LN OPINIÓN

Costa Rica, Domingo 8 de noviembre de 2009

/OPINIÓN

Michael Meyer

El “qué habría pasado” de 1989

Michael Meyer se desempeñaba en 1989 como jefe de la sección para Alemania y Europa Oriental del semanario ‘Newsweek’. Es autor de ‘The Year That Changed the World’ (‘El año que cambió al mundo’).

Copyright: Project Syndicate, 2009.www.project-syndicate.orgTraducción de Kena Nequiz

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TAMAÑO

NUEVA YORK –La escena se ha retransmitido durante semanas en las pantallas de televisión de todo el mundo, como si los hechos fueran noticias de última hora: berlineses felices bailando encima del tristemente célebre Muro que fue derribado hace veinte años el 9 de noviembre de 1989. Las personas gritaban Die Mauer ist Weck, y alzaban los puños ante las cámaras en la Puerta de Brandeburgo. “¡El Muro ya no está!”

Sin duda, esta es una de las imágenes icónicas del siglo XX. Para los estadounidenses, en especial, fue el emblema totémico de la victoria en la Guerra Fría. Con todo, si usted hubiera estado ahí esa noche, como yo estuve, cubriendo la noticia para Newsweek , el momento sería más ambiguo, en particular si se mira en retrospectiva después de dos décadas. En pocas palabras, la historia pudo haber sido muy diferente, y casi lo fue.

Egon Krenz, el jefe comunista de la República Democrática Alemana, lo llamó un “gran descuido” Él estaba disfrutando de un momento excepcional de triunfo cuando el vocero de su partido llegó, avanzada la tarde del 9 de noviembre. “¿Algo que anunciar?”, preguntó Günter Schabowski, inocentemente. Krenz vaciló y después le dio un comunicado de prensa. Iba a anunciar una gran iniciativa que había hecho que se aprobara en el Parlamento apenas unas horas antes, y que la gente impaciente del país había estado exigiendo en las calles durante semanas: el derecho a viajar. Krenz quería dárselo, pero hasta el siguiente día, el 10 de noviembre.

Sin darse cuenta de este hecho crítico, Schabowski salió y leyó el comunicado ante el mundo en una forma que ahora es una anécdota famosa. “¿Cuándo entrará en vigor?”, preguntaron los reporteros. Confundido, Schabowski ignoró la importante fecha: —“ So fort” , dijo. “Inmediatamente”. En un segundo, el daño estaba hecho. Estupefactos, los alemanes orientales se lanzaron como una ola humana hacia los puntos de cruce hacia el Occidente. Los guardias de las fronteras, sin haber recibido instrucciones y sin saber qué hacer, les abrieron. Lo demás ya es conocido.

“El enorme error”. Los accidentes siempre han dado forma al destino de la humanidad. Pero aun así vale la pena preguntar: ¿qué hubiera pasado si Schabowski no hubiera cometido ese enorme error? Imaginemos que al siguiente día, las leyes de viaje de Krenz hubieran entrado en vigor ordenada y eficientemente al estilo alemán. En el sentido estricto de la palabra, el Muro no habría caído. Habría sido abierto, no derribado. Los comunistas, no la gente, lo habrían hecho. El cambio se habría dado por evolución, no por revolución. ¿Habrían podido Krenz y los comunistas reformistas que habían tomado el poder apenas semanas antes canalizar el malestar popular o incluso apaciguarlo? En lugar de que hoy hubiera una Alemania unificada, ¿podrían seguir existiendo dos Alemanias, la oriental y la occidental? El juego de “si hubiera” puede jugarse incesantemente. Sin todo el dramatismo de esa noche en el Muro, con todas sus escenas inspiradoras, ¿se habría producido una semana después la Revolución de Terciopelo en Praga? ¿Habrían tenido el valor los rumanos de levantarse en contra de Nicolae Ceausescu un mes después? Las fichas de dominó en Europa oriental podrían haber caído de otra forma. Algunas de ellas simplemente podrían no haber caído.

48 horas después. Cuarenta y ocho horas después de que los primeros alemanes subieron a lo alto del Muro, me quedé toda la helada noche junto con miles de berlineses occidentales en la lodosa tierra de nadie que era la Potzdammer Platz, el viejo corazón del Berlín previo a la guerra. El montecillo del búnker de Hitler formaba una suave curva bajo la tierra a una distancia de aproximadamente un campo de futbol. Una cuadrilla de trabajadores de Alemania oriental estaba haciendo un nuevo pasaje a través del Muro y el trabajo era difícil. Con una grúa gigantesca, hacían esfuerzos para levantar una losa de aproximadamente 4 metros de alto, y la jaloneaban de un lado a otro como un dinosaurio con su presa. Finalmente cedió y se elevó por encima de las masas, girando lentamente como si estuviera en la horca.

La televisión resaltaba su superficie rota, garabateada con grafiti. Todos los conflictos no resueltos de Europa estaban en ese pedazo de concreto pintado: una esvástica neonazi, rostros surrealistas de los muertos de Europa a causa de la guerra y el Holocausto y las purgas de la policía secreta. Lo que más destacaba era una palabra: Freiheit . Libertad.

El Sol y la Luna. Qué extraño que haya sido esa losa, esa palabra, esa noche. A medida que en el Occidente se ponía el Sol, una enorme y perfecta bola color naranja que ardía hacia la Tierra, la Luna, había salido en el este, tan perfectamente llena y redonda como el Sol, fría y blanca-azulina. Era como si estuvieran en equilibrio, moviéndose en un eje invisible, con Berlín entre ellos, al mismo tiempo, suspendido y dando un punto de apoyo. Freiheit. Como para hacer que uno creyera en el destino, ahí, en esa tierra de fantasmas embrujada.

A menudo pensamos en la historia como algo inevitable, una culminación de grandes y abrumadoras fuerzas que solo pueden conducir a un destino. Sin embargo, la realidad de 1989, según me dijo uno de los organizadores de las protestas masivas de ese tiempo, “era que en cualquier momento, en cualquier lugar, era posible que los acontecimientos tomaran otro rumbo”.

¿Por qué sucedió esto y no otra cosa? La respuesta parece radicar en esas infinitas elecciones individuales en momentos cruciales, los accidentes que crean los errores humanos, como el “gran descuido” de Schabowski tan pequeño y comprensible y, sin embargo, tan trascendente. Entre ellos, también, estuvieron las elecciones de manifestantes valientes de salir a las calles, para defender sus derechos –o, como me lo explicó este manifestante particular–, para no tener que explicar a la siguiente generación: “Nos quedamos sentados esperando. Aquellos que bailaron encima del Muro hace veinte años hicieron su elección.

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