¿Qué ofrece una maestría?
De hecho, la mayor parte de los que terminan la licenciatura, aunque añoran la vida universitaria, anhelan dejar las clases, los exámenes y la disciplina académica, para iniciar cuanto antes una actividad profesional. Quieren poner en juego, sin demora, la preparación adquirida, abrirse camino en la sociedad. La vida les enseña luego que todo requiere tiempo, que cualquier ocupación precisa más conocimientos y destrezas que las que se tienen. Otros licenciados optan por seguir estudios de posgrado en la Universidad. Los que tienen una maestría buscan una capacitación mayor, más apropiada y especializada para el desempeño de determinadas actividades profesionales, incluida, a veces, la docente. Los de doctorado se emprenden porque se siente una vocación a la actividad científica, a la investigación en algún área del saber, a la enseñanza superior. Los estudios de doctorado obligan a un duro esfuerzo. Requieren tres o más años de trabajo, en los que se han de superar los cursos del programa elegido y realizar la tesis doctoral. La elaboración de la tesis implica encauzar el tema; aprender a manejarse con las bases de datos y las bibliotecas para asimilar cuantiosa información existente sobre cualquier cuestión y situarse bien en el punto de partida; perfilar los objetivos de la investigación para ir adeltante en el saber humano. ¡Con qué claridad se hacen patentes en el doctorado las propias limitaciones! Al comenzar una tesis quizá alguno piense que hará un descubrimiento deslumbrante; pero en cuanto inicia el camino, al tener a la vista lo mucho y bueno que otros han conseguido, comprende que los objetivos a que puede aspirar, aunque supongan un significativo paso adelante, tienen poca probalidad de resultar espectaculares. Es bueno apuntar alto, intentar dar saltos de campeones, pero no en el vacío, sino con sensatez, estando en la realidad. Por eso el doctorado fomenta la humildad intelectual, ayuda a valorar las aportaciones ajenas.
El valor formativo
Los cursos del programa y el desarrollo de la tesis, la inmersión activa en un Departamento universitario durante bastante tiempo, la relación frecuente con quienes dirigen el trabajo y con los compañeros, enriquecen y maduran la personalidad, poseen alto valor formativo. Muy importante son para las formación de todas las anteriores etapas educativas, más se añaden otros aspectos que dejan su huella. Algunos de esos aspectos son la capacitación para el trabajo científico y otros más generales como el amor a la verdad y, en su servicio, ejercita la mente, espolea la creatividad, pone a prueba el tesón. Se aprende a reflexionar, al pensar sereno y profundo, a relacionar conocimientos, a examinar las cuestiones desde distintas perspectivas. El mismo amor a la verdad obliga al razonamiento lógico, a desarrollar el rigor crítico sobre lo que se estudia y sobre los resultados obtenidos. El anhelo de objetividad exige depurar los datos, para alcanzar la verdad y admirar su belleza, no se conforma con el puro juego de la fantasía. Otra cualidad que fomenta es el espíritu de colaboración, la aptitud para el trabajo en equipo, para que cada uno aporte conocimientos, técnicas y perspectivas con los que está más familiarizado, de modo que se complementen entre sí. Estas cualidades que se acrisolan suponen un profundo cambio de mentalidad y de actitud ante las cosas, un alto enriquecimiento de la personalidad. En cualquier caso, no es un punto final. El saber personal, abandonado a sí mismo, se deteriora rápidamente; con el fluir del tiempo queda más y más alejado del frente de avance de los conocimientos, satisface menos a uno mismo y pierde valor para la sociedad. Hay que seguir en la brecha del trabajo científico. La formación ha de ser continua; y no tiene otro término que el de la propia vida.
Fuente: artículo elaborado con base en el ensayo "¿Para qué sirve un doctorado?", de Francisco Ponz, publicado en la revista Nuestro Tiempo, octubre de 1998, No. 532.
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