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Jorge Guardia | jguardia@nacion.com |
abogado-economista
Los avatares de mi oficio me llevaron al orificio de una mina cuyo nombre me reservo para no hacerle la cruz. La visita coincidió con la inspección ocular de dos magistrados cuyos nombres también me reservo y a quienes, por su arrojo y la peligrosidad del periplo, llamaré Indiana Jones y Bárbara Blades. ¡A cual más osado de los dos!
La cita era en un pueblo olvidado apodado Macondo, pues estuvo abandonado por el Gobierno de San José por más de cien años. Ni siquiera los ambientalistas lo ayudaban. Cuando llegaron los mineros, las cosas empezaron a cambiar: pusieron luz, tendieron puentes, dieron empleo… Pero un recurso de amparo ambientalista los obligó a despedir a 300 lugareños. ¿Y qué comerán esas familias? Un Coronel de otra historia de olvido y abandono respondió: ¡miércoles!
Había que volar pata varias horas para llegar a los sitios más recónditos, como la laguna de lixiviación, cuencas subterráneas y la montaña cerrada, virgen otrora, pero, ahora, perforada por motosierras encargadas de mostrar, al desnudo, los senos cavernosos de la montaña como celosos cancerberos del oro oculto en sus entrañas. Indiana Jones y Bárbara Blades dieron la talla. Los vimos transpirar, con sus botas enlodadas y rostros agobiados por el sol y la humedad del trópico, pero sin desfallecer. Marcaban el paso tomando fotos e intercambiando pareceres en el más completo sigilo.
Los ambientalistas los acosaban sin cesar: noten aquí esos árboles decapitados; vean allá la pendiente de la montaña cuyas honduras arrojan las aguas mansas de la ría hasta las más torrentosas y chúcaras del San Juan. ¡Alto!, dijo uno de ellos, hay que desviar la caravana para ver un nido de lapas verdes que (supuestamente) copulan y empollan en los almendros del lugar. Todo sea por la procreación, accedió Bárbara Blades. Pero cuál fue su sorpresa (y la de todos) al constatar, azorada, que el nidal era la morada de un búho ciego. No pudo contener la risa. No sé si lo hará constar en el acta.
Al final, hubo una conferencia de prensa. Los periodistas esperaban declaraciones incendiarias, reveladoras de algún desmán minero o atropello a la legislación ambiental. Pero Indiana Jones y Bárbara Blades, como disciplinados soldados de la Corte, fueron indescifrables, respetuosos y evasivos. No soltaron prenda. Y así debe ser. Ningún juez debe adelantar criterio. Y yo dije para mis adentros: a este pueblo olvidado, donde en vez de tierra fértil hay pura arcilla incapaz de fecundar la más mísera semilla, solo los metales lo harán florecer. A $990 la onza, ¿cuál actividad podría competir? Bien dice el refrán que, a veces, lo único que brilla es oro.
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