PolígonoFernando Durán Ayanegui | ferduraya@racsa.co.cr |
químico
Cuando años atrás la justicia italiana apuró el paso en el procesamiento de políticos mafiosos, hasta un Presidente de Italia tuvo que refugiarse de por vida en un país africano para escapar de las garras –del guante de seda, más bien– de los tribunales. Pero todo quedó en una breve fiesta de cuaresma, pues el combo político-mafioso no tardó en descubrir cómo salirse con la suya: amedrentando y comprando jueces y tribunales. Por ejemplo, quedó demostrado que en la conspiración para apoderarse de la editorial Mondadori , la secta de Silvio Berlusconi compró un fallo judicial como se compra un Ferrari. Por lo demás, Berlusconi manipula el parlamento gracias a una mayoría automática, compuesta como es de rigor por complacientes designados, para ajustar las leyes a sus necesidades económicas y políticas, lo cual debería convertir en enjuiciable al electorado que vota por los partidos del Calígula contemporáneo.
Que ahora la judicatura italiana haya abierto la posibilidad de procesar a Berlusconi, quizás el más procesable gobernante de Europa, ni siquiera debe despertar ese optimismo que se manifiesta cada vez que la justicia le da a un político corrupto un jalón de orejas de abuelo cariñoso para indicarle que, mientras se presente aseadito ante las visitas, puede portarse mal en el cuarto de arriba. Porque la historia judicial de Italia enseña que ahí, como en tantas partes, cuando se trata de la colusión del poder económico y el poder político, por cada expediente judicial que se abra quedarán muchos abortados en las bodegas de las fiscalías.
En 1934, Stalin envió al poeta Osip Mandelstam a morir en el destierro. Al parecer, la furia del dictador se debió a que, en un poema poco amable, el escritor lo llamara “oseta”, un insulto intolerable para el georgiano que era Stalin. (Tal vez ese detalle aclare en algo por qué los osetas actuales prefieren utilizar pasaportes rusos y no georgianos). Lo ocurrido a Mandelstam hace pensar que, para José Saramago, debería ser una suerte que Berlusconi aún no sea tan poderoso como Stalin; solo que Berlusconi controla las grandes editoriales italianas, entre ellas Eunadi , la que publicaba hasta ahora las obras de Saramago y la cual recibió, “desde arriba”, la orden de suspender la publicación de un nuevo libro en el que el Nobel portugués escribe sobre Berlusconi algo más fuerte que “oseta”. Pese a su suerte, Saramago será el perdedor en el desigual combate: al eximir a los editores, empleados de Berlusconi, no pasó de comentar que una mitad de los italianos trabaja para Berlusconi y la otra sueña con hacerlo. Y así votan.
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