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Giannina Segnini | gsegnini@nacion.com |
Jefa de Redacción
El 9 de octubre anterior, mi familia y yo fuimos víctimas del ensañamiento y del abuso policiales en el último lugar y momento que yo hubiese imaginado: durante un concierto en los Estados Unidos.
A una semana del horror vivido, no puedo más que hacer público lo sucedido, con dos firmes propósitos: exigir públicamente una disculpa y la reparación de los daños a las autoridades estadounidenses, y alertar a todos aquellos que puedan estar expuestos a una situación similar.
Esa noche, con mi hijo y mi novio, asistí al concierto de U2 en Tampa, Florida. El canal local de noticias nos entrevistó antes del concierto, y el espectáculo transcurrió con la magnificencia que despliega la mejor banda del mundo.
Casi al final del concierto, decidimos bajar un piso para evitar aglomeraciones y nos detuvimos en el balcón por unos segundos para terminar de escuchar With Or Without You , que aun sonaba.
Entonces, un policía se acercó y nos gritó que debíamos abandonar el lugar, así que decidimos volver a nuestros asientos.
Cuando subíamos las escaleras, de vuelta al lugar que nos correspondía, el policía nos persiguió, me acercó un foco iluminado a los ojos, me tomó con fuerza por los brazos y me exigió abandonar el estadio.
Le mostré las entradas que habíamos pagado, le respondí que estábamos regresando a los asientos que nos correspondían y que no saldríamos del estadio hasta que el espectáculo culminara.
Operativo desproporcionado. Esa simple defensa verbal de mis derechos activó un despliegue policial desproporcionado que nunca podré comprender.
El oficial D. González me alzó por los brazos y me llevó a la fuerza a la boca de la entrada del área en la que estábamos mientras yo me sacudía sin éxito para evitar la agresión.
Otros policías arrinconaron a mi novio contra otra una pared, y mi hijo, de 10 años, solo, gritaba desesperadamente en medio de la multitud que ya abandonaba el recinto.
Les dije que estaban violando nuestros derechos, que no podían actuar de esa manera y su respuesta literal fue: “We can do whatever we want” (Podemos hacer lo que queramos).
Mi hijo aún retiene, como piedras que golpean su cabeza, cada una de esas palabras.
Como máquinas represivas, los policías repelían cualquier argumento; ni siquiera se inmutaron ante la vulnerabilidad de un menor de edad que gritaba desconcertado mientras ellos despedazaban mi camiseta y mi sostén y me esposaban con violencia.
Me llevaron tirando con fuerza hacia arriba, con lo cual las esposas me hacían más daño. Ninguno respondía mis peticiones desesperadas por saber quién tenía a mi hijo, pues siempre pensé que habían arrestado a mi novio también.
Hice mi mayor esfuerzo por articular una conversación con ellos, les expliqué que era turista, que debía asistir a la graduación de mi hija al día siguiente y se burlaban diciendo que “ni en sueños” iría a esa graduación.
Después de media hora de arresto en una celda del estadio, me pusieron esposas en los pies y me subieron en un camión para prisioneros. Durante una hora, viajé pegan-do tumbos en un cajón oscuro y sin saber a dónde me llevaban.
Cuando la camioneta se detuvo, me ingresaron en una prisión del condado en la que me tomaron una fotografía, las huellas digitales y algunos datos médicos. Nunca me dijeron de qué me acusaban hasta que exigí ver al jefe de la prisión.
Allí, un oficial Williams leyó en voz alta el escueto párrafo que el policía González esgrimió para justificar mi detención, en el que básicamente me acusó de agredirlo mientras él intentaba sacarme del esta-dio. El jefe y Williams no me permitieron continuar con mi relato y me pidieron salir de la oficina.
Mientras tanto, mi novio y mi hijo me buscaban por todo el estadio porque nadie accedió a informarles sobre mi paradero.
Yo únicamente tenía acceso a llamadas locales, así que no podía comunicarme con ellos. Finalmente convencí a un oficial para que llamase a mi novio, y este me sacó de la prisión, en la madrugada, tras pagar una fianza de $2.000.
La pesadilla no terminó con las cuatro horas de la injustificada detención de esa noche.
Desde ese mismo día, mi fotografía y mis datos están en los registros criminales disponibles en Internet y afronto cargos por haber sido víctima de la furia de un aparato policial desaforado que, por alguna razón, se sabe con licencias para atropellar a quien desee.
Estos hechos no sucedieron en un estado totalitario ni en una dictadura. Fui víctima de la policía de los Estados Unidos de América, la misma a la que siempre he dado el mayor crédito en mi trayectoria como periodista.
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