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Costa Rica, Domingo 8 de noviembre de 2009

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EDITORIAL

Cuando el Muro cayó

 El desplome del Muro de Berlín representó el colapso del totalitarismo marxista

 Celebrar 20 años de su caída es, también, celebrar la democracia y la libertad

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Fue, mucho más que un muro físico, con sus enormes barreras de concreto, tupidas alambradas, garitas, controles y guardianes listos a disparar contra quienes osaran traspasarlo. La herida que gangrenaba la anterior ciudad unida –Berlín–, no era solo un obstáculo para separar a sus ciudadanos e impedir el libre tránsito. Era, sobre todo, el recurso extremo de un régimen opresor, dogmático, anquilosado, ineficiente e injusto –inhumano– para reducir a sus súbditos a los dictados de una cúpula inaccesible.

Por todo lo anterior, desde que comenzó su implacable construcción, el 13 de agosto de 1961, el Muro de Berlín trascendió su contenida geografía y se convirtió en un símbolo universal. Representó, de forma tangible, la insensible y avasalladora naturaleza totalitaria de un régimen que, legitimado en la doctrina marxista, había sido impuesto desde Moscú no solo en la Unión Soviética, sino, después de la Segunda Guerra Mundial, en una gran cantidad de países de Europa central y oriental.

En su célebre discurso pronunciado en Fulton, Missouri, en 1946, el entonces primer ministro británico, Winston Churchill, dibujó claramente esta perversa división de la posguerra: “Desde Stettin, en el Báltico, a Trieste, en el Adriático, ha caído sobre el continente (Europa) una cortina de hierro”. El Muro de la Vergüenza fue su representación más concreta. Pero, de hecho, lo precedieron otras alambradas, otras barreras, otros controles, otros guardas y más división, como una perversa línea de división y represión física y mental que atravesaba el continente.

De un lado, países libres que, con esfuerzos, se erguían sobre las ruinas materiales y espirituales de la Segunda Guerra Mundial, para construir sociedades democráticas, abiertas, inclusivas y, sobre todo, respetuosas de los seres humanos como razón de ser de cualquier proyecto político-social digno de ser emprendido.

Del otro, decenas de millones de personas padeciendo privaciones materiales y espirituales; un sistema incapaz de generar la riqueza necesaria para cubrir necesidades fundamentales, pero pródigo en desarrollar los más fríos instrumentos para controlar cualquier resquicio de autonomía individual. El partido único, las delaciones, las purgas, las matanzas y la exigida sumisión a los designios de la metrópoli soviética (igualmente represiva), marcaban la vida al otro lado del Muro y la Cortina.

Pero, de pronto, vino un año casi milagroso en sus profundas consecuencias políticas, económicas, sociales y, sobre todo, humanas: 1989. Con una pasmosa rapidez, una cadena de acontecimientos produjo la implosión del comunismo en Europa. El totalitarismo se derrumbó sobre sus carcomidos cimientos. La caída del Muro de Berlín, el 9 de noviembre de ese año (mañana hará 20 años), fue el momento cumbre del proceso. Pero la secuencia había comenzado antes.

En la Unión Soviética, Mijaíl Gorbachov había iniciado un tímido proceso de reformas que muy pronto se tornó incontrolable. A comienzos del año, en Polonia, patria del papa Juan Pablo II, se realizaron elecciones parcialmente abiertas que pronto condujeron a un gobierno no comunista.

Hungría se soltó de las amarras, abrió sus fronteras a refugiados de Alemania Oriental y, así, conmovió a ese bastión estalinista. En Checoeslovaquia, la “revolución del terciopelo” hizo colapsar al régimen. Los rumanos destronaron a su dictadura; Nicolás Ceaucescu, el terrible carnicero de Rumanía, fue ejecutado. En la propia Unión Soviética, una serie de movimientos nacionales quebraron el eje del imperio, hasta su desintegración oficial hacia finales de 1991.

Dentro de esta vigorosa dinámica, la caída del Muro de Berlín fue el gran emblema del colapso totalitario y el triunfo democrático que, además, abrió el camino hacia la unificación de Alemania y una auténtica liberación.

Celebrar sus dos décadas de colapso es, entonces, mucho más que celebrar su desaparición física. Es renovar la fe en la libertad y la democracia como los fundamentos de la dignidad humana.

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