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Costa Rica, Jueves 1 de octubre de 2009

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Página Quince

Fernando Durán Ayanegui

Nobel, no va más

 Tomo el riesgo de compartir mi apuesta para el Nobel de Literatura del año 2009

Químico

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TAMAÑO

Todos los años, al llegar el mes de octubre incurro en una especie de apuesta íntima en torno al premio Nobel de Literatura. Se trata de un juego en el cual la mayoría de las veces hago mis predicciones –uno o dos autores– con la certeza de que, como con la lotería, siempre pierdo.

Entre mis nombres fallidos figuran Borges –sí, desde luego–, Calvino, Kadaré, Mulisch y Benedetti, pero experimenté la pueril satisfacción de profetizar bien los premios de Paz, Kertész y Coetzee, y con Saramago ocurrió que durante varios años aposté a un autor de lengua portuguesa y mis candidatos eran él y, con preferencia, Jorge Amado.

En el caso de Kertész me divertí enormemente cuando, cierto atardecer de otoño, me encontré en la Librería Universitaria con un conocido poeta costarricense a quien alguien acababa de contarle que el escritor húngaro era el nuevo laureado.

–¿Viste?, le dieron el Nobel de Literatura a un húngaro desconocido de apellido Quertés –me saludó.

–No me digás –le respondí y dediqué los diez minutos siguientes al arte de felicitarme porque mis “apuestas” del año habían sido el “húngaro desconocido” y Salman Rushdie. Repito, todo esto no es más que un juego y de ningún modo creo que el Nobel de Literatura se le concede, como si fuera dictado por el Espíritu Santo, al mejor o a la mejor del momento.

Es tonto hablar de injusticias o desaciertos en ese terreno, pues la literatura contemporánea es un interminable Himalaya en el que no es nada fácil distinguir entre un Everest y un Aconcagua y muy raras veces los exploradores de la Academia Sueca se equivocan tanto como para aterrizar en las faldas de un cerrito de la llanura, como fue el caso de Henrik Sienkiewicz (1908), un escritor polaco desechable, racista, reaccionario y nacionalista enfermo del que solo nos acordamos de tarde en tarde los masoquistas por distracción.

Después de todo, al Nobel de Literatura no le ha ido tan mal como al de la Paz, que ha caído varias veces en las espaldas de guerreristas que más bien cabrían en una galería de carniceros, pero ese es otro tema.

Apuesta. De lo que se trata ahora es de correr el riesgo –sin consecuencias, espero– de compartir con mis más o menos 24 lectores mi apuesta, para el Nobel de Literatura del año 2009.

Si, como es lo más probable, los suecos no me hacen caso, recibiré con beneplácito el engrudo y las plumas con los que me embadurnarán los miembros del club de la Calle de la Amargura, cofradía que, como sabemos, es abierta y solo le está vedada a un escogido número de cretinos; si, por el contrario, en Estocolmo se hace lo justo tampoco nadie podrá decir que se trata de un “che” desconocido, sino del más grande de los poetas latinoamericanos vivientes, el argentino Juan Gelman.

Para no ser tan adelantado como aquel Adelantado de Les Lu-thiers que se le adelantó a Cristóbal Colón, solo quiero adelantar que he acumulado no menos de cinco razones que deberían obligar a los suecos a convertir a Gelman en el siguiente laureado.

Por el momento no las voy a compartir, sino que me las guardo para el caso de tener la improbable oportunidad de recaer en el tema para escribir “se los dije”. Por el momento, recordemos que hace muy poco tiempo don Juan Gelman estuvo en Costa Rica como humilde y generoso participante en el Festival de Casa Poesía , y que la oficialidad cultural de nuestro país ni siquiera se enteró de que tal cosa había ocurrido. (Es de pensar que tal vez fue por eso que meses después Gelman recibió de manos de la oficialidad cultural española el premio Príncipe de Asturias).

Por lo demás, tengamos presente que el poeta argentino es el autor de Dibaxu , un curioso y bello poemario escrito en lengua sefardita que, aunque parezca extraño, contiene lo que a mi juicio son algunas claves sobre la lengua costarricense y sobre el origen de nuestro gentilicio “tico”.

Adicionalmente, la figura de Gelman encierra un símbolo que en más de un modo nos concierne: la gran tragedia personal que le infligió la atroz dictadura uruguaya con el asesinato de sus hijos, y fue posterior motivo de vergüenza y de ludibrio para aquel presidente Sanguinetti que un día trató de seducir a los ticos con una bobalicona y nada original cita que terminó en “esté donde esté dondequiera que haya un costarricense hay Salsa Lizano”. Pero ese también es otro tema y, por ahora, en la ruleta Nobel, no va más.

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