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ColumnistaRodolfo Cerdas |
Politólogo
Después de su periplo neoliberal de corta duración, el binomio gobernante revivió sus reflejos estatistas, si no bajo la bandera del Estado Social de Derecho, sí con la del clientelismo, el gasto electorero, las onerosas concesiones y un Estado hecho a gusto y medida, sin controles y con todo el poder.
El Presidente declaró que no cree, como antes, que los males de la democracia se curen con más democracia. Pero como no dijo cómo sí se arreglarían, hay que deducirlo por lo que hace y por la constituyente que pide. Y eso demuestra que, sin querer queriendo, cree que es con menos democracia que se resolverán. Quiere, pues, mutilar los derechos ciudadanos y eliminar los controles institucionales.
Así confeso, busca degradar la democracia representativa en una delegativa, en que el Presidente concentre todo el poder, sin mayores controles, ni existan los límites y contrapesos constitucionales. Estos, lejos de verse como frenos contra la concentración del poder, se ven como obstáculos. Se cambia a Montesquieu y Locke por los bonos chinos y los fondos del BCIE.
Sin garantías, controles ni contrapesos, vistos por los nuevos mandarines como trabas y molestias, la democracia pierde su contenido y, apenas, salva su forma. Quienes desde la derecha conservadora en Suramérica siguieron ese camino, cansados con la democracia, acabaron muy mal. Despertaron fuerzas sociales que no pudieron controlar y abrieron la puerta para cambios autoritarios imparables, que los mantienen paralizados y bobos. La Constitución fabricada para sí por Ortega, le cayó de perlas a doña Violeta. Y las reformas de Alemán, le calzaron perfectas a Ortega.
Se sabe cuándo y cómo comienza la erosión de una democracia representativa; pero no cuándo ni cómo se acaba. Por eso a quienes juegan dados con ella, atenidos a su dinero y según sus conveniencias, les llega pronto el momento del crujir de dientes. Tarde descubren que los incómodos controles y contrapesos a los que renunciaron sin pensarlo, son garantías permanentes de libertad y de derechos para todos. Todo un ominoso aviso de que el poder disfruta devorando a sus hijos, tanto los que se le opusieron como los que lo apoyaron y aplaudieron cuando se concentraba.
Desde la derecha hasta la izquierda racionales, se debe entender que los problemas de la democracia no se arreglan con autoritarismos, ni con la demagogia de más democracia , como dice haber querido don Óscar. Se solucionan con una mejor y más avanzada democracia, cuyo significado, por cierto, sigue siendo para muchos de nuestros políticos el más grande de los enigmas.
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