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Costa Rica, Miércoles 11 de noviembre de 2009

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Julio Rodríguez | envela@nacion.co.cr

En Vela

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Las páginas 4A y 5A de La Nación, de ayer, condensan el desafío del auge de la criminalidad en nuestro país y, en general, de la inseguridad ciudadana, así de sus causas, tanto internas como externas. Costa Rica registra la tasa más alta de homicidios en su historia, al pasar de 8 a 11 asesinatos por cada 100.000 habitantes, del 2007 al 2008. Otros delitos contra la propiedad privada y contra las personas, así como el flagelo del narcotráfico también forman parte de esta terrible espiral que, hasta el 2009, habrá crecido.

Esta es la realidad, frente a la cual hay otra cara: ¿qué hacer?, a sabiendas de que la delincuencia y la criminalidad nos han ganado, hasta hoy, la partida y todo está a su favor por la imprevisión de muchos años atrás (no vimos el tsunami ), por la exigüidad de recursos personales y técnicos, y por la endeble capacidad de respuesta integral del Estado y del país, carente, hasta ahora, de una estrategia objetiva y esperanzadora, no de una solución total a corto o mediano plazos (una utopía), sino de una labor ardua e inspiradora, solidaria nacional e internacionalmente, con base en un plan de acción.

Desde esta perspectiva, los mejores aliados de la criminalidad, el narcotráfico, la violencia y la inseguridad ciudadana, son la fragmentación, la falta de unidad interna (como en una guerra); la confusión de conceptos, el simplismo, la demagogia, la politiquería y otros, que producen mucho ruido y hasta ciertos réditos personales o políticos, pero que, más bien, refuerzan la capacidad de acción y la perversidad del enemigo.

La explotación política de esta cuestión capital; esto es, del derecho a la vida y a la seguridad personal, familiar y social, constituye, por ello, otra forma de inseguridad y violencia. La dramatización de este desafío, con base en la estrategia del miedo o del advenimiento del superhombre salvador, desembocan, por su ineficacia y ridiculez, en un homenaje al criminal, al delincuente o al narcotráfico. El reto es de tal magnitud que ningún candidato y ningún partido podrán, por sí solos, devolvernos la seguridad y derrotar a los criminales.

Los afluentes que han engrosado el caudal del crimen y del narco han brotado de nuestro territorio, pero también del exterior. Nuestro país es escala y, a la vez, lugar de encuentro de fuerzas perversas que nos avasallan. Esta comprobación no nos alivia moralmente. Más bien, debe impulsarnos a reaccionar en forma unitaria, inteligente y eficaz, cuyo liderazgo corresponde, por ley, al Gobierno. Hasta hoy no se vislumbra, sin embargo, esta estrategia y la campaña política tampoco permite avizorar este horizonte. Cuestión de vida o muerte.

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