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Julio Rodríguez | envela@nacion.co.cr |
Si los costarricenses nos uniéramos, como antenoche, al ir ganando, 2-0, a EE. UU. o, desde el minuto 95, por el sufrimiento del empate, seríamos, sin duda, una nación desarrollada.
Cabezas y corazones han estado, en estas horas, en permanente ebullición acerca de las peripecias y el desenlace del partido, y, aunque no nos lo hubiéramos propuesto, quizá la idea central ha sido el tiempo hasta llegar a la conclusión, sin ironía alguna, que, como dijo, en un momento parecido, Vincent Lombardi, entrenador de futbol americano, “no perdimos el juego, solo se nos acabó el tiempo”. Como en la vida.
En el beisbol cuentan más los nueve episodios que el paso del tiempo, dilatable hasta que surja el vencedor. En el basquetbol el reloj del tiempo tiene una función fija, pero el juego es tan febril y cardíaco que, en verdad, no se disfruta cada canasta.
En el futbol, en cambio, el tiempo está a la medida de lo humano, pues los once jugadores, como obreros o artistas, según el caso, van tejiendo, hilo a hilo, o construyendo, ladrillo por ladrillo, el gol, mientras el tiempo pasa con su novia juguetona, sin la que no hay juego, la bola. Y esta es la cuestión: que el tiempo, insobornable, pasa.
El secreto del futbol consiste en dominar la bola, el espacio y el tiempo, a sabiendas de que siempre acecha un adversario temible, además del jugador contrario o un árbitro descaminado: el riesgo. Cualquier cosa puede suceder. Como antenoche. De aquí el papel singular de la previsión, virtud intelectual que, a la hora de la agonía, cercano el fin del partido, nos recuerda la sentencia de Séneca: “Una era construye ciudades, una hora las destruye”. El equipo que gana debe estar preparado para ganar tiempo, perdiéndolo, escondiendo la bola, mientras el otro, el rival, embiste con furia para anotar y llegar a tiempo. Es la hora del máximo riesgo, que exige la más eficiente administración.
Así, quizá haya sido un buen resultado si, abatidos por el empate, 20 segundos antes del término del juego; esto es, de la rendición de cuentas, hayamos aprendido a apreciar en este país, sin sentido del tiempo, cuánto vale administrar bien el tiempo, convencidos, como nos enseña Balzac, que “el tiempo es el único capital de las personas que no tiene más que su inteligencia por fortuna”. El tiempo es el marco y la tela. Cada persona es el pintor. El tiempo es el río. Cada persona es el pescador.
Nos veremos en Uruguay… El futbol, como la vida, es generosa en oportunidades.
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