LN OPINIÓN

Costa Rica, Domingo 18 de octubre de 2009

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Entre líneas

Armando González R. | agonzalez@nacion.com

Autoridad irracional

editor de opinión

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TAMAÑO

En las afueras del Tribunal Supremo de Elecciones, casi en la acera, unas bancas de cemento ofrecen reposo al caminante. A sus flancos hay sendos cubos de cemento, un poco más altos y completamente integrados a la estructura total. Ningún letrero lo advierte y es difícil imaginar una ley que lo fundamente, pero está prohibidísimo sentarse en el cubo. Esa es la función de las bancas y hay un guarda dispuesto a recorrer 20 ó 30 metros para desalojar a los infractores. Confieso estar entre ellos.

El cubo se me antojó cómodo a la hora de revisar la corrección de documentos personales recién retirados del Registro Civil. Solo pretendía el asiento por un instante. Sufro de una estatura inconveniente, de esas que obligan a presentarse con antelación en el aeropuerto para conseguir un sitio en la salida de emergencia y me expone a preguntas sobre supuestas proezas en el baloncesto estudiantil, ante las cuales solo puedo confesar, una y otra vez, mi torpeza bajo los aros.

Pero el cubo de cemento sí me quedaba a punto, mucho más próximo al final de la espalda que el receptáculo reservado para el ídem. Con total inocencia, transgredí la norma. Mis piernas dejaron de ser la parte más risible de la figura cuando empecé a cultivar la región abdominal, pero alcanzaron para depositar los pies cómodamente en la acera desde la cima del cubo prohibido.

A lo lejos vi al guarda, lanzando manotazos al aire como quien espanta una mosca. Lo ignoré, creyendo que hacía señas a algún automovilista mal estacionado. Se me acercó y me sacó de dudas. El insecto era yo, y sí, estaba mal estacionado.

Por un momento consideré la resistencia pacífica y la desobediencia civil, pero Thoreau se habría avergonzado de un discípulo capaz de aplicar sus tesis a hechos tan pequeños. También valoré lo ridículo que me sentiría como mártir de la primera guerra del poyo.

No podía desobedecer, pero tampoco me daba la gana hacerlo. Partí la diferencia a medias: decidido a no sentarme donde me dijeron, abandoné el cubo de cemento y me puse en camino, meditando sobre la arbitraria decisión burocrática. Descarto que sea culpa del guarda. Su talante, aunque poco agradable, no denotaba imbecilidad.

El incidente es minúsculo y resulta difícil derivar de él reflexiones más profundas, capaces de justificar esta columna. Está bien, lo confieso, estas líneas son bálsamo para la frustración personal. Pero no está de más pensar en los efectos del ejercicio irracional de la autoridad, un mal tan presente en la Administración Pública que ningún ciudadano habrá escapado a sus consecuencias, a veces insignificantes y otras no tanto.

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