EDITORIAL |
Lograr que Afganistán deje de ser un semillero de terroristas internacionales, es una tarea en extremo difícil; llegar a su pacificación, algo aún más complicado; convertirlo en un país viable, razonablemente integrado, respetuoso de los procedimientos democráticos básicos y con instituciones medianamente funcionales, una tarea monumental, sumamente costosa y de muy largo plazo.
Todos estos objetivos, sin embargo, valen la pena. Para alcanzarlos, debe avanzarse simultáneamente en los ámbitos de la seguridad y la política. En ambos, por desgracia, los últimos meses han sido desalentadores. Pero, en medio de las señales negativas, ha surgido una que brinda moderadas esperanzas: la posible realización de una nueva ronda electoral, ante las evidencias incontrovertibles de que en la primera, el 20 de agosto, había sido fraudulenta.
Los resultados oficiales de entonces dieron al actual presidente y candidato, Hamid Karzai, un 55% de los votos, cinco puntos por encima del mínimo para ganar en primera instancia. Sin embargo, una cuidadosa investigación internacional demostró que al menos un tercio de las papeletas a su favor habían sido fraudulentas. Ante tan contundente evidencia, y luego de enormes presiones de las Naciones Unidas, Estados Unidos, Gran Bretaña y otros países, Karzai accedió, el pasado martes 20, a nuevos comicios, aunque sin aceptar el fraude. En ellos, se enfrentaría únicamente con Abdullah Abdullah, quien obtuvo el segundo lugar en agosto, con un 28% de votación.
Se trata de un gran avance político; un gesto indispensable ante los propios afganos, la comunidad internacional y, especialmente, Estados Unidos, de cuyos aportes militares depende, mayoritariamente, la misión de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en ese país. Sin embargo, la posible realización de nuevas elecciones está plagada de incertidumbre, no solo porque su conducción estaría a cargo de la misma entidad responsable del fraude, sino por las enormes dificultades logísticas para organizarlas, la intensidad de los recientes enfrentamientos armados, la campaña de hostigamiento anunciada por los talibanes, y las dudas de los votantes.
Dadas esas condiciones tan adversas, otra posibilidad que se baraja es el establecimiento de un gobierno de unidad entre Karzai y Abdullah, con el riesgo de que sea muy poco estable y genere una administración sumamente débil, lo contrario de lo que necesita Afganistán.
A pesar del indefinido panorama, la búsqueda de un arreglo político que, mediante nuevas elecciones o una alianza, tome en cuenta la voluntad popular, resulta esencial como parte del repertorio de acciones para dar un nuevo rumbo a la difícil situación afgana.
Octubre ha sido el mes más violento del año, y ha elevado las muertes de soldados estadounidenses, en lo que va del 2009, a 275, muy por encima de las 155 en el 2008 y menos de 100 cada año entre el 2001, cuando comenzó la intervención armada, y el 2007.
En Washington y en prácticamente todas las capitales de los países europeos que integran la misión de la OTAN, ha crecido el debate sobre el rumbo de la guerra. El gobierno de Obama se encuentra ante la difícil decisión de si elevar sustancialmente sus tropas en Afganistán, según lo ha pedido el general Stanley McChrystal, comandante en jefe de la operación, u optar por otra estrategia, que podría implicar perder importantes cuotas de control territorial. Ambas opciones implican altos costos políticos internos.
En medio de esta grave situación, ninguna salida será fácil. Lo mejor sería una combinación de nuevas elecciones, que conduzcan a un gobierno más sólido y representativo; más tropas extranjeras, para poder tomar la iniciativa; fuerzas armadas locales más eficaces, y programas de apoyo civil más amplios. Ni siquiera esta suma de elementos garantizará el éxito. Sin embargo, lo hará más posible. Además, y por lo pronto, ninguna otra opción luce mejor.
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