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Armando González R. | agonzalez@nacion.com |
Cada vez me gusta menos el futbol, no por la habitual frustración deportiva del aficionado costarricense, sino por la distorsión de valores imperante en las canchas. El futbol actual celebra la trampa y trastoca en virtud la habilidad para el engaño. Si Maradona anota un gol con la mano, se le llama pícaro, no desvergonzado. Si a la desvergüenza se añade una egolatría rayana en la blasfemia, atribuyendo la anotación a “la mano de Dios”, se convierte en materia de leyenda, no de infamia.
El arte de dejarse caer para engañar al árbitro se premia con admiración y simpatía, sobre todo si la actuación consigue el señalamiento de una falta. En el mejor de los casos se obtendrá, también, una injusta tarjeta de sanción para el contrario. Un triunfo logrado por esos medios no es menos motivo de celebración, porque la “picardía” se festeja.
El futbol no hermana a los pueblos, los separa. No me refiero a la guerra entre Honduras y El Salvador, de la cual el deporte fue detonante y no causa. Muchos aficionados ticos, por ejemplo, albergan profunda antipatía hacia México por el solo hecho de ser nuestro más destacado rival en la cancha.
Cuando México se enfrenta con Estados Unidos, nunca está lejos la memoria de los Niños Héroes, mártires de la Batalla de Chapultepec, peleada en 1847, sobre todo si el partido se disputa en territorio azteca, porque Estados Unidos ganó la guerra y a los vencedores se les hace más fácil el olvido. El futbol es, entonces, la continuación de la guerra por otros medios, para seguir manoseando la ya trillada frase de Clausewitz.
En todo el mundo, los aficionados asisten –y contribuyen– al feo espectáculo de la silbatina al himno nacional del contrario, al punto que ya existe la propuesta de abolir la ejecución de los himnos en la ceremonia inicial de los partidos.
El futbol alimenta el más trivial nacionalismo. Sin pensar en lo que dicen, muchos aficionados costarricenses corean, alegres, una cancioncilla que declara: “La Selección Nacional es el honor de los ticos”. Pero el honor de los ticos está en otra parte y es mucho. Hay que buscarlo en la campaña del 56, en la construcción de una sociedad democrática y razonablemente igualitaria, en nuestra preocupación por la educación y la pureza del sufragio, entre muchos otros logros y hazañas.
Si el honor nacional, mal entendido, nos lo jugáramos en la cancha, el resultado sería siempre desastroso, primero por el bajo rendimiento de nuestro equipo y, después, por los desafueros que muchos parecen estar dispuestos a cometer para defenderlo. Ojalá el futbol vuelva a ser, algún día, nada más que un hermoso juego.
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