e indeclinable misión es la de
predicar la salvación en Cristo. Pero sin ocultar a la vez situaciones
que son incompatibles con una sincera profesión de fe, y tratando
de suscitar aquellas actitudes de conversión eficaz a las que
debe conducir esa misma fe.
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