ADIOS AL MAESTRO. Este autorretrato de Amighetti engloba la labor y pasión que fue el eje central de la vida de este maestro.


HOMENAJE AL LEGADO DE AMIGHETTI

Despedida a Francisco Amighetti

El caminante deja su ventana

Aurelia Dobles
Redactora de La Nación

14 de noviembre, 1998. Se lo llevaron las alas verdes del verano en una bandada de pericos sobre el cementerio Montesacro, en Currdidabat.

"Mínimo y dulce Francisco Amighetti", retomó Guido Sáenz el poema Los motivos del lobo, de Darío, en la entrada de la iglesia de San Pedro de Montes de Oca para referirse al gran artista costarricense que ayer -a las 3 p. m.-recibió sepultura.

Tenía 91 años y se murió niño viejo, sin cansarse de mirar por su ventana ni caminar con la memoria una vida gozada hasta la última gota de oxígeno, suministrada en la Clínica Católica, donde ingresó hace dos semanas a causa de un cáncer de próstata que ya se había generalizado, sin causarle grandes dolores. "Algo extraordinario; él decía `quiero estar tranquilo' y eso le procuramos en los últimos días los cuatro hijos: Cecilia y Pablo Amighetti Prieto, Marta y Olga Amighetti Luján", explicó la primera.

Uno de los artistas más significativos de todos los tiempos en el país, cuya obra, enraizada muy hondo en la identidad costarricense, fue sabiamente universal . Amighetti elevó el grabado a rango internacional, fue reconocido en Latinoamérica y expuso en todo el mundo: Europa, Suramérica y Norteamérica, Japón, China e Israel. Fue un poeta, y cultivó también este arte con finura, así como la prosa intimista, el óleo, la acuarela y el mural.

ULTIMO HOMENAJE.. El pasado 7 de setiembre Francisco Amighetti (izquierda) recibió la medalla Teodorico Quirós, acompañado por su amigo Guido Sáenz.

Heredó un conjunto de obras que nos permiten reconocernos, meditar hondamente sobre lo que somos: ancianos, niños, mujeres, borrachos, prostitutas, perros famélicos, parejas de amantes, parques, iglesias, cementerios, ventanas y cantinas&...;

Entre los dolientes figuraban muchos ilustres intelectuales costarricenses, quienes destacaron la calidad humana del maestro, su generosidad sin límites y su sabiduría que expresaba con sencillez y gracia. (Véase recuadro). Fue notoria la ausencia de representantes del gobierno, con excepción de Amalia Chaverri, directora del Museo de Arte Costarricense.

Ultimo de los autodidactos

Nacido en 1907 en San José, empezó a dibujar en la cocina de su casa cogiendo los tizones del fuego al anochecer con los que trazaba símbolos en el aire. La adolescencia fue dolorosa por la pérdida del padre y la pobreza que asoló a la familia. La tristeza del encierro en el colegio Seminario la mitigaba contemplando vitrales. Al pasar a la escuela Juan Rudín, la libertad en la naturaleza le significó algunas malas notas. Más tarde perfeccionó el dibujo en los parques y no en las academias.

"Fue el último de los grandes autodidactos", afirma el pintor Juan Luis Rodríguez. Y sin embargo, merced a su gran talento y disciplina impartió clases en la Escuela Normal y en el Liceo de Costa Rica; Enrique Macaya Lahmann le ofreció una cátedra en la naciente Universidad de Costa Rica; durante 22 años dio allí clases de Historia del Arte: inolvidables por su sabiduría y su pasión, según todos sus discípulos.

De joven Amighetti perteneció a la generación de la "nueva sensibilidad" (o nacionalista), la cual descubrió el paisaje costarricense, aunque él pronto se diferenció por su acusado interés en la figura humana, que lo lleva posteriormente a estudiar muralismo y grabado en México.

Por su identidad

Viajero y caminante incansable, supo extraer de las imágenes de otros países lo necesario para afirmar su propia identidad. "Descubrí mi patria alejándome, la vislumbré en evocaciones y nostalgias, y por todos los caminos desemboqué en ella", escribió.

Buenos Aires, México, Estados Unidos y los países del Cono Sur, alimentaron también su otra veta, la literaria, que plasmó en tres libros principalmente: Francisco y los caminos, Francisco en Costa Rica y Poesía, que él mismo ilustró.

De 1929 data su primer trabajo xilográfico, arte que desarrolló plenamente a partir de 1968, cuando se pensionó de sus clases. Fueron 30 años dedicado a la cromoxilografía, en la que imprimió sus visiones humanistas con fuerza, belleza y brutalidad y se considera su etapa expresionista.

En los últimos tiempos, a pesar de la enfermedad y los años, defendía su soledad al pie de la ventana: "Me alimento de la vida cotidiana. Para mí lo extraordinario amanece todos los días."


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