Esas primeras caricias

Los genios no vienen en botella, laten dentro de cada niño que nace. Con paciencia, descubra al que acompaña a su bebé.

Ivannia Varela

Los bebés no vienen al mundo con la mente en blanco, como solía pensarse hace algún tiempo. Sin embargo es innegable que, en el momento de nacer, se produce en el cerebro humano una explosión sin precedentes.

Cada vez que el recién nacido mira la cara de su madre, intenta tocar algún objeto, es acariciado o, simplemente, escucha una melodiosa canción de cuna, pequeñas chispas de electricidad hacen que las neuronas (que se formaron durante su gestación) se junten unas con otras y construyan especies de caminos para que la información fluya a velocidades altísimas.

Cuantas más conexiones (o "sinapsis", como se les llama en la jerga especializada) se realicen, más se desarrollará el intelecto de esa personita que –tal y como lo señala el estadounidense Glenn Doman, uno de los pioneros en el campo del desarrollo mental infantil– tiene unos deseos furiosos de aprender, experimentar y explorar ese mágico mundo que se estrena ante sus ojos.

Por eso se dice que el primer año es crucial. Y los seis primeros meses, más aún. En ese momento, el cerebro del bebé se encuentra, literalmente, como una esponja y los cinco sentidos están más activos que nunca para asimilar todos los estímulos que recibe del exterior, máxime los que provienen de sus padres, sus principales maestros.

Si esos estímulos son escasos o nulos, el cerebro de ese bebé se verá afectado y –según afirman los neuro-
psicólogos– posiblemente quedarán una serie de espacios vacíos que no podrá llenar en el resto de su existencia. Es decir, se enfrentará a una serie de dificultades para desarrollar algunas habilidades en el futuro.

No hay duda de que el mejor antídoto para evitar esta situación es el afecto. A través de las caricias, la conversación y la atención que reciba, el recién nacido podrá nutrir de una manera natural su cerebro y alcanzará un mayor desarrollo psicomotor, cognitivo y emocional. Todo lo contrario le sucederá a un bebé que esté confinado en una cuna, donde sus únicas dos actividades sean dormir y comer.

Alimento intelectual

¿Cómo empezar a estimular a ese pequeño e indefenso niño que apenas enfoca su mirada, tiene horarios irregulares de sueño y alimentación y permanece la mayor parte del tiempo adormilado? Las madres poseen el arma más efectiva para lograrlo: la lactancia materna.

Los especialistas no se cansan de repetirlo. La leche materna es el alimento perfecto, poseedor de todos los nutrientes que el ser humano necesita durante sus primeros meses de vida, sobre todo, en el primer semestre. Ningún tipo de leche o suplemento alimentario se le compara, pues es imposible de producir en un laboratorio, por más sofisticado que sea.

La lactancia también ayuda a la mujer a recuperar su estado físico, crea lazos afectivos insuperables y le proporciona a ella una mayor protección contra el cáncer de mama.

Pero este alimento, del que pueden aprovecharse todas las mujeres del mundo, es mucho más que todo eso. Estudios efectuados en distintas partes del orbe han confirmado que la leche materna es un alimento ideal para el cerebro. Se afirma sin rodeos que los niños alimentados a pecho poseen una inteligencia mayor que los pequeños que crecieron a punta de biberón y leches de fórmula.

Al parecer, este alimento enciende el motor del sistema nervioso central y sus consecuencias son perdurables. A esta conclusión llegaron investigadores de la Universidad Nacional de Córdoba, en Argentina, tras analizar los efectos de la lactancia materna en el desarrollo cognitivo.

Los científicos monitorearon a 119 niños durante cinco años. Estos fueron sometidos a diversos tests de inteligencia a los 6, 12, 24, 36, 48 y 60 meses. Los resultados fueron contundentes: la mayoría de los bebés que recibieron leche materna tenían coeficientes intelectuales hasta 7 puntos mayores y presentaban un mayor rendimiento intelectual y psicomotor que los otros.

Según lo investigado, el mayor grado de inteligencia de estos niños está directamente relacionado con los componentes alimentarios de la leche materna, así como por la fastuosa carga de estímulos que una madre le transmite al niño cada vez que lo amamanta.

En este sentido, Sonia Chaves Quirós, presidenta de la Comisión Nacional de Lactancia Materna de Costa Rica, afirma que con la lactancia se activan los cinco sentidos del infante: el gusto (por el sabor de la leche), el olfato (porque el bebé comienza a identificar olores) y la vista (porque desde la posición en que se encuentra puede enfocar el rostro de su madre y otros puntos de la habitación). De igual manera, se ejercita el oído (el niño o la niña puede escuchar la voz y los latidos cardíacos de quien lo alimenta) y el tacto (por el contacto piel-piel).

Además, los infantes alimentados a pecho ponen a funcionar decenas de músculos a la hora de succionar del pezón (con el biberón solo utilizan una tercera parte de esos músculos), se muestran mucho más atentos y reciben mensajes afectivos que difícilmente obtendrían con otro tipo de alimento.

Todo esto, sin duda, los hará crecer como personas inmensamente seguras.



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