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ColumnistaRodolfo Cerdas |
Politólogo
Detrás de la discusión, aparentemente trivial, de si el Liceo de Costa Rica debe matricular mujeres, hay temas de mayor importancia. Uno de ellos es el de las tradiciones y su valor, ya que pueden servir para un cocido, como para un fregado.
El Liceo fue vanguardia de una histórica reforma educacional. Allí se graduaron varones y mujeres, hasta que se limitó solo para los primeros. Al fundarse no había tradición ninguna; más bien las rompió todas al sentar las bases para un cambio liberal que asociaba el reconocimiento de los derechos con la capacidad intelectual y moral para ejercerlos.
Si pronto se reconocieron derechos civiles y personales a las mujeres, como el de herencia y propiedad, no fue igual con los derechos políticos, sociales y laborales, donde reinan aún la desigualdad y la discriminación. La violencia doméstica –cuyo combate oficial solo revive entre muerte y muerte de alguna mujer y luego pasa de la pasividad al olvido–, se enraíza en una nefasta tradición religioso-colonial que teme a la mujer, la ve como propiedad y la revierte en una pérfida Eva, culpable de todos los pecados. Tras su encierro y aislamiento está el castigo de su cuerpo, su vitalidad y belleza, causa de todas las tentaciones de los pobrecitos varones. Esa es la argamasa real con que se ha construido ese muro de desconfianza, separación y aislamiento con que se les quiere encerrar aun hoy.
Hay tradiciones y tradiciones. Debemos escoger cuáles deben quedarse y cuáles erradicar, especialmente en las mentes de niños y jóvenes. La separación entre varones y mujeres debe desaparecer, no más sea porque la verdadera tradición del colegio ha sido, y debe ser, la de superar las lacras de la ignorancia, de los prejuicios machistas y los vicios de una sociedad paternalista, que el tiempo jamás legitimará; porque esas políticas, además de discriminatorias, son expresión de atraso y de ignominia.
La tradición correcta es la que combatió por sacar a las mujeres y hombres de la marginación oscurantista colonial; la que recién empezó a luchar contra la violencia doméstica, los abusos sexuales, la discriminación y el acoso laborales contra la mujer; y, en fin, la que se subleva contra el uso de la belleza femenina como mero objeto mercantil. Lo demás son pamplinas.
Hay tradiciones que están pidiendo a gritos ser desterradas. El conformismo, la pasividad, la cultura del guaro y el cinismo y doble faz de políticos inescrupulosos. Pero hay tradiciones que reclaman su sitial, porque son esenciales para preservar y fortalecer nuestra identidad nacional y afirmarla en los valores supremos de los derechos humanos, la igualdad de derechos, la libertad y la democracia.
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