
Cuando Sylvia Poll arrasó y nada dejó a su paso en los Juegos Panamericanos de Indianápolis, en 1987, al apoderarse de ocho medallas, todos en el país vaticinaron que a la diosa de la piscina en los años 80 le llegaría su ansiada gloria olímpica. Y el pronóstico se dio.
El 20 de setiembre de 1988 en Seúl, Corea del Sur, las Olimpiadas vieron por primera vez la entrada de Costa Rica en su vasto libro de ganadores. Era el comienzo de una nueva era, en la que ya se formaba parte del concierto mundial del deporte.
Su mentor y estratega, Francisco Rivas, la apoyó esa vez cerca de la piscina con un letrero voluminoso que la sorprendió: "¡Vuela, Sylvia, vuela!". Y ella literalmente voló.
Con paso franco en los 200 metros libre, Sylvia no lo defraudó y logró convertirse en la primera deportista costarricense que subió al podio olímpico y provocó que el pabellón nacional ascendiera, un honor que la bañó en plata. Entonces, la esbelta rubia tenía 18 años. La medalla y la gloria fueron suyas.
La Poll se comportó en forma maravillosa en aquella tarde inolvidable y entró segunda, con tiempo de un minuto, 58 segundos y 67 centésimas, metiéndose entre dos alemanes orientales, Heike Friedrich (oro) y Manuella Stellmach (bronce). Sylvia lo consiguió, 52 años después de que Costa Rica interviniera por primera vez en unas Olimpiadas, en Berlín 1936.
"Lo recuerdo casi todo. Vivo cada brazada de la misma competencia; el toque, el acto de entrega de las medallas. Después del final miré tres, cuatro y hasta cinco veces la pizarra electrónica.
La medalla es la representación material de lo que hice: fui segunda del mundo y mejoré mis tiempos", rememoró a La Nación, un año después de su gesta histórica.
En la competencia anterior (100 m libre), la actuación de Sylvia llenó las expectativas. Clasificó sexta y comenzó a cumplir con su promesa: llegar a una final olímpica y mejorar el sétimo lugar de su antecesora, María del Milagro París, en Moscú 80.
La prueba, sin embargo, fue una desilusión para ella. Nadó llena de esperanzas, pero la fortuna se interpuso en su desempeño al metérsele agua en sus anteojos, con lo cual ocupó el quinto puesto. Para los 100 dorso, se ubicó en el sexto lugar.
Pero los buenos antecedentes no siempre la acompañaron. En sus inicios en la natación en el Club Cariari, a la edad de diez años (1980), Sylvia tomó esta disciplina como un pasatiempo, con una actitud poco profesional, irresponsable e indiferente.
Tres años después, el panorama cambió para ella. Terminó el escaso interés deportivo y comenzó una transformación personal, sobre todo en su disciplina y planificación del entrenamiento. Se fijó objetivos y los cumplió.
Antes de su primera incursión olímpica, los galardones abundaron. El arranque se ofreció en el Mundial de Madrid 86 (España), donde terminó sexta y obtuvo tres décimos lugares. Un año antes, sufrió por un enorme error federativo que le impidió nadar en cuatro pruebas del CCCAN, disputado en México (1985).
Tuvo su gran revancha cuando ganó diez preseas en los Juegos Centroamericanos y del Caribe, y la declararon la mejor atleta panamericana, en Indianápolis (1987); unas justas que, con Sylvia a la cabeza, obtuvo ocho preseas y tuvo su momento épico cuando Costa Rica ganó plata sobre Canadá, en el emocionante relevo libre de 4x200, con el esfuerzo añadido de Natasha Aguilar, Marcela Cuesta y Carolina Mauri.
La capital cubana la vitoreó cuatro años después, en la justa panamericana de 1991. Esa vez se hizo dueña del oro en los 100 metros dorso. Lo mismo sucedió en el Mundial de Australia, donde alcanzó --en una prueba de introducción-- el segundo lugar universal en 50 m dorso y el sexto en 100 dorso.
El camino del adiós estuvo bien. La Olimpiada 92 firmó la recta final de su carrera. Seúl y Barcelona enmarcaron grandes diferencias. No hubo medallas esta vez, pero sí se logró el quinto lugar en 200 dorso. No hubo más allá; el retiro se produjo en febrero de 1994, aunque su historia, leyenda y ejemplo seguirán vivos en los corazones de los costarricenses.
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